LAS ESTRUCTURAS DE PODER NO SE REIVINDICAN, SE COMBATEN
Así es en la CGT -libertaria y autónoma- y así ha de seguir siendo
Se difundió desde la Secretaría de Acción Sindical (SP confederal) de CGT la convocatoria de una concentración en Madrid el 4 de junio por la visita del Papa realizada por el colectivo “Europa laica”. Un acto que llevaba por lema principal, “Exigimos un estado laico”, en el que lo sustantivo era la reclamación por los participantes de un “Estado”, calificado en lo adjetivo como “laico”, signifique esto lo que signifique y tenga la amplitud que cada quien considere. Sea neutral respecto de las corporaciones religiosas … aconfesional, independiente de agrupaciones calificables como dogmático-religiosas, etc, etc. La invitación cursada desde la Secretaría de Acción Sindical dice: “Desde Europa Laica nos hacen llegar esta convocatoria que compartimos para su difusión, y posible asistencia”.
Adelanto que, aunque hubiese podido estar en Madrid en aquella fecha, de ninguna manera acudiría a esa manifestación, entre otras razones por que considero que las declaraciones contenidas, por ejemplo, en los estatutos de CGT en los artículos 1 y 2 -la lucha por consecución de una sociedad libertaria- están muy lejos de ser formulas retóricas, vacías de contenido. Antes bien, a mi juicio, expresan con la contundencia necesaria algunos de los planteamientos sindicales y sociales, tanto teóricos como prácticos y orgánicos, que la definen. Unos planteamientos y un objetivo final -el logro de una sociedad libertaria- incompatibles con los que necesariamente han de prevalecer en toda sociedad que pretenda organizar su convivencia de modo autoritario, jerárquico, desigual e imperativo-coactivo. Tres términos que forman parte ineludible de todo Estado, tanto de los que ahora son como de los que han sido o cabe imaginar en el futuro bajo esa fórmula.
Tal como solemos expresar uno de los hechos más importantes -y decisivos- que diferencian la CGT anarcosindicalista de otras organizaciones es que la CGT es un sindicato “finalista”, cuya actividad sindical tiene el doble objetivo de, por un lado, mejorar día a día las condiciones laborales, económicas y sociales de la clase trabajadora y, por el otro, lograr una sociedad más justa que la actual, en la que los bienes de la naturaleza y la riqueza colectivamente producida, sean por todos disfrutados, sin privilegios ni desigualdades. A esa organización de la convivencia social a la que aspiramos, solemos denominarla en nuestros acuerdos congresuales como “comunismo libertario” o “sociedad libertaria”, antagónica de cualquier estructura de poder estatal. Precisamente, este año, 2026, la CGT está inmersa en una campaña de homenaje y memoria histórica en el noventa aniversario de la “Revolución libertaria” en España, que entre 1936 y 1938 logró hacer realidad en grandes áreas el “comunismo libertario” (fue probablemente la revolución social más profunda, que nunca se haya producido), hasta el día en que los partidarios del Estado (republicanos, comunistas autoritarios, fascistas …, todos a una) asaltaron por las armas y a manos de los respectivos ejércitos las comunas, disolvieron las colectividades campesinas y obreras y arrasaron los centros, aldeas y localidades autogestionadas.
Por supuesto, para la CGT y, en general para el movimiento obrero transformador, el poder del Estado, de todos y cada uno de los Estados, es más aparente que real, además de histórico y perecedero.
– Un poder aparente, porque se basa en una mentira. La de postularse el Estado como el instrumento imprescindible para que los seres humanos podamos vivir en sociedad [“la ausencia devolvería (?) a los seres humanos a los tiempos de la jungla dominada por los más fuertes” o bien “es el estado el único garante posible de la convivencia social de amplias muchedumbres”], necesitando para llevar a cabo con éxito su tarea disponer del poder coactivo necesario para garantizar esa forzada convivencia, sea directamente a través de los Sistemas punitivos (ejército, sistemas judicial, policial y carcelario, gobernación, etc) o, de modo más sutil, a través de los instrumentos estatales productores de la complicidad social: escenarios de representación -sean sistemas electorales, parlamentarios, u orgánicos-, artefactos estatales educativos, de cultura, administración jerárquica, etc.
– Un poder dolorosamente real pero históricamente efímero, tanto más feroz y siniestro cuanto más abstracto e impersonal parece. Esquilma la riqueza social, despilfarrándola bajo todas las formas posibles de muerte, pesadumbre y sometimiento; estigmatiza y persigue todo lo que pugna por vivir libre y solidariamente.
Como hemos escrito en otra ocasión, el Estado es una construcción histórica contingente, un artificio perecedero que, del mismo modo que tuvo un comienzo (su origen se remonta a tiempos relativamente recientes de la vida humana), puede llegar a abolirse y disolverse en breve tiempo. Nada hay en la especie humana, sea en su naturaleza meramente biológica o en su condición cultural, que exija la organización estatal. Y menos que nada lo exige la sociabilidad humana, forzosamente enfrentada al Estado, ya que éste obstaculiza la convivencia y armonía social, siempre posibles y siempre deseables, sustituyéndolas por las de orden, gobierno, poder y coacción necesaria, capaces de imponer e incluso cristalizar duraderamente la desigualdad e injusticia económicas, sociales y políticas.
El desvelamiento de esta mentira y de esta realidad del Estado (adjetive como se adjetive en relación a las otras entidades, distintas de si mismo, clasificadas como religiosas: puramente laico como gusta de exhibirse el estado francés, o aconfesional, como parece considerar la constitución española o ajeno ideológica y normativamente a cualquier confesión religiosa, como el estado nacional socialista de la Alemania hitleriana) es una de las tareas prácticas fundamentales y definitorias que debemos asumir los sindicalistas de la CGT, capaz por sí sola de debilitar el régimen autoritario, desigual, jerárquico y violento que caracteriza tanto al Estado español, como a cualquier otro Estado nacional o corporación supranacional estatalizada. Pues estamos convencidos de que cuando el Estado haya sido abolido en la conciencia de millones de personas y estas dejen de considerarlo necesario y reconozcan el terrible coste en vidas y sufrimiento -en vida-, que exige su mantenimiento, nada podrán hacer bombas, jueces, cárceles ni matanzas para evitar su desplome. (continuará)