ESCUELA DE MILITANTES
Exigencias de la revolución libertaria y ante la aguerra en 1936, en Cataluña
El 18 de julio de 1936 el general Franco, apoyado por gran parte del ejército y las fuerzas reaccionarias del nacionalcatolicismo, se alzaron contra la II República.
Nada más conocerse el levantamiento, cientos de miles de personas, entre ellos los anarquistas y militantes de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), se dispusieron a combatir el fascismo. El incendio de la guerra se extendió por todo el país.
En Cataluña, una vez vencido localmente el levantamiento militar, dirigentes de la CNT y de la Federación Anarquista Iberica (FAI), dando un vuelco completo a la tradición anarquista que habían defendido hasta ese día, decidieron asumir responsabilidades políticas y formar parte de la Generalitat.
Al mismo tiempo, en muchos otros lugares, desde Aragón a Castilla, los trabajadores de ambas organizaciones iniciaban la revolución haciéndose cargo allí donde podían, colectiva o comunitariamente, de la actividad productiva.
El 20 de septiembre de 1936, el veterano militante cenetista Manuel Buenacasa regresaba a Barcelona desde el frente aragonés. Durante veinte días había realizado una gira por el Aragón de las colectividades, para dar cuenta al periódico Solidaridad Obrera (vale decir, a la organización cenetista catalana en pleno) de la extraordinaria revolución social que los obreros y campesinos aragoneses estaban llevando a cabo.
Al poco de entregar Buenacasa su informe al periódico, se dirigió a él Mariano Rodríguez, Marianet, Secretario general del Comité Nacional de la CNT. “Los comités superiores de la CNT y la FAI -le dijo- han decidido crear una Escuela de Militantes en Cataluña … y para llevarla a cabo se te ha designado a ti”. Al fin y al cabo, como dirá Jesús Cirac en su biografía de Buenacasa, “las necesidades del frente habían provocado un movimiento masivo de cuadros” y el “periodo revolucionario inaugurado el 19 de julio de 1936 implicaba la asunción de diversas responsabilidades colectivas para las que muchos militantes no tenían la debida preparación”.
Buenacasa enseguida se puso manos a la obra, en los locales que la CNT le cedió en su propia sede en Vía Layetana. La Escuela de militantes consistiría en un “centro de formación de organizadores, oradores públicos para los actos de propaganda y mítines de la CNT y la FAI y redactores para los periódicos bajo la tutela de militantes experimentados”.
La Escuela comenzó a funcionar con tres secciones: la de oradores, la de organización y la de escritores. La afluencia de alumnos resultó mayor de lo que se esperaba, lo mismo que la participación como conferenciantes ocasionales o profesores permanentes de los militantes más destacados de CNT y FAI. Como profesores, además del propio Buenacasa, Joaquín Montaner, José Pérez Hervás, Menéndez Caballero, Menéndez Aleixandre o Luisa Prat. Garcia Oliver, Federica Montseny, Juan Peiró y Diego Abad de Santillán fueron, entre otros, conferenciantes ocasionales.
Fue tal el éxito, que enseguida llegaron peticiones para abrir sucursales de la Escuela en otras ciudades y pueblos.
Llegaron a fundarse hasta 30 filiales en diversos pueblos y nuevas Escuelas de Militantes en Tortosa, Badalona, Reus, Tarragona, Monzón, etc. Más de mil jóvenes se inscribieron como alumnos, dispuestos a formarse para mejor servicio de la revolución social comenzada. Los más acabarán los cursos, otros tendrán que abandonarlo para incorporarse al frente. Otros, llegados al centro ya con una cierta formación, saldrán pronto hacia sus destinos revolucionarios, una vez aprendido lo que les importaba.
La organización de la Escuela, así como la descripción de sus espléndidos éxitos prácticos, los abordaremos la semana próxima, pues su simple enumeración no cabe en esta hojita genofontiana, que siempre se quiere breve.
