ESTALLIDO DE LA I GUERRA MUNDIAL POLÉMICA ENTRE ANARQUISTAS Y EN EL MOVIMIENTO OBRERO
Hacia un congreso anarquista frente a la guerra, en Ferrol / 1
La guerra, la I Gran Guerra Mundial, había comenzado hacía pocos meses. De la noche a la mañana, Europa se había convertido en un inmenso cementerio. Cada día se clavaban al suelo miles de fusiles armados a la bayoneta y cubiertos con el casco. Brigadas logísticas retiraban cada tarde el triste árbol de la muerte y anotaban en libros interminables los nombres de los caídos. En muchas ocasiones ni siquiera nombres, solo signos y más signos para mantener viva la hipócrita llama del valiente soldado desconocido.
Ante la magnitud del desastre y el sufrimiento de los pueblos, atrás iba quedando la polémica que tan fuertemente había dividido a los anarquistas europeos y españoles en dos grupos enfrentados. Fue un debate tenso, con frecuencia amargo, separador más que creador, pero importantísimo por su influencia en el movimiento obrero europeo posterior. Aquella polémica, con todos sus defectos y a menudo dramáticas consecuencias, tuvo la virtud de reforzar el antimilitarismo y el internacionalismo antipatriota que siempre caracterizó a las organizaciones libertarias españolas.
A un lado, los llamados “aliadófilos”, partidarios de intervenir en la guerra para cerrar el paso al terror de las dictaduras germanófilas. Al otro los decididos partidarios de mantener a ultranza el grito anarquista de «¡Contra todas las guerras!».
Desde la publicación Acción Libertaria, que apareció́ sucesivamente en Vigo y Gijón, y desde el periódico El Libertario de Gijón y Madrid, el anarquista vigués Ricardo Mella se había hecho eco del manifiesto que dieciséis internacionalistas -entre ellos Kropotkin, Malato, Juan Grave- habían firmado para apoyar la causa aliada.
Enfrente, los grupos anarquistas del Ateneo Sindicalista de Barcelona, los periódicos libertarios Regeneración de Sabadell y Tierra y Libertad de Barcelona y el viejo Anselmo Lorenzo supieron expresar con increíble acierto y pasión el verdadero sentir de toda la organización obrera anarcosindicalista española, que una y otra vez en sus plenos se pronunciaba contra las guerras en general y contra aquella en particular e hizo suyo el lema del manifiesto nacional publicado por el Ateneo Sindicalista de Barcelona y suscrito por cientos de organizaciones: «Antes que la guerra, la revolución».
Al decir de sus compañeros, Anselmo Lorenzo, antimilitarista hasta la médula, acerado en un humanismo intolerante para las causas y los hombres responsables del criminal azote de la Humanidad -eso eran para él las guerras-, no pudo soportar la posición beligerante de sus amigos, de hombres como Kropotkin, Ricardo Mella o Juan Grave a los que admiraba, quería y con los que había compartido años de sufrimiento y lucha esperanzada. Abatido y entristecido, por lo que consideraba una desafección de los ideales de emancipación y fraternidad universales, se dejó ir hacia la muerte, que llegó el 31 de noviembre de 1914.
La implacable crueldad de la guerra, la lógica militarista y patriotera continuaban alimentando el desastre, para el que no se veía fin. Aún tardaría cuatro años en llegar la precaria tregua, si así́ puede llamarse al resultado final de la I Guerra Mundial. Fue entonces, cuando la organización anarquista de Ferrol, representada por los compañeros Vieytes y Bouza y a iniciativa del Ateneo Sindicalista de la ciudad gallega, decidió́ convocar un Congreso Internacional contra la Guerra, que daría comienzo el día 29 de abril de 1915 -pese que la fuerza pública intentó hacer efectiva la orden gubernativa de prohibición del acto, decretada por el Gobierno de Dato- y logró celebrar dos importantes sesiones, dándose por finalizado el l de mayo. [continuará]
