VII Época - 42

FANTASÍAS DEL PARASITISMO SOCIAL Y EL SINDICALISMO REFORMISTA

Para que nadie usurpe el fruto del trabajo ajeno

Los hombres y mujeres asalariados nos vemos en la necesidad de combatir a un enemigo parásito que se alimenta de nuestro propio esfuerzo. Alimentamos y engordamos a nuestro adversario, sin dejar por ello de batallar contra él.

Esa es nuestra contradicción. Como la del Capital y los empresarios es la necesidad de despreciar a sus víctimas tanto más cuanto más las necesita. A mayor menosprecio de los de abajo, más ganancia para ellos, los de arriba. O, como dicen los economistas, más plusvalía.

Estas contradicciones no son en la realidad que a los trabajadores toca vivir “círculos viciosos” y, mucho menos todavía, situaciones sin salida o condiciones fatales, que han de reinar eternamente, pues si con nuestro trabajo sumiso o resignado engordan las cuentas y el poder del empresario, con nuestro combate y resistencia podemos lograr que en ambos casos, dinero y poder, adelgace.

¿Cómo es esto posible? ¿Cómo logramos combatir y resistir? Sencillamente, porque siempre dispondremos los trabajadores frente al capital de un recurso definitivo, de un doble argumento imbatible:

Los trabajadores no somos parasitarios de ningún otro grupo o colectividad humana, como sí lo son el Dinero o el Capital y todos los suyos (suyos son aquellos que valen tanto como dinero o poder tienen, es decir no valen nada). Los trabajadores creamos la riqueza social y atendemos las necesidades de la sociedad, produciendo los bienes y saberes que permiten satisfacerlas. Por supuesto que también los trabajadores producimos cosas destructivas, como pertrechos militares, monedas o basura televisiva, pero esto también forma parte de aquella contradicción que decíamos al principio.

Al no ser unos parásitos -y esta circunstancia sí que hace inevitablemente el enfrentamiento con nuestro adversario, el Capital- nada impide que los trabajadores nos hagamos cargo por nosotros mismos de la producción de la riqueza social, atendamos correcta y eficazmente las necesidades de la comunidad humana e impidamos que nunca más los bienes colectivamente producidos se acumulen en algunos pocos privilegiados y se les hurte a todos los demás.

Esta plausible amenaza de los trabajadores frente al régimen del Capital, el Poder y las Desigualdades, representa la fuerza invencible de los asalariados. Más aún, representa la fuerza que les permite exigir y lograr mejores condiciones laborales y económicas, por más raquíticas que sean o por muy alejadas que parezcan estar del cumplimiento de la amenaza latente. Esta circunstancia la reconocen enseguida todos los trabajadores que se hayan enfrentado a cualquier negociación con la patronal, pues esta siempre trata de argumentar que ella es quien en verdad representa a la empresa, esto es, la “viabilidad de la casa”.

Todo sindicalista, toda organización de trabajadores está obligada a difundir y entrañar estas convicciones entre los suyos y, de ese modo, podrá ir construyendo las condiciones para que llegado el momento puedan los trabajadores abolir las desigualdades sociales artificiosas y todas las mezquinas instituciones que las perpetúan, entre ellas el estado, la guerra, la jerarquía, privilegio, etc, etc. Pero lo más importante de esa pedagogía y educación sindicalista es que, independientemente de que llegue o no aquél hermoso día en que unos seres humanos no puedan explotar ni someter a otros, es que los trabajadores convencidos no se dejarán amilanar por las intrigas y amenazas, esas sí vacuas y carentes de contenido, de la patronal correspondiente.

Hay sindicalistas reformistas que consideran este planteamiento fuera de la realidad actual. ¿Quién puede ser tan fantasioso hoy en día -afirman- como para imaginar que los trabajadores lleguen a considerarse los protagonistas principales de la producción y únicos miembros activos de la sociedad, mientras conceden a los empresarios el mero título de parasitarios? ¿No es más bien al contrario -dice el reformista-, pues quien crea empleo es el empresario, al disponer de los medios económicos (el capital) para ello, de modo que el trabajador debe limitar sus demandas al punto en que amenazan el interés del propietario? En eso consiste la negociación hábil y eficaz -asegura el reformista-, y para nada en la confrontación de intereses que, a la postre, termina siempre de mala manera para el trabajador, que es la parte más débil de la cuerda.

Sin embargo, si a alguna doctrina cabe el título de fantasiosa es a esta que pregonan los sindicalistas reformistas y no a la que tratábamos de explicar al comienzo de este artículo. En primer lugar, porque ninguna doctrina resulta ser más fantástica que aquella que pregona la fe en la eternidad de las situaciones e instituciones sociales. Como dice el refrán, “solo Dios es eterno y eso porque no existe”. En segundo lugar, porque el resultado objetivo de la puesta en práctica de esas tesis reformistas -es decir, la celebración de sucesivos pactos entre el sindicalismo reformista y la patronal en los últimos 20 años- no trajo consigo la mejora de la situación de los trabajadores (como tendría que suceder de ser realistas los planteamientos reformistas) sino un retroceso abrumador en los derechos y capacidad de resistencia de los trabajadores, cada vez más sometidos a los intereses de la patronal, que son, por definición, insaciables.

Una parte muy importante de la responsabilidad en ese retroceso y en el empeoramiento generalizado de las condiciones laborales y económicas para millones de personas, recae precisamente en el ocultamiento que se nos hace a los trabajadores asalariados de cual es nuestra verdadera personalidad y función social. Consiguen que ignoremos las verdaderas del barquero. Entre ellas, que si los trabajadores estamos en la base de la pirámide social no es porque representemos el escalón más bajo de la dignidad social sino justamente por lo contrario, porque somos el sostén y la columna que la sostiene. Sin los trabajadores, la patronal o el Capital no son nada. Sin el Capital, la patronal o los privilegios, los trabajadores, la humanidad, lo somos todo.

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