COLOMBIA: HACIA LA GRAN HUELGA
Prometeo encadenado, desmembrado, … / 2
Cuando Prometeo alzó la antorcha de la libertad contra la tiranía de Zeus, este, enfurecido, lo mandó encadenar y torturar. Sin embargo, el grito prometeico restallará una y otra vez entre los humanos en los que había prendido la rebelión tiranicida. Desde aquél tiempo, obstinación y libertad irán siempre juntas, inasequibles también a la tortura o la tragedia.
Así́ ocurrió́ en Colombia en 1928, durante la dramática insurrección de los braceros de la United Company Fruit. Recordábamos la semana pasada como en 1928 los 25.000 peones de La Compañía gringa decidieron en que comprendieron que nada, nada en absoluto, de lo que empresa-gobierno y militares les puedan hacer, por muy terrible que lo pinten, será peor que este ser arreados al trabajo forzado y esclavizados a puntapiés. No hay salida al lloro del niño ni al retortijón de la penuria. ¡Somos bestias asustadas frente a bestias feroces!, se decían los obreros, mientras la multinacional gringa y todos los que comen en su plato (políticos, militares y gendarmería nacional y local) se disponían a la matanza.
El 6 de octubre tuvo lugar la asamblea que aprobó́ las reivindicaciones que pondrían coto a la despiadada explotación. Ante el desdén de La Compañía, que se negó a recibir siquiera a los jornaleros, estos decidieron comenzar la huelga el 12 de noviembre. Dos días después, el inspector regional del Trabajo, Alberto Martínez, es encarcelado tras enviar un informe al ministro Montalvo en el que destacaba la legitimidad de las reivindicaciones. Al tiempo el ministro de la Guerra, Ignacio Rengifo, ordenó el envío de tropas contra los huelguistas.
Como señala Alfredo Gómez (Anarquismo y anarco-sindicalismo en América Latina) “cuatrocientos trabajadores que intentan bloquear un tren militar son arrestados el mismo día que Alberto Martínez. Varias decenas más, conocidos activistas de la región, son detenidos preventivamente … Por otra parte, el ejército intenta romper la huelga transportando el banano a Santa Marta y protegiendo a los rompehuelgas enganchados por la empresa”.
Todos los obreros saben ya que el enfrentamiento con el ejército será inevitable. Como también saben que nada podrán sus manos contra los fusiles y que sólo parece haber una salida: el regreso al arreo y la choza miserable. Pero esto ya no es posible. El grito libertario había estallado desde demasiado adentro como para frenarse ante el castigo y la masacre que se les anuncia.
En las asambleas de finales de noviembre reclaman la solidaridad de las organizaciones sindicales nacionales. Por breves días les parece que lograrán doblegar a La Compañía. “Los colonos y campesinos de la región abastecen a los huelguistas de víveres. La población urbana de Ciénaga, Aracataca y otras localidades de la zona contribuyen igualmente al aprovisionamiento de la huelga. Los pequeños comerciantes de la región, afectados por el monopolio de la United Fruit, se solidarizan también con los obreros en huelga”. Sin embargo, esa solidaridad meramente asistencial, aunque necesaria, no será́ suficiente. La dureza del enfrentamiento exigía -así́ lo reclamaban los huelguistas- una solidaridad que desbordase los cauces institucionales y se enfrentase directamente a La Compañía y los instrumentos que esta manejaba a su antojo: gobierno, leyes, caciques, militares, … Pero esta solidaridad obrera -¡única que podría quebrar el espinazo de la United Fruit!- no se produjo y los peones quedarán en trágico aislamiento.
Las asambleas celebradas los primeros días de diciembre fueron graves y tensas. Los huelguistas decidieron continuar la pelea. Formaron piquetes para enfrentarse a los esquiroles traídos de lejos y a la tropa que los protegía. Los enfrentamientos eran cada vez más violentos y cada día los obreros recogían sus muertos del platanal. “El 5 de diciembre, 23º día de huelga, el gobierno decreta el estado de sitio”. Esa misma noche 1000 o 1500 obreros serán asesinados en la plaza de Ciénaga … (continuará).