¿Qué más es necesario que ocurra para que la población del mundo diga “NO”?
El periodista del New York Times, Nicholas Kristof, viene relatando en su columna semanal diversos casos de prisioneros palestinos, que han sido torturados y violentados por sus verdugos israelíes en un grado de ignominia y crueldad insufribles. Todo ello al amparo y garantía de impunidad ofrecidos por el gobierno genocida israelí, la pestilencia moral de los jueces israelíes y la degradación de la gran mayoría de la sociedad israelí, ya enajenada y enferma de crueldad, codicia, nacionalismo y afán de exterminio a quien se quiere despojar de país, bienes, territorio y vida.
Uno de los casos recogidos por el periodista norteamericano es el del preso palestino, Samri al-Sai. En la traducción y versión de Antonio Muñoz Molina, la investigación de Nicholas Kristof lo describe así: “Sin un motivo concreto el reportero palestino Sami al-Sai fue detenido por un grupo de soldados israelíes y llevado a una prisión. En uno de esos corredores subterráneos con suelo de cemento y puertas metálicas a los lados que son una especialidad universal de la arquitectura carcelaria, a Sami-al Sai, que tenía los ojos vendados, lo arrojaron al suelo y empezaron a darle golpes y patadas. Caído bocabajo, le bajaron los pantalones y los calzoncillos, y Al-Sai escuchó una carcajada colectiva cuyo motivo iba a comprender muy pronto. Uno de los soldados, con gran jolgorio de todos, intentaba penetrarlo analmente con la porra. No estaba siendo fácil, aunque los demás lo animaban, y alguno de ellos se ofrecía a sustituirlo. Al-Sai lo oyó pedir una zanahoria. En ese momento otra voz dijo: “No hagáis fotos”. La zanahoria fue mucho más efectiva. Una mano que sin duda era de mujer le retorció los testículos hasta hacerle gritar. La mujer dijo: “Esa parte es para mí”. Al cabo de un rato, cansados de diversión, o porque tenían otra tarea que cumplir, los soldados lo dejaron tirado en una celda. Sami al-Sai se palpó el cuerpo y vio que estaba cubierto de sangre y de vómitos que no eran suyos, y que tenía dientes rotos incrustados en la piel. A otros les habían aplicado el mismo tratamiento en el mismo lugar que a él. Los soldados habían intentado que trabajara para ellos como confidente. Para Al-Sai eso era una injuria a su oficio de periodista”.
En otras columnas, Kristof ha descrito que cuando los presos palestinos llegan a salir en libertad, “sus torturadores les avisan de que si cuentan lo que han vivido los perseguirán y se vengarán de ellos y de sus familias”, pese a lo cual, cada vez proliferan más las denuncias de los hechos probados, por horrendos que parezcan. “La vejación llega al extremo de usar perros adiestrados para que se ocupen de montar a los presos” … Cuenta Tamer Katmut, de 41 años, preso palestino ahora en una cárcel de fama siniestra en el desierto del Neguev: “Uno de los soldados me introdujo un palo en el ano, lo dejó dentro un minuto, y luego lo sacó. Lo introdujo de nuevo con más violencia, y yo grité hasta el límite de mis pulmones. Después de otro minuto, lo sacó de nuevo y me dijo que abriera la boca. Me lo metió en la boca y me ordenó que lo lamiera”.
¿Qué más es necesario que ocurra para que la población del mundo, diga “NO”? Para que ponga fin, por el medio que sea necesario a tamaña indignidad. ¿Qué logró detener a los líderes nazis, derribar los muros de los campos de concentración y acabar -siquiera fuera por un pequeño tiempo histórico- con el régimen genocida, en todo semejante al que Israel y sus cómplices ejercen sobre el pueblo palestino ahora mismo? La respuesta verdadera a estas preguntas todos la sabemos, por más que se silencie, criminalice y acuse de terroristas a los insurgentes al horror actual y a quienes -la piedra en la mano y la libertad en la voluntad- se enfrentan a torturadores y verdugos.