Editorial
Te han sitiado corazón
y esperan tu renuncia.
Los únicos vencidos, corazón,
son los que no luchan.
No te entregues, corazón libre.
No te entregues.
Rafael Amor
En esta rutina homicida no hay tregua. Según los datos recientemente ofrecidos por el Ministerio de Trabajo, la siniestralidad laboral se cobró en 2024 al menos 800 vidas y más de 4.000 personas (4.063) han sufrido dramáticos quebrantos, con muy graves o graves secuelas, como amputación de miembros o daños y traumas invalidantes de por vida.
Estas abrumadoras cifras desvelan por si mismas las penosas condiciones laborales que se sufren en gran número de empresas y sectores productivos, así como la efectiva nulidad e incumplimiento en ellas de las más elementales normas de prevención, seguridad e higiene en el trabajo. Y esto es así, por más que algunas de esas normas figuren como aprobadas y hayan sido incorporadas a la legislación vigente, pero que, al mismo tiempo, están siendo reiterada e impunemente incumplidas por las patronales concernidas, ante la mirada desatenta de la burocracia inspectora y estatal. Basten tres ejemplos de este último fin de semana:
+ 15 de febrero – Se cumplen tres años del naufragio en aguas de Terranova del pesquero de Marín, Ría de Pitanxo, en el que murieron 21 de sus 24 tripulantes. Sus familiares y amigos han rendido este día en Marín un homenaje a los desaparecidos, convertido en un desafiante clamor ante las autoridades para que, de una vez por todas, se determinen las causas y responsabilidades del hundimiento y que la Comisión de Investigación de Accidentes Marítimos, no demore más la entrega del Informe de lo sucedido.
+ 16 febrero – El marinero, Manuel Otero López, vecino de Bueu, murió ahogado tras caer de su embarcación, cuando se encontraba faenando cerca de la costa.
+ 17 de febrero – La Voz de Galicia, informa de que “una mujer que trabaja como panadera tendrá que volver a trabajar a pesar de que padece esclerosis múltiple, una enfermedad neurológica de evolución imprevisible que provoca un amplio catálogo de síntomas a quien la sufre, como la paralización de parte del cuerpo. La mujer había reclamado al Instituto Nacional de la Seguridad Social que le concediese una incapacidad permanente, pero el INSS se la negó y la ‘(In)Justicia’ le ha dado la razón al organismo”, en dos ocasiones, primero a través del juzgado nº 3 de Vigo y recientemente por el Tribunal Superior de Xustiza de Galicia. Así, la mujer ha de continuar trabajando, hasta el día en que el previsible accidente laboral dicte el temido ‘no más”.
La abundancia y reiteración de estas ‘noticias’ singulares en las páginas de sucesos y crónicas locales, no puede ocultar la siniestra realidad que afronta cotidianamente la clase trabajadora. Al contrario.
Tan dramática estadística nos advierte de que los problemas estructurales de la prevención en España siguen sin solucionarse, al tiempo que señala a sus verdaderos responsables. Por un lado, la visión empresarial del proceso productivo, centrada en el beneficio económico privado, alcanzado siempre sobre las espaldas y esfuerzo de la clase trabajadora. Por el otro, la connivencia y complicidad de la organización estatal, a través de una legislación encubridora, una maquinaria inspectora burocrática y descuidada, y un sistema judicial tuerto en materia laboral y de salud pública.
Nada habría más engañoso que ampararse en la necesaria discusión técnica sobre la casuística de cada ‘accidente laboral’ para no afrontar que una desgracia colectiva de semejante magnitud solo puede ser posible en el contexto de un sistema productivo, esencial y fatalmente lesivo para la clase trabajadora. Como en otra ocasión escribimos en La Campana “puede ser casual la chispa que prende fuego al bosque, pero no que el incendio arrase cientos de hectáreas y destruya la aldea. Si eso sucede, es que alguien olvidó construir un cortafuegos”
Es en este contexto que el número y gravedad de los accidentes de trabajo en nuestro país se dispara (un 10% más en 2024 que en 2023).Entre el régimen de precariedad, subcontratas, jornadas abusivas, ritmos desquiciados, etc. y la siniestrabilidad laboral hay una precisa relación de causa-efecto, ya que a las condiciones de trabajo deplorables sigue, necesariamente, el accidente. La precariedad se rinde ante la potestad del empresariado para definir unas condiciones laborales inaceptables, con frecuencia ilegales, pero siempre impunes. Es la codicia capitalista en todo su esplendor. La ceguera amoral de una patronal, que olfatea dinero en su bolsillo cuando el barco escora durante la faena de pesca con el copo lleno en la mar embravecida, la mujer panadera gime ante el peso de la pala, el muro mal entibado cruje y viene abajo …
Para detener esta mortandad mayúscula no cabe otra que parar los pies a la patronal, cercenar su monopolio del proceso productivo, al menos y por ahora en el ámbito de la seguridad e higiene en el trabajo, y subvertir la misma razón de su existencia: el beneficio a expensas de la vida. Esta es nuestra obligación como trabajadores y un imperativo para las organizaciones sindicales, que han de articular la lucha contra el lucro empresarial desmedido a expensas de la vida y la salud de los trabajadores.

