LA COMUNA DE LA LUZ / 2
Entusiasmo libertario y gozosa hermandad
Contábamos en la entrega anterior, como el agente comercial y buhonero Antonio Gonçalves Correia, tras haber comprado una finca de 300 ha en el Alentejo, había cursado una invitación al movimiento libertario local para iniciar una experiencia de vida comunal bajo principios anárquicos tolstyanos, a la que dio el nombre de Comuna de la Luz.
El anuncio provocó importantes discusiones entre los anarquistas portugueses, algunos de los cuales rechazaban el proyecto, por considerarlo inviable e inconveniente, desde el punto de vista revolucionario. Sin embargo, la invitación de Antonio Gonçalves “a los camaradas que se sientan con entusiasmo ardiente de libertarios”, tuvo un éxito inesperado.
Unos 20 adultos, acompañados de cierto número de chiquillos, respondieron al llamamiento, disponiéndose a vivir en La Comuna de la Luz como hombres libres, cultivando su libertad cada día con el esfuerzo común, generosamente entregado a una tierra dura, aunque prometía ser fecunda, si era bien labrada. La mayoría de ellos eran jornaleros o artesanos por cuenta de amos o de la miseria, pero desde ahora no dependerían de nadie.
La vida de la Comuna comenzó en los primeros meses de 1917. Lo primero fue establecer los principios sobre los que se regiría la vida de la aldea y, enseguida, reconstruir la vieja casa como primer alojamiento de los comuneros, así como un “abrigo cubierto de paja, al modo típico del Alentejo”, que serviría de cocina común y, al mismo tiempo, de lugar de trabajo y taller de zapatería, ya que la Comuna se dedicaría preferentemente a la agricultura y fabricación de calzado. La importancia de este taller debió crecer lo suficiente como para que año y medio más tarde, en el semanario “A Greve” del 6 de octubre de 1918 apareciese un anuncio de Antonio Gonçalves solicitando para la Comuna “tres camaradas zapateros, sin importar que lo hagan acompañándose de la familia que tengan”.
El orden y personal dedicación a las diferentes labores se decidía en común, atendiendo al ciclo agrario y la disponibilidad de maquinaria. “Nos levantábamos con el sol -explicó Gonçalves a Raul Brandão- y trabajábamos siempre: sembrábamos trigo, plantábamos patatas, sembrábamos todos los vegetales”, ya que todos en la Comuna eran vegetarianos y rechazaban, con argumentos tanto éticos como prácticos, el comer carne.
Defensores del naturismo y el desnudismo, también en el vestido se procuraba ser lo más natural posible, liberando el cuerpo de coberturas inútiles. Partidarios del amor libre, en absoluto pie de igualdad hombres y mujeres, en nada apreciaban los lazos matrimoniales, religiosos o jurídicos, pero respetaban profundamente el libre acuerdo entre la pareja. Aunque no llegaron a construir un edificio escolar -su aspiración era crear una escuela abierta a los hijos de los trabajadores de las aldeas vecinas, según los métodos racionalistas del pedagogo libertario español Francisco Ferrer y Guardia- los niños de la Comuna recibían enseñanza de una profesora, también miembro de la Comuna y militante de la pedagogía anarquista, aunque era titulada oficial de primaria.
Durante casi dos años todo fue bien. La Comuna lograba desarrollarse armoniosamente y la convivencia de los comuneros entre sí y de la Comuna con los trabajadores de las aldeas circundantes eran muy buenas. De entre “los vecinos -recordará años más tarde Gonçalves Correia- algunos nos ayudaron a abrir un pozo; otros nos prestaban animales; otros nos transportaban cosas de las que teníamos necesidad, trabajando gratis y comiendo con nosotros”.
Pero todo cambió en noviembre de 1918. Como habían previsto los opositores a la experiencia comunal, “su éxito, de haberlo, provocaría su destrucción por las fuerzas temerosas de la reacción y nunca podría La Comuna apartarse de los problemas que afectaban a todos los campesinos y obreros del entorno”. Así ocurrió. Pero esto ya es otro episodio, que deberé relatar la próxima semana.