XIGANTUC
de Ramón Antonio Pérez Poza
“Xigantuc” es el tercero de los libros que Piqui había entregado a la imprenta, precedido por el poemario “Silabario” (1980) y “Mi Prima Teneduría” (1985). Así, “Xigantuc” es el primer libro de cuentos de Ramón Antonio Pérez Poza, Piqui, que vio la luz en las librerías pontevedresas a finales de 1988, en edición de autor, en la Sociedad cooperativa imprenta Gráficas Anduriña. Según el autor, el librito está dedicado a su hija, Matilde, pero “también a todos los niños y niñas que por el mundo andan”. En la edición de 1988, “Xigantuc” incorporaba el prólogo del amigo de Piqui, Miguel Ángel Cuña, que a continuación reproducimos.
Ramón A. Pérez Poza, a través del viaje iniciático y ritual de un gigante, desgrana seis breves historias. Son relatos que, entre la alegoría y el símbolo, revelan su más profunda significación al transformarse en una fábula única, descripción de la melancólica tristeza del mundo de aquellos seres monstruosos, gigantes y quimeras, hoy casi desaparecidos, pero que, en tiempos pasados, más vivos y paganos, más lúcidos y hermosos, convivían con los hombres.
En la primera de estas historias surge la razón, descrita como invento producto del horror gratuito a las manifestaciones de la naturaleza multiforme, del miedo a las arañas. No es difícil comprobar que la cesura entre hombre y naturaleza se abre, precisamente, cuando la razón se transforma en instrumento de defensa ante miedos por ella no asumidos. En instrumento para satisfacer necesidades inventadas… Huye Xigantuc de la cueva, del refugio, ya covacha del enemigo apenas existente.
Sin embargo, en la segunda de las historias, basta el breve recuerdo de la madre muerta, de la naturaleza apartada por la razón, para que ésta vuelva a los hombres como anhelo, como afán por oír el rumor del mar encerrado en la caracola; el mar, el universo aún no contaminado en demasía por los hombres; el mar, símbolo del sueño, del idílico tiempo en que cualquier ser podía poblar el mundo con solo mirarlo, oírlo y, sobre sus olas, sobre su rumor, dar existencia a los inefables, feéricos mundos de la libertad infinita.
En la tercera historia recrea Pérez Poza aquella segunda fábula, pero ya no es el mar, es el viento, los vientos que danzan, se arremolinan y juegan; que jugando invitan al gigante, lo voltean, alientan su enormidad con la alegría intrascendente de su levedad. Xigantuc, identificándose plenamente con los vientos nominados se les entrega, poetiza líricamente sus acrobacias cediéndoles papeles de colores que en el aire de los sueños bailan felizmente. Incluso Viento Triste, el viento malo de los huracanes, es allí bueno ya que nunca quiso dañar. Causar desgracias es su destino no su voluntad.
En la cuarta historia, el viaje retrocede aún más, a un tiempo en que nada existía, ni siquiera la naturaleza multiforme; al tiempo de los orígenes, de la creación del mundo. En el principio era el caos y en él, el “pneuma”, el aire, decía Anaximenes.
En el quinto relato, Doble Rincón es humano. El hombre irrumpe en el relato a través de la eterna lucha del mal y el bien; lucha nunca resuelta si no es en favor del reino de la brutalidad. Solo en un sueño puede Foucellas destronar a Barrabás.
El último de los relatos, el sueño de Xigantuc ahonda y globaliza las historias anteriores. En él, dominados por la pestilencia del mal que siempre retorna, del miedo permanente, mueren los seres diminutos, las brujas, los fantasmas y los espíritus benignos.
Retorna Xigantuc a la muerte que le obligara a iniciar el viaje, a las cuevas de Arines, a la tierra de los gigantes “donde el miedo hacía cada año su aparición”.