COMIENZA LA COP30 EN BELEM, BRASIL
Trampantojo (repetido) del ecologismo institucional
El 6 de noviembre, dio comienzo en la ciudad amazónica de Belem, Brasil, la Conferencia anual de la ONU sobre el Cambio Climático (CP30). Tiene como objetivo (proclamado y declarativo, pero incompleto) de alcanzar nuevos compromisos para detener el cambio climático y hacer cumplir los Acuerdos de París y el ilusorio propósito (este sí verdadero, pero camuflado) de lograr lo anterior, en el marco de la alianza universal del poder político de las grandes potencias con las oligarquías económicas del capitalismo.
Todo indica que en Belem 2025 se repetirá la misma historia que viene sufriendo la población mundial desde hace decenios: la utilización de las Cumbres de la ONU, no como un escenario en el que resolver los problemas que las motivan, sino más bien más como una cortina de humo o teatral decorado para desviar la atención de las ‘negociaciones’ reales entre estados en relación a la economía y la geopolítica, en las que la utilización de la guerra y la violencia asesina (judicial o extrajudicial) tienen una importancia cada vez mayor.
Aunque el presidente Lula invitó expresamente a Donald Trump a la cumbre de Belém, la administración estadounidense ya anunció que no enviaría ningún alto cargo a la reunión, tras certificar que abandona oficialmente la lucha conjunta contra el cambio climático. Tampoco asistirá el presidente chino, Xi Jinping, por lo que los organizadores de la COP30 se conformarán con recibir a 57 jefes de Estado y de Gobierno, entre ellos Macron (Francia), Keir Starmer (Reino Unido), Pedro Sánchez (España) o Ursula von der Leyen (presidenta de la Comisión Europea), entre otros.
En su discurso de apertura, Lula señaló las ‘prioridades’ de la COP30: Consensuar internacionalmente una mejora de la financiación de las medidas necesarias para afrontar la emergencia climática, impulsar los biocombustibles como fuentes de energía y constituir un fondo de inversión para costear la preservación de los bosques tropicales.
Se trata de pequeños ‘arreglos’, cuyo éxito de lograrse, en absoluto resolverán ninguno de los graves problemas que tiene el planeta en relación al cambio climático, pero sí sacarán de la agenda y el debate público, la responsabilidad en el desastre planetario de la oligarquía capitalista (privada o estatal) y el sistema político-económico hegemónico, ambos regidos por los principios del lucro, propiedad privada, desigualdad y jerarquía, básicamente militar.
Esta deplorable situación queda perfectamente ilustrada por el doble hecho de que el gobierno brasileño, si bien por un lado exhibe el éxito de su política contra la desforestación de la Amazonia -ha logrado reducir en un 50% la tala de árboles-, por el otro, hace tan solo dos semanas, abrió una nueva región petrolera al autorizar prospecciones de crudo fósil en una zona antes inexplorada por Brasil, frente a la costa de la Amazonia, en la línea del ecuador. Por supuesto, también en esta ocasión, lo que hace la mano izquierda no lo ignora la mano derecha y viceversa.
Tras los discursos protocolarios que dieron inicio a la COP30 quedaron en el lugar los empleados de segundo y tercer nivel, con la encomienda de empezar a partir del 10 de noviembre la ‘negociación técnica’, con la presencia de hasta 40.000 ‘invitados’: lobys empresariales, ONG’s, representantes de unas pocas comunidades indígenas y/o grupos ecologistas, etc., acompañantes habituales de estos eventos, mayormente a cargo de presupuestos públicos del país organizador.
Pero las expectativas y propuestas para ser debatidas en la COP30 de Belem representan apenas una ‘tirita’ para la grave herida que se infringe diariamente a la biosfera terrestre.
La conferencia coincide con el décimo aniversario del Acuerdo de París, en el que se había fijado como objetivo indeclinable el no superar en 1,5 ºC la temperatura media del planeta por encima de los niveles preindustriales. Sin embargo, ese fatídico tope, ya se superó en 2024, siendo así que las medidas aprobadas hace diez años fueron, en el mejor de los casos, insuficientes y, según otros muchos analistas, además de insuficientes, equivocadas. En todo caso, todo demuestra que estas Cumbres y demás espectáculos en aras de una gobernanza mundial, ajena a los factores y agentes económicos y políticos que hegemonizan el poder planetario, no son útiles para casi nada, salvo para construir la necia y enajenada confianza de los pueblos en que la solución de los problemas globales -p.ej. el cambio climático- corresponde a quienes, sin duda, son directa y conscientemente responsables causales de su existencia.
Los negociadores centrarán sus preocupaciones en la revisión y la aplicación de los objetivos nacionales de reducción de emisiones y en las contribuciones determinadas a nivel nacional, que se actualizan cada cinco años, de modo que no detengan la marcha de las economías respectivas, por más que se constata que los planes nacionales y supranacionales (como el de la UE) presentados hasta ahora “no nos acercan en absoluto al camino necesario para un futuro seguro”, según declaraciones de Miriam García, directora de políticas climáticas del World Resources Institute Brazil (WRI), una más de las organizaciones dedicadas a la investigación de soluciones climáticas.