MARÍA DO ROSARIO PEREIRA
(Lisboa, 1959)
El 2 de septiembre de 2015, el niño sirio de origen kurdo, Aylan Kurdi, de tres años de edad, apareció ahogado en una playa de Turquía, cuando el país se desangraba en una terrible guerra civil (pero en la que intervenían las grandes potencias económicas y militares del mundo, financiándola y pertrechando cada una a su bando preferido) y cientos de miles de familias sirias huían desesperados. Ante la imagen fotográfica del cadáver, al parecer se vertieron muchas lágrimas y realizaron actos de pesar en distintas partes del mundo, ningún poder público modificó un ápice su participación en la masacre. En el naufragio también murieron el hermano mayor de Aylan, con cinco años y su madre, junto con otras doce personas que les acompañaban en los botes volcados. El padre se salvó, para morir poco después al hundirse el bote hinchable que lo trasladaba ilegalmente y con el que pretendía llegar a Europa.
PULMONES
(a partir de la fotografía de un niño
hallado muerto en una playa de Turquía)
Mi padre me llamó y me pidió que escogiese
un juguete, uno solo, que me gustase mucho; y
que apartara otro juguete para Aylan, que
aún no sabía escoger, pero uno solo, y tenía que
ser pequeño. Mi padre me explicó que esa
noche iba a reducir todo a casi nada en un hatillo;
porque así, cuando Aylan y yo nos cayésemos
de sueño, él y mi madre podrían llevarnos en
brazos sin quedarse atrás. Había lágrimas en los ojos
de mi padre cuando contó que, a la mañana siguiente,
tendríamos que dejar nuestra tierra; pero luego se
recompuso, diciendo que Kobani ya no era
del todo nuestra tierra, que nuestra casa era la ruina de
nuestra casa, que toda Siria no era más que un tímpano
exhausto de tanto estruendo y dos ojos cansados,
pero tan cansados, de llamas y de sangre. Mi padre
pensaba que Aylan era demasiado pequeño para
comprender y, por eso, sólo le había dicho que
íbamos a dar un paseo en barco, que pasaríamos
el día en una playa y que, mientras mi madre y yo
nadásemos en el mar hasta quedarnos sin aliento, él
podía simplemente tumbarse boca abajo en la arena,
como tanto le gustaba. Mi padre nunca nos mintió.
Encontramos este poema de Maria do Rosário Pedreira, en su libro “Mi cuerpo humano”, editado en la Colección Visor de Poesía (Madrid 2026), en versión bilingüe con traducción al español y prólogo de Verónica Aranda.