VII Época - 93

Editorial

Te han sitiado corazón
y esperan tu renuncia.
Los únicos vencidos, corazón,
son los que no luchan.
No te entregues, corazón libre.
No te entregues.

Rafael Amor

“El proceso industrial culmina ahora en los grandes monopolios. Son los políticos, lacayos de los banqueros. Gobiernan el mundo los millonarios. No hay arte, ni ciencia, ni filosofía, ni ética para el capitalismo triunfante. No hay más que mercados. Y ante la amenaza proletaria, se da un enorme salto atrás. Las naciones se lanzan al bandidaje colonial, al asesinato en masa, al pillaje descarado y a la crueldad inicua”.

Ricardo Mella incluye en 1889 este acertado diagnóstico de época en el capítulo final de su famoso reportaje La Tragedia de Chicago, sobre el asesinato por el gobierno de EEUU dos años antes de cinco anarquistas -Engel, Fischer, Lingg, Parsons y Spies, líderes obreros en la lucha por la jornada de ocho horas– y en cuyo homenaje se celebra cada 1º Mayo en todo el mundo como un día de acción y reivindicación obrera.

Desde aquellos aciagos días a los desdichados tiempos de ahora, la historia del siglo XX y de dos décadas del siglo XXI está plagada de terribles episodios de explotación y barbarie homicida, pero también, de dignos momentos de rebelión obrera y social, de insurgencia revolucionaria y heroica resistencia, de lucha anticolonial y por la emancipación de pueblos y comunidades contra semejante estado de cosas.

Esa fue la dura realidad del pasado reciente que ahora, algunos propagandistas y falsos analistas, pretenden rememorar como el tiempo de un nostálgico “orden internacional basado en reglas”, en tramposa contraposición al “unilateralismo autoritario” proclamado a cañonazos por la administración estadounidense, bajo la presidencia de Donald Trump.

Pero el genocidio del pueblo Palestino no es cosa de hace un año … como tampoco lo son la condena a la muerte por hambre de más de 200 millones de personas cada año o la miseria atroz en que agoniza más de la mitad de la población mundial … o la catástrofe ambiental planetaria … o la devastación humana y material en multitud de países.

Termina 2025 y comienza 2026, con el estertor histriónico de un capitalismo imperial, disponiéndose a organizar un nuevo orden geopolítico-económico internacional que restaure manu militari un nostálgico triunfo universal, lanzándose al asesinato en masa, el genocidio o la corrupción moral y política mas denigrante. Todo ello, pretendidamente monopolizado por EE UU y por una Unión Europea postulante, pero gangrenada por el servilismo otanesco.

El ridículo teatro e histriónico narcisismo de Donald Trump, por más que raye en la demencia, no puede ocultar su verdadera naturaleza de un Pelele-comparsa más, actuando siempre en compañía de una codiciosa red de intereses y centros de poder económico-administrativos, que le mantendrá en la presidencia del país mientras les sea útil en el único objetivo real que les une. El ansia del alucinado botín que esperan logar con la aplicación de la estrategia geopolítica imperial diseñada, por más que, aún en el caso de lograrlo, ya ni siquiera podrán disfrutarlo más que como castrante delirio de poder e impunidad y tratar de retenerlo más que repitiendo una y otra vez la siniestra barbarie ladrona que les caracteriza, ora aquí, ora allí, sea en Palestina, Venezuela, Groenlandia …

Este es el momento que hoy vivimos. El de la simbiosis institucional entre la administración estatal de EE UU y las grandes multinacionales y el complejo militar-industrial capitalista tratando de definir una nueva “estrategia de seguridad nacional de EE UU”, a imitación de la delirante patraña definida en 2001 por el predecesor de Trump, George W. Bush (Bush hijo), quien pretendió diseñar por vía de oficio el Imperio de EE UU sobre el resto del mundo, que ha de acatar sin remedio su condición de súbdito.

Baste reproducir algunos párrafos de aquel documento, que ahora pretenden actualizar Donald Trump y amigos:

– “La estrategia de seguridad de EE UU se basará en un internacionalismo típicamente americano que refleja la unión de nuestros valores y nuestros intereses nacionales”, de modo que quede unilateralmente establecido el Orden imperial en todo el mundo, definido bélicamente como “Guerra incesante” dirigida por la potencia política hegemónica de EE UU.

– “EE UU está por encima de instituciones internacionales como la ONU: trabajará con ellas, pero sin sentirse obligado a seguir sus instrucciones ni a respetar sus acuerdos, que sí rigen para el resto de los países”. Quedan pues en segundo plano respecto de la institución bélica, el Derecho Internacional, los Acuerdos o las instituciones de mediación internacional, incluida la ONU y todas sus oficinas.

– “No dudaremos en actuar solos, si es necesario, para ejercer nuestro derecho a la autodefensa con una operación preventiva” … “Nuestras fuerzas serán lo bastante poderosas como para disuadir a potenciales adversarios de que acumulen armas con la esperanza de superar, o igualar, a EE UU”. Los países aliados (cómplices y vasallos) incrementarán los capítulos militares de sus presupuestos públicos debiendo las fábricas de armas y municiones (mayoritariamente privadas) incrementar su producción y los gobiernos comprarla. Trump, ya exigió a sus vasallos de la OTAN el incremento paulatino en sus presupuestos del gasto militar hasta no menos de un 5%, mayormente dirigido a la compra de material bélico estadounidense. Lo que todos vienen acatando

– “EE UU se arroga en exclusiva el derecho a desarrollar cuantas armas desee, defensivas u ofensivas, así como a desmantelar los arsenales de cualquier otro país”. La Guerra -motor y objetivo de la nueva economía y garante del poder político mundial- se hará presente en todo lugar y hora, a los efectos de garantizar el reconocimiento universal del poder implacable de EE UU.

¿Cómo vivir y construir la rebeldía en estos tiempos de guerra e infamia de Estado imperial y vasallaje cómplice de los estados miembros de la Unión Europea? Desertando de la guerra -de todas las guerras-, subvirtiendo el Orden imperial y no reconociendo como propios a sus vasallos y agentes nacionales locales y, por lo demás combatiendo, por caminos de libertad y solidaridad, la raíz que a todos ellos sostiene: la desigualdad, el autoritarismo y la sumisión.

Ningún otro camino queda que aquel donde se odian los fusiles de la injusticia y en el que las personas humanas -no los sicarios, ni la soldadesca de oficina y pluma de alquiler- se atrincheran solidariamente con las víctimas designadas para ser matadas, negándonos todos a morir o a ser humillados sin rebelarnos.

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