Editorial
Te han sitiado corazón
y esperan tu renuncia.
Los únicos vencidos, corazón,
son los que no luchan.
No te entregues, corazón libre.
No te entregues.
Rafael Amor
La crueldad asesina sobre la indefensa población Palestina no cesa. Cada día un nuevo horror y un espanto, fríamente exhibido ante una población mundial ya desasistida de su propia humanidad, hundida en la podredumbre moral e infame catadura de la que hacen gala sus gobernantes, a los que ya no sabe o ya no quiere decir NO, rindiéndoles -sea con el voto o con el silencio- servil y reiterada pleitesía.
Ayer mismo, 10 de julio, el ejército israelí y las empresas estadounidense-israelís, Gaza Humanitarian Foundation (GFH), lanzaron una bomba contra un grupo de palestinos que hacían cola ante sus asesinos en Deir al Balá para obtener algo de comida. Asesinaron a 15 personas, entre ellos nueve niños, y dejaron heridos y mutilados a decenas de palestinos, entre ellos más de veinte niños y niñas.
Por su parte, el genocida israelí, Israel Katz, con cargo actual de ministro de Defensa, con descarnado desparpajo, ha explicitado el objetivo final de la matanza que se está llevando a cabo en Gaza.
El proyecto del gobierno israelí, por más que implique asumir displicentemente la ejecución masiva de crímenes de guerra y de genocidio y flirtear en la ‘comunidad internacional mediática’ las previsibles ‘protestas’ impotentes de la ONU, queda resumido en la siguiente enumeración: Previo despojo de sus bienes y pertenencias (si algo les quedase), concentrar a más de dos millones de personas (las que sobrevivan a la matanza actual) en reducidas ‘ciudades humanitarias” y, una vez allí, imponerles sufrimientos insoportables hasta que mueran o pidan ‘salir voluntariamente’ hacia cualquier país sicario que, también humanitariamente, acepte acoger el cupo correspondiente, al precio de 9.000€ por cada no-persona.
El coste económico de tan siniestro plan cuenta ya con un presupuesto de 2.000 millones de dólares, presentado en el mes de febrero a la Administración de Trump y también, al menos a Gran Bretaña, Alemania y Francia, aunque la decisión final se mantiene, claro está, en un ‘secreto a voces’.
Según ese plan, el Gobierno israelí -apoyado publicitaria y organizadamente por los gobiernos de Estados Unidos, Gran Bretaña y de la Unión Europea, de un modo destacado, Alemania, Francia e Italia- prevé instalar un campamento en las ruinas de la ciudad de Rafah, al sur de Gaza, en las que obligar a asentarse de entrada a 600.000 gazatíes que, una vez dentro, no podrían salir. El millón y medio restante, continuará siendo asesinado, bombardeado y asediado, sin comida, sin agua, sin hospitales, sin testigos.
El mismo procedimiento y con el mismo objetivo -adaptándolo a las circunstancias del momento y el beneplácito obtenido de sus patrocinadores internacionales, principalmente EE UU y la UE- se irá extendiendo al resto de Palestina (Cisjordania y Jerusalén este).
No es por simple falta de imaginación de los gobernantes israelíes y sus cómplices de EE UU y la Unión Europea, que el proyecto genocida resulte ser un calco de la “solución final al problema judío”, diseñada por Hitler y sus secuaces en el pasado siglo. También allí, primero fue el hostigamiento brutal a la población judía alemana -leyes de exclusión, progroms y matanzas incluidas-. Después, previo soborno y peaje, el ofrecimiento a algunos, pocos, sobrevivientes el poder huir a algún otro país. Enseguida, a partir de 1938, la deportación -previa apropiación por el régimen nazi de todas las propiedades y bienes que pudiesen tener sus víctimas, salvo lo que pudiese caber en una maleta, una y otra vez revisada por si escondiese algo de valor- hacia campos de concentración -también humanitarios, según rezaba el cartel que presidía el portalón de entrada: “El trabajo os hará libres”-. Una vez concentrados, el infierno y la muerte, bajo mil formas, cada cual más atroz.
Si alguna diferencia cabe señalar entre aquél horror, perpetrado por los estadistas nazis y el actual, perpetrado por el estado de Israel, además del hecho de que los responsables del segundo resultan ser hijos y nietos de las víctimas del primero, es que el genocidio y exterminio del pueblo palestino en Palestina se viene haciendo a un ritmo más lento (comenzó hace más de 75 años) aunque acelerado hasta la locura en el último año y medio, pero sobre todo, se mantiene exhibiéndolo ostentosamente ante una comunidad internacional que ya lo acepta como normalidad de un orden internacional, que se quiere sometido a la pura Ley del ocasionalmente más fuerte.
Pues el apoyo de EE UU y la UE al criminal nacional-sionismo Israelí se mantendrá en la medida -y sólo en la medida- que Israel demuestre que puede seguir ejerciendo en Oriente Próximo y Medio (del Mediterráneo al Índico) como el poderoso y temido sicario que las democracias occidentales capitalistas necesitan, para garantizarse el usufructo de los bienes (sobre todo petróleo y gas) y el control geopolítico de la gran área. Que se manifieste sin disimulo como el estado genocida que ahora mismo es, dispuesto a cometer cualquier atrocidad, sin el más mínimo respeto a cualquier norma internacional que le obstaculice. Exactamente igual que el padrino mafioso exige repetidamente a sus sicarios actos de crueldad que, si por un lado, muestran su disposición y eficacia profesional al servicio del patrón, por el otro le exima de responsabilidad en caso de dificultades, del mismo modo, EE UU y la UE están encantados con el bestial comportamiento de la sociedad israelí.
Como ya hemos dicho en otros editoriales campaneros, contra esa falsa ‘solución final’ e indigna proposición no debemos los trabajadores del mundo cejar en nuestra denuncia del crimen y alinearnos insomnes con la dramática resistencia del pueblo palestino, prácticamente indefenso y pobre, pero rebelde y ardiente desde la pobreza y contra la pobreza, insumiso desde la humillación y contra la humillación, valiente y sublevado desde la violencia insumisa contra la violencia inmensa del opresor.

