EL ASESINATO ‘ACCIDENTAL’ DE XAN DA GRAÑA
El marinero gallego contra las navieras y la Mafia
Juan Martínez, conocido entre sus amigos como Xan da Graña por ser natural de esta villa gallega, se hizo a la mar cuando aún era un niño. Siguiendo los pasos de tantos y tantos de sus paisanos condenados a una mísera vida, decidió́ emigrar a América.
Comenzaba el siglo 20 cuando recaló en la isla de Cuba. Como señala el historiador ferrolano Eliseo Fernández, fue en Cuba donde comenzó́ a militar en los sindicatos y desde donde, aún muy joven, enviaba al periódico anarquista coruñés Germinal, sus crónicas tituladas «Desde la Habana».
Sus dotes organizativas y formación anarquista pronto le otorgaron fama en los medios obreros más combativos, pese a su tartamudez congénita que le impedía intervenir en los mítines y actos de propaganda multitudinarios. No así́ en las asambleas de trabajadores, donde su palabra era apreciada por el claro contenido reivindicativo y socialmente constructivo hacia la revolución libertaria.
Al cabo de algún tiempo, Xan da Graña, en 1907, con apenas treinta años, tuvo que dejar la isla caribeña, escapando de la represión antisindicalista, dirigiéndose a EE UU. Nada más enrolarse, Xan da Graña se integró en la Unión sindical de Fogoneros, Cabos y Engrasadores del Atlántico y el Golfo, dependiente de la central American Labour Federation. Esta organización sindical pasaba por entonces horas bajas, tanto de afiliación como de organización, pero la llegada de Xan da Graña y otros sindicalistas y anarquistas emigrantes la revitalizó, impulsando una fuerte movilización colectiva en aras de imponer a la despiadada patronal unas reivindicaciones, que pronto serán consideradas por el conjunto de la marinería como inaplazables.
Desde Nueva York, Xan da Graña, enviaba artículos a la prensa anarquista, tanto gallega como cubana. Escribía crónicas sobre la dureza de la vida marinera, la explotación a la que eran sometidos durante la navegación y las leoninas condiciones de embarque que se veían obligados a aceptar bajo amenaza de las mafias que pugnaban por hacerse con el control de los puertos y organizaciones sindicales del transporte en EE UU. Entre 1912 y 1913 el periódico anarquista gallego, editado en Ferrol, Cultura Libertaria publicaba corrientemente las Crónica de New-York de Xan da Graña, lo mismo que hacia la revista “en lengua española en los Estados Unidos, Cultura proletaria, después sustituida por Cultura Obrera, a cargo en sus primeros tiempos de la Unión de Fogoneros, Cabos y Engrasadores para pasar más tarde a ser publicado por un grupo de militantes anarquistas de origen español”.
En 1928 un viejo carguero estadounidense surcaba el océano. Desde su salida del puerto atlántico se venían produciendo escapes de vapor y derrames de grasa entre las juntas que se parcheaban con extraordinaria rapidez. La atmosfera en el pañol de máquinas, bajo la obra viva del buque grúa resultaba irrespirable. Los maquinistas apenas lograban mantener el enorme engranaje en funcionamiento, aún a costa de quemaduras y accidentes entre la tripulación, que, de no provocar mutilaciones graves, se curaban salvajemente a pie de máquina, para evitar infecciones y gangrenas, por otra parte tan habituales.
El 31 de julio de aquel año los fogoneros, cumpliendo órdenes de los oficiales, continuaban suministrando combustible a la caldera, como queriendo suplir con fuego y mayor presión en origen las fugas en la instalación. El peligro era cierto, pero la codicia de las navieras, que se negaban a arreglar los viejos barcos mientras navegasen, convertía aquellos cascarones en tumbas flotantes para la marinería. De pronto, se oyó́ un horrísono bramido y desde el hogar reventado salió́ una lengua de fuego que abrasó a los fogoneros que faenaban en el turno. Xan da Graña, el militante anarquista conocido en todos los puertos de Galicia, Cuba y Estados Unidos, encontró́ aquel día la muerte, en aquella previsible explosión.
Cuando su cadáver estaba siendo amortajado, alguno de sus compañeros recordó́ las palabras con que Xan da Graña, llamaba a los marineros a hacer frente a las Compañías navieras y las Mafias, encargadas de hacer las listas de embarque, a cambio de comisiones: “¡Tanto en la tierra como en la mar está el hombre para vivir y para morir, pero no para que le maten en vida explotándolo con jornadas interminables y salarios de miseria o le den muerte la codicia de las navieras o la connivencia de los empresarios con las organizaciones mafiosas de los “embarcadores” y de ambos con la Ley y el Policía!.”
El asesinato ‘accidental’ del marinero anarquista le arrebató la vida a los 55 años. La solidaridad de sus compañeros se la devolvía, cada vez que, recordando sus palabras y ejemplo, continuaban la lucha por el fin de la explotación de un ser humano sobre otro.
