ACERCA DE LA MUERTE
Nuestro compañero Ramón Antonio Pérez Poza, Piqui, fallecido en Pontevedra el jueves pasado, 19 de febrero, escribió en 1980 para nuestro semanario La Campana (Año I, nº 10, semana del 21 al 28 de abril) el artículo que reproducimos.
En cierta ocasión, al venir de un entierro oí a una señora decir que valía la pena morir solamente por la demostración de cariño que, con sus llantos, prodigaban al difunto los seres más allegados. Lo que olvidaba esta buena señora, seguramente fértil de imaginación y frustrada ante el proceso real de la vida, era que no podemos asistir a nuestro propio entierro y, por lo tanto, tampoco podemos gozar de tan hermosa despedida.
Lo que sí es cierto, es que todos los desvelos y atenciones que no han tenido con nosotros en vida, llegada la hora de nuestra muerte los tendremos en demasía. Cuando menos cuidados necesite nuestro cuerpo, nos afeitarán y lavarán con pulcritud; cuando ya no podamos gozar de los buenos ratos, con que algunas veces la vida nos depara, serán ensalzados nuestros esfuerzos y virtudes, y soterrados nuestros defectos y malas costumbres. En fin, que habiendo quedado nuestra existencia atrás en el tiempo, la envidia y los resquemores se desvanecen para que los santos adorados, los escritores y poetas elogiados, los políticos e ideólogos endiosados y mitificados por sus partidarios, y los que no tienen «nombre», olvidados.
Pero la muerte no sirve tan sólo para que estos hombres hábiles en el arte o en la economía, o bien, científicos eminentes, sean elevados a la categoría de «grandes hombres». La muerte, a pesar de los pesares, sirve también para morir. Y este segundo aspecto que toma la muerte a nuestros ojos, es el que aterra tanto «al gran hombre» como al «pequeño gran hombre” que, día a día, triunfa también en el difícil arte de subsistir.
La muerte siempre presenta dos formas diferentes para todos los hombres. Para el «gran hombre», la muerte se presenta, en primer término, como la culminación gloriosa de su obra: Los periódicos y todos los medios de difusión hablarán de su gran personalidad, de su enorme talento, y el mundo entero se conmocionará ante la irreparable pérdida de tan ilustre persona. Su obra se dará a conocer con mayor profusión y, quizá, su retrato presida las asambleas de otros «grandes hombres» para que sirva de acicate y ejemplo a los allí reunidos.
Para el «pequeño gran hombre», reducido al anonimato, significará el final de todas sus desdichas, y el reconocimiento, por parte de su familia, de los valores que su presencia aportaba.
Pero si nos apartamos de esta situación de ensueño, de este querer morir para que los demás se den cuenta de que existimos, nos encontraremos con el otro aspecto ineludible de la muerte. Una muerte que nos parece cruel y despiadada, porque nos aleja de los seres queridos y nos conduce hacia caminos inciertos; pero que, sin embargo, no es más que un proceso tan natural como el nacer, el crecer, o el envejecer.
Todos estos procesos naturales mencionados con anterioridad los admitimos sea con alegría (como el nacer o el crecer), sea con resentimiento (como el envejecer); no obstante, a la muerte no la queremos considerar como algo innato al ser humano.
Siendo la muerte, como piensan los unos, el paso a un estado perfecto y eterno en el que no nos aquejarán los males por los cuales en nuestra vida real fuimos afligidos; sino, por el contrario, nos hallaremos en una situación ideal y paradisiaca. ¿Quién es pues el necio que desprecia algo tan sublime?
O si la muerte, como creen los otros, es un sueño largo y profundo, libre de pesadillas que nos causen malestar o de otras causas que puedan perturbarlo. ¿A qué temer, entonces, si recordamos con agrado la noche en que mejor descansamos?
Pero la muerte puede ser otra cosa muy diferente a lo considerado por los unos y los otros, y tengamos que darle la razón a aquel «pequeño gran hombre» al cual un día escuché decir que el ser humano es el más pretencioso de todos los animales y por eso no quiere morir.
