VII Época - 65

MALATESTA PARA IMPOSTORES

Utilizar las citas como mecanismo para afianzar -cuando no para justificar- las propias convicciones es una costumbre tan detestable como tramposa. Así lo vemos cotidianamente en las redes sociales. Citas -verdaderas o falsas- de Bukowski, de Saramago, de Cicerón, llenan los caralalibros y los X de mucho aficionado, no importando si son ciertas o no o si los personajes son odiosos o no. Solamente importa que una frase sea más o menos brillante o que nos sirva para prestigiar una determinada opinión arrimando la sardina a una ascua particular. Así, vemos anarquistas citando a Cicerón alabando el trabajo agrícola -él, que nunca dio palo al agua rústica, salvo para poner en su sitio a sus esclavos- o a Ayn Rand defendiendo aparentemente la libertad -ella, defensora del egoísmo capitalista, pero célebre por una cita escogidísima entre las cientos de páginas escritas- por la filósofa.

Lo que no había visto nunca es una cita -eso sí, algo larga- en un informe de gestión confederal. Así, en el informe para la Plenaria del día 08 de abril, vemos que el secretario de Administración y Finanzas de la CGT tiene la humorada de encabezarlo con una larga referencia a Errico Malatesta, que, con toda seguridad, no estaba pensando en las cuitas de la organización cuando la escribió, allá por 1895, en el periódico anarquista inglés The Torch, para contestar a comentarios del pacifista H. Bell, que defendía que el pacifismo activo sería el motor del próximo cambio revolucionario.

Está muy claro a qué viene esta cita en el informe de Finanzas, justo cuando una página antes, el secretario general reitera las falsedades sobre la presunta violencia y coacción -cuando no acusa directamente de agresiones- ejercida por un grupo de compañeros y compañeras de Andalucía sobre el Comité Confederal. Si a esto le añadimos la utilización, suponemos que con afán sarcástico, en mayúsculas, de la expresión “LOS ANARQUISTAS”, no utilizadas por Malatesta, llegamos a la conclusión de que los que nos hacemos llamar así defendemos la violencia en contra de lo dictaminado por el prócer del anarquismo citado. Para colofón, el secretario de finanzas remata con una frase que no corresponde al texto mencionado, sino que simplemente le viene bien al citador para afianzar su tesis.

Pero claro, hay un problema, y es que el texto citado es parcial y que Malatesta continúa con reflexiones que, si no contradicen lo anterior, las pone en contexto y revela que su posición con respecto a la violencia era mucho más profunda que una simple declaración pacifista, pacifismo del que, por lo cierto, recelaba. Veamos a continuación, algunos fragmentos del texto mencionado y tan escritos por Malatesta como el seleccionado por el secretario de Finanzas:

“[…]El objetivo de la persona moral ideal es que todas las personas tengan el menor sufrimiento y la mayor dicha posible.

 Suponiendo que el instinto predominante de auto-preservación sea eliminado, la persona moral, al estar obligada a pelear, debiese actuar de tal modo que el daño total infligido sobre los diversos combatientes sea el menor posible. En consecuencia no causará en el otro un gran mal para evitar sufrir uno leve. Por ejemplo, no debiese matar a una persona para evitar ser golpeado a puñetazos; pero no dudaría en romperle las piernas si no pudiese hacer otra cosa para prevenir que lo maten. Y cuando es asunto de males semejantes, tales como matar para no ser muerto, incluso ahí me parece a mí que es un beneficio para la sociedad que el agresor muera en vez del agredido.

 Pero si la auto-defensa es un derecho al que uno podría renunciar, la defensa de los demás a riesgo de herir al agresor es un deber de solidaridad…

¿Es cierto… que las masas pueden emanciparse hoy sin recurrir a medios violentos?

 Hoy, por sobre la gran mayoría de la humanidad que obtiene escasos medios de vida por su trabajo o que mueren queriendo trabajar, existe una clase privilegiada, que, habiendo monopolizado los medios de existencia y el manejo de los intereses sociales, explota vergonzosamente a los primeros y niega a los segundos los medios de trabajo y vida. Esta clase, que son influenciados solamente por una sed de poder y lucro, no muestran inclinación alguna (como lo muestran los hechos) a renunciar voluntariamente a sus privilegios, y a fundir sus intereses personales con el bien común. Por el contrario, está siempre armándose con medios más poderosos de represión, y usa sistemáticamente la violencia no solo para controlar todo ataque directo a sus privilegios, sino también para aplastar en su germinación todo movimiento, toda organización pacífica, cuyo crecimiento pudiese poner en peligro su poder.

[…]

Bell… admite el derecho de los trabajadores a romper las puertas de una fábrica para tomar las maquinarias, pero no reconoce su derecho a dañar al dueño de la fábrica. Y en esto está en lo correcto si el dueño cede a que los trabajadores procedan sin oponérseles por la fuerza. Pero por desgracia la policía vendrá con sus porras y revólveres. ¿Qué debiesen hacer los trabajadores entonces? ¿Debiesen permitir ser capturados y enviados a prisión? Ese es un juego del que uno pronto se cansa.

 Bell ciertamente admite que los trabajadores tienen el derecho a organizarse para la derrota de la burguesía por medio de una huelga general. ¿Pero qué hay si el gobierno envía soldados a masacrarlos? ¿O qué hay si la burguesía, que después de todo puede darse el lujo de esperar, se espera? Será absolutamente necesario para los huelguistas, si es que no quieren que se les mate de hambre al segundo día, tomar alimentos de donde sea que puedan hallarlos, y como no se les darán sin resistencia, estarán obligados a tomarlos por la fuerza. De modo que o bien tendrán que luchar o considerarse vencidos…

[…]

Si fuese realmente posible progresar pacíficamente, si los partidarios de un sistema social distinto al que nosotros queremos no nos forzaran a someternos a él, entonces podríamos decir que estábamos viviendo bajo la Anarquía.

[…]

En resumen, es nuestro deber llevar la atención a los peligros concomitantes al uso de la violencia, a insistir en el principio de la inviolabilidad de la vida humana, a combatir el espíritu de odio y venganza, y a predicar el amor y la tolerancia. Pero cegarnos a las verdaderas condiciones de la lucha, renunciar al uso de la fuerza para el propósito de repeler y atacar a la fuerza, dependiendo en la fantasiosa eficacia de la “resistencia pasiva”, y en el nombre de una moral mística negar el derecho a la auto-defensa, o restringirlo al punto de tornarlo ilusorio, puede solamente terminar en nada, o en dejar el campo de acción abierto a los opresores.

 

Si realmente deseamos luchar por la emancipación del pueblo, no nos hagan rechazar en principio los medios sin los cuales la lucha nunca podrá terminar; y, recordemos, las medidas más enérgicas son también las más eficientes y las menos derrochadoras. Solo no nos dejen perder de vista el hecho de que la nuestra es una lucha inspirada por el amor y no por el odio, y que es nuestro deber hacer todo lo que esté en nuestra mano para que la violencia necesaria no degenere en mera ferocidad, y que solo sea usada como arma en la lucha de lo correcto contra lo errado.”

             Si leemos estos párrafos con un mínimo detenimiento, podemos ver muy claro no solo el espíritu sino también la letra de la posición de Malatesta. Solamente los impostores pueden osar utilizar al electricista italiano para defender posiciones que no eran las suyas o, al menos, no eran las suyas si prestamos atención a su tesis completa.

 

Recuerdo que hace ya muchos años, cuando todo el proceso escisionista dividió la CNT tras el Congreso de la Casa de Campo, alguien escribió un artículo en la Soli. El impostor de aquel momento reprodujo, firmando con su nombre, un escrito que, en realidad, era un célebre artículo de Ricardo Mella, Revolucionarios sí, voceros de la revolución no. Insatisfecho con semejante desmán, aún se atrevió a explicarlo en el siguiente número del periódico: el usurpador aclaraba que el artículo en cuestión no se refería a los de una de las banderías en disputa, sino que se refería únicamente a los escisionistas, eso sí, sin mencionar que estaba utilizando fraudulentamente un artículo que ni era de él, ni el contexto tenía nada que ver. El manoseado libertario vigués no pudo denunciar el desmán. Tampoco puede hacerlo hoy Errico Gaetano Maria Pasquale Malatesta, utilizado en el conflicto interno de la CGT. A lo mejor, Bakunin o Kropotkin tienen algo que decir al respecto. Lo veremos.

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