Editorial
Te han sitiado corazón
y esperan tu renuncia.
Los únicos vencidos, corazón,
son los que no luchan.
No te entregues, corazón libre.
No te entregues.
Rafael Amor
El pasado jueves, 26 de mayo, el primer ministro israelí, el carnicero electo Benjamín Netanyahu, tras considerar como lugar idóneo para decirlo un asiento colonial judío ilegal (en criterio de la inoperante ONU) en la Cisjordania ocupada, declaró que, ese mismo día, “había ordenado al Ejército ocupar el 70% de la Franja de Gaza” y concentrar en el 30% restante (un erial costero de 20 km de largo por cinco de ancho, apenas equivalente al municipio de Pontevedra) a los más de dos millones de palestinos gazatíes, al tiempo que se les mantiene asediados, sin víveres, agua potable, medicamentos, refugio …, practicando a diario sobre sus cuerpos inermes el disparo certero.
Ante la enfervorizada canalla que le escuchaba, Netanyahu añadió: -“Ahora estamos en el 60% de la Franja de Gaza, más o menos. Mi orden es movernos al…”. Antes de terminar la frase, los presentes le jalearon al grito genocida de “100%”. A lo que él, sonriente y agradecido, respondió: “Esperad, vayamos en orden. Primero el 70%, empecemos con eso”. El truculento público que le escuchaba no necesitó más palabras para reconocer lo que se le prometía: Un nuevo holocausto, un genocidio, pero ahora siendo otros las víctimas y ellos los verdugos: la ‘desaparición’ (por el procedimiento que sea y por horrendo que resulte) de los dos millones de gazatíes en todo la franja y entrega del 100% del ‘solar’, ya vacío de habitantes, a la ladrona jauría.
Desde 1948 hasta hoy el Estado de Israel, animado de la filosofía filo-nazi sionista, ha venido quebrantando todas las leyes de la humanidad, en cuanto a razón, justicia, respeto y derecho universal. Invadió, atacó, secuestró, torturó, asesinó, expulsó de sus casas y raíces a cientos de miles de personas, y continúa haciéndolo. Se ha apropiado de tierras y bienes sin cuenta, ha borrado del mapa multitud de aldeas y poblados palestinos, cuyos habitantes, han sido arreados a golpes de fusil, ametralladoras y bombardeos a multitud de campos de refugiados insufribles, repartidos por los países vecinos. Ha encarcelado en el pequeño territorio de la Franja de Gaza a más de dos millones de personas. Y en la Cisjordania ocupado militarmente, ha impuesto a más de tres millones y medio de personas un régimen de apartheid, exponiéndolas además a la permanente agresividad homicida de los colonos judíos, siempre azuzados o amparados por el ejército israelí e impacientes por consumar, en beneficio propio y privado, la apropiación de todo Palestina.
Con todo, la despiadada matanza y brutal despojo que desde hace más de tres años está cometiendo Israel en la Franja de Gaza y en Cisjordania parece superar todo lo acometido hasta entonces. Ahora mismo, una abrumadora mayoría de la sociedad israelí (gobiernos, ejército, oficiales y soldados, administración estatal y la ciudadanía electoral) confía en que la exhibida maldad de hoy muy pronto le será exculpada tras la “Victoria total” (el exterminio definitivo y la expulsión de sus tierras del pueblo palestino) que en su funesto delirio consideran tienen al alcance.
Sin embargo, los gobernantes israelíes no ignoran que no está a su alcance hacer desaparecer con la rapidez que necesitan a más de dos millones de personas, por más indefensas y abandonadas a su suerte que estén. Ahora mismo, llevan enterradas vivas bajo los escombros de sus edificios bombardeados a 100.000 personas, pero 2.000.000 agonizan frente a un mar del que ninguna ayuda ni salida podrá llegar.
De modo que, los gobernantes israelíes y sus patrocinadores -tan ciegos y canallas los unos como los otros, los Netanyahu como los Trump, los EE UU como el estado de Israel o la gobernanza de la UE- terminaron por auto-convencerse con la posibilidad de lograr su objetivo final -la extinción forzada del pueblo palestino en toda el área de la Palestina histórica- con un proyecto más ‘sencillo y, aparentemente, realizable’: Un “Plan de Paz” publicado urbi et orbi que les garantice la impunidad de hacer insoportable la vida a las gentes de Gaza hasta provocar una ciega estampida, que los arroje ‘voluntariamente’ a alguna parte, lo suficientemente controlada para que no puedan regresar jamás.
Sólo en los últimos meses, desde el ominoso ‘Plan de Paz’ dictado por Trump con el aplauso de la hez gobernante de la Unión Europea a hoy, han sido asesinados a balazos o bombazos cerca de 1.000 gazatíes, a los que hay que sumar los muertos por hambre, ingestión de agua no potable e infecciones leves que se transforman en epidemias letales al no haber posibilidad de medidas higiénicas para atajarlas o carecer de medicamentos y alimentación sana y suficiente para superarlas… así como las mutilaciones y graves secuelas, físicas y psíquicas, que afectarán de por vida a los sobrevivientes.
Pero, con todo el horror que eso supone ¿hacia dónde, según los estadistas de Israel, EE UU y la UE, deberá o podrá `huir’ la población gazatí-palestina, ahora misma encarcelada en 100 km2? ¿adónde arrojar a los pese a todo sobrevivientes? ¿Quizá al desierto de Sinaí egipcio (si Egipto lo consiente) o a cualquier otro país más o menos lejano y mísero que los acepte, a cambio de quien sabe que señuelo para sus corruptibles gobernantes? ¿Quizá a la recién inventada Somalilandia, hasta ahora exclusivamente reconocida como nuevo estado por Israel hace apenas seis meses, el 26 de diciembre de 2025, dos meses después del ominoso “Plan de Paz” para Gaza dictado por Trump?
Pero aún es tiempo de cambiar el signo de esta historia. Por más mortandad y destrucción que llegue a producir la vesania israelí e internacional en Palestina, habrá millones que sobrevivan pese a todo … y volverán a intentar romper las alambradas, a derribar los muros del exterminio, a ser libres del río al mar, de la cumbre al valle … serán de nuevo ‘terroristas’ y, en la esperanza y en la acción solidaria nosotros también lo seremos con ellos, hasta el día en que la humanidad venza.

