1936
Una ambiciosa y grandilocuente obra teatral, pero fallida parcialmente
Estos días atrás tuve la humorada de asomarme a ver 1936, la obra de teatro considerada, casi unánimemente, la mejor del año 2025. Está disponible en RTVE Play y allá que me fui. Nada más entrar, estuve a punto de renunciar y huir pies en polvorosa ya que sus 205 minutos son para ahuyentar a cualquiera. Sin embargo, tras un rato de indecisión, acabé decidiéndome por entrar en ella buscando un nosequé, seguramente un tratamiento de la Guerra Civil que superase la parva producción hispana sobre el tema, parva no solo en cantidad sino en calidad, salvo en contadísimas ocasiones.
Además de sus casi cuatro horas de duración -supera las cuatro horas vista en teatro, al contar con los intermedios- la segunda circunstancia que casi me me impone cambiar de dial y tragarme algún partido de fútbol o un documental sobre el antiguo Egipto, fue ver que la producción de Televisión Española tenía -tiene- el apoyo del Ministerio de Política Territorial y Memoria Democrática, circunstancia que me hizo sospechar que se trata de una obra de encargo y que, por lo tanto, vería una versión de la Guerra Civil “oficial” u “oficialista”. Le añadiremos a ello que está realizada por el Centro Dramático Nacional con todos los medios, lo que me hace suponer el carácter malsanamente “democratizante” de la obra, en el peor sentido del palabro. Tiene también el apoyo de “España en Libertad. 50 Años”, figura institucional que tiene como objetivo el blanqueamiento de la llamada transición democrática, por lo que no podemos pensar que todo este apuntalamiento oficialista es gratis y que no tiene influencia en el contenido de la obra.
La tercera circunstancia ya me puso los pelos de punta: Andrés Lima, el director -también coautor- afirma en la presentación del drama: “Y una guerra no sólo es un fracaso como sociedad, sino un enorme desgarro emocional. Una guerra civil, entre hermanos, es posiblemente la peor de las guerras. El teatro puede reflejar esa emoción. Queremos que el espectador reflexione, que nuestros adolescentes y jóvenes comprendan, y que todos podamos ponernos en el lugar del otro.” Como si no fuera suficiente en una guerra causada por un levantamiento militar estar del lado de los tuyos, aún encima te quieren invitar a ponerte del lado de los otros, de los que han jodido a los tuyos. Pues, fuera como fuere, que tras este triple mosqueante hándicap, acabé sucumbiendo.
La obra está diseñada como una sucesión de episodios temáticos -muchos- que pretenden abarcar todos los aspectos de la contienda, aunque esto no lo consigue. Sospecho que la escasez de algunos asuntos trascendentales en una obra de cuatro horas de duración tiene más que ver con una decisión deliberada que con la necesidad de recortar por algún lado, pero en fin…
En estos episodios van apareciendo sucesiva-mente personajes históricos: Franco, Yagüe, Rojo, Azaña, Clara Campoamor, Calvo Sotelo, Orwell, Casals, Celia Gámez, Dolores Ibarruri, El Algabeño, Alfonso XIII, José Antonio… intercalados con episodios en los que el protagonista es el pueblo. El problema es que el pueblo representado está casi siempre en un segundo plano, como coro de los grandes personajes que son, en realidad, los verdaderos protagonistas de la historia. ¡Cómo no recordar cómo nuestro compañero Fernando Fernán Gómez construyó su magnífica Las bicicletas son para el verano sin un solo personaje histórico, llena de personajes populares, verdaderos protagonistas del momento. Pero claro, Fernán Gómez sí que sabía su oficio.
A pesar de la mastodón-tica duración del drama, hay ausencias realmente llamativas. Los anarquistas están presentes para cargar con la responsabilidad de los ase-sinatos de curas y monjas, así como para protagonizar una colectivización agraria chusca y esperpéntica. Los anarquistas no entran en Madrid para defender la ciudad, como sí lo hacen las Brigadas Internacionales al son de La Varsoviana, la canción revolucionaria rusa que inspirá el canto anarquista A las barricadas. Durruti no es mencionado salvo de pasada y antes del golpe, Federica Montseny únicamente aparece en una lista de mujeres burguesas sin referencia ideológica alguna. Clara Campoamor presume del derecho al voto y del derecho al aborto, pero no dice que fue Montseny la que lo aprobó siendo ministra de Sanidad. No existe la victoria de los libertarios sobre los golpistas en Barcelona; tampoco existe la represión sobre el POUM y los anarquistas en mayo del 37 por parte del gobierno y, especialmente, por los estalinistas del PC. En definitiva, demasiadas ausencias como para tener una duración de cuatro horas. Lo más mosqueante es llegar a la conclusión de que dichas ausencias lo serían también con una obra de ocho horas.
Junto a episodios notables como el titulado Sin pan, de lo mejor al ser protagonizado por el pueblo, o el dedicado a La desbandá del pueblo entre Málaga y Almería, hay algunos realmente chocantes cuando no ridículos como ver a la Pasionaria dando un discurso para, a continuación, travestirse en Celia Gámez interpretando Ya hemos pasado, la revanchista copla de la amante de Millán Astray. Le dedican un desaprovechado episodio a hablar del traslado del gobierno de Madrid a Valencia, pero se olvidan de que los anarquistas hicieron volver a la capital a más de un ministro, entre ellos a algún correligionario.
Nos hacen digerir el nacimiento del Cara al sol, con una puesta en escena solemne que seguramente se reproducirá en las redes sociales de la derecha y más allá, mientras que las canciones del pueblo se limitan a una Internacional desvaída, olvidando, salvo una mención como de pasada, el himno libertario A las barricadas. Se nos muestra el asesinato de Calvo Sotelo, pero ni se nombra la disolución traumática de las colectividades de Aragón por la mala bestia de Líster, al que ni se le nombra a pesar de ser el artífice del Quinto Regimiento, siempre al servicio de la pequeña burguesía republicana.
Lo que más me llamó la atención fue la abundancia de militares en la obra, es decir, para los autores, la Guerra Civil se puede explicar casi exclusivamente a través de la historia militar. Franco, Yagüe, Queipo, Rojo, Miaja, aparecen durante toda la obra, pero los verdaderos protagonistas del pueblo son personajes anecdóticos en el mejor de los casos. Así, se siembra la tesis de que el orden y la disciplina hubiera hecho ganar la guerra a la República o que la batalla del Ebro se perdió por errores estratégicos y no por la inferioridad republicana.
Magnífico es el episodio final de la fosa republicana, quizás lo más logrado emocionalmente y que brinda al elenco la oportunidad de dejar de gritar durante un rato, aunque sea en un episodio de interpretación ambigua: ¿los muertos que salen de debajo de la bandera republicana abrazan a la generación actual? ¿A los políticos de izquierda actuales? ¿O simplemente el abuelo abraza al nieto? Aquí podemos glosar las interpretaciones de Guillermo Toledo, Antonio Durán “Morris”, Cristina Arias, María Morales y Paco Ochoa, entre otros. No se puede negar su entrega a la causa, quizás no debidamente recompensada por unos textos menos equidistantes y “democráticos”.
¿Vale la pena verla? Pues sí, no vamos a negarlo. Pero uno debe saber qué va a ver. Una obra clandestinamente reconciliadora, que, aunque no oculta que la guerra fue provocada por un levantamiento militar, siempre tiene tiempo para mencionar, así de refilón, los crímenes y desmanes del otro bando, como si fueran lo mismo. Supongo que esto es la huella de los 50 años de transición democrática que vamos llevando, tras la que a los vencedores se les considera “malos” porque se pasaron un poquito y los vencidos provocaron -eso sí, sin quererlo- la reacción de los contrarios. ¡Cosas de las guerras!


