VII Época - 38

CGT, UN ANARCOSINDICALISMO EVANESCENTE

Nuestras señas de identidad, cada vez menos reconocibles

Cualquiera que se quiera acercar a la CGT encontrará numerosa literatura en la que se explica qué somos, cómo funcionamos y cuáles son nuestras finalidades. Existen en la red muchos textos al respecto, en los que se hace hincapié en lo que solemos llamar “nuestras señas de identidad”, aquellas ideas-fuerza que nos caracterizan y que nos distinguen, a su vez, de otras organizaciones. Así, en estos textos podemos leer, expuestos con mayor o menor profundidad, tres conceptos que, a pesar de estar presentes en todos los folletos de aproximación a la organización, cada vez son más difíciles de reconocer a poco que uno se allegue a la práctica cotidiana.

El federalismo

El acto fundacional de la CGT (en 1910, CNT) se produjo en un congreso obrero en Barcelona. Allí se reunieron sociedades obreras de toda España y decidieron la constitución de un nuevo organismo de clase distinto a la UGT, que ya existía con anterioridad. A diferencia de esta, organización autoritaria y centralista, la naciente confederación sindical definió su estructura como federalista, es decir, que las sociedades o sindicatos que la conformaban conservaban su propia identidad y su propia capacidad para resolver los problemas que a ellas se les suscitaban. Sus decisiones eran libres y solamente el pacto federal, es decir, el que se asumía como resultado del congreso fundacional y siguientes, podía matizar aquellas cuestiones que no podían ser exclusivas de cada uno de los sindicatos federados.

Hoy en día, este espíritu federalista está siendo menoscabado por el propio funcionamiento orgánico. Observamos que algunos comités de la organización y algunas territoriales se manifiestan partidarias de intervenir en los sindicatos sin respetar mínimamente el pacto federalista que nos une. Deciden, sin acuerdo congresual que lo avale, que tal o cual sindicato no es merecedor de continuar en la CGT porque consideran que han inclumplido acuerdos de la organización. Y así, en lugar de someter esta decisión al único órgano que puede tomar esta medida, la propia asamblea de sindicatos, -a saber, el congreso confederal-, adoptan tan descabellada decisión por sí mismos, o sea, por decisión de comités o secretariados cuyas tasadas funciones les impiden tomarla. El federalismo hecho cisco.

La autonomía

De la palabra autonomía está nuestra propaganda llena. Esta autonomía no lo es solo ante otras organizaciones, sino también dentro de la CGT. Cada sindicato, esencialmente, y el resto de entes confederales como reflejo de aquella autonomía sindical primigenia, tiene autonomía de funcionamiento, tanto a nivel económico como a la hora de adoptar acuerdos para la mejor defensa de los intereses de la afiliación y de la clase obrera en general. Podrá nombrar sus propios cargos de responsabilidad sin injerencias externas, ni aún de la propia confederación. Así, cada sindicato puede expulsar o no a los afiliados o afiliadas que estime merecedores de este trato, elegir a sus representantes orgánicos, cobrar las cuotas y administrarse, o adoptar los acuerdos de acción sindical sin más limitación que los acuerdos de congreso.

Sin embargo, observamos que, en la actualidad, una parte de la organización acepta como normal que un comité expulse o declare inhabilitado a cualquier afiliado, no solo de su ámbito sino de cualquier ámbito confederal, saltándose a la torera la autonomía de los sindicatos e impidiéndoles tomar sus propias decisiones sobre quiénes han de ser sus representantes orgánicos, ahora vetados por un grupillo de afiliados con cargo meramente administrativo. La autonomía volada por los aires.

La acción directa

Si de algo presume nuestra organización en sus comunicados, es de la acción directa. Entendida como la no cesión de responsabilidades en otros, llámense partidos políticos, parlamentos u otras organizaciones e instituciones que, en realidad, lo que quieren es manipular a la clase obrera para sus intereses particulares, es la acción directa el reconocimiento convencido de la capacidad que la clase obrera tiene de defender por ella misma sus intereses, sin necesidad de que terceros sean los intermediarios entre ella y el capital. A pesar de esto, la práctica real de la acción directa por parte de nuestra organización, siendo como es un mantra mil veces repetido, es, como poco, manifiestamente cuestionable.

¿Llamamos acción directa a nuestra participación, en cada vez más ocasiones y sin ningún tipo de debate, en las llamadas Iniciativas Legislativas Populares? ¿Es acción directa apelar a que los parlamentarios aprueben una determinada ley, no importa el tema, o es esta acción mediada una institucionalización más que descarnada? ¿Seguiremos llamando a las puertas de los alcaldes o políticos de cualquier pelaje cuando las empresas presenten EREs, por ejemplo, en un peregrinaje enojoso e indigno de nuestra organización y de la clase obrera? La acción directa real, cada vez más lejos.

¿Descafeinados? No, aguachirle

Son el federalismo, la autonomía y la acción directa aquellas ideas-fuerza que nos configuran como anarcosindicalistas. Si las abandonamos, como estamos haciendo, y solo las dejamos para que figuren en nuestros folletos, mintiéndole a los trabajadores y trabajadoras, o para los libros de historia, nos estaremos engañando a nosotros mismos. Combatir dentro de la organización por estos principios contra todos aquellos que los están laminando es nuestra obligación. Si no, seremos una organización más de aquellas que, nacidas de la esperanza y de la ilusión de un pueblo, se han convertido en una maquinaria más al servicio del capitalismo o, lo que es peor, al servicio de los intereses particulares de unos cuántos; vociferando más que otras, si cabe, pero totalmente alejada de la posibilidad de influir en una transformación revolucionaria de la sociedad. Y, que nadie se engañe, o la transformación es revolucionaria o no será más que maquillaje.

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