LA BANDERA NEGRA
1831: Insurrección de los tejedores de la seda, canuts, en Lyon / y 2
En la anterior entrega de memoria rebelde recordábamos los orígenes y primeros acontecimientos de la revuelta de 1831 de los tejedores de la seda de Lyon, conocidos popularmente como canuts, en probable alusión a “canette”, el carrete de hilo de seda que manejaban.
En aquel tiempo, cuando la miseria cundía entre los tejedores con unos ingresos muy bajos para jornadas extenuantes de 12 o 14 e incluso 16 horas, en las que estaba implicada toda la familia, niños, adultos y ancianos, prematuramente envejecidos por el arduo trabajo y el penoso rigor de las viviendas, se alzó por primera vez la bandera negra de la dignidad humana.
Tras las sangrientas jornadas de octubre descritas en el anterior suelto genofontiano, a las 7 de la mañana del 21 de noviembre, varios cientos de tejedores se mantenían reunidos en el suburbio de La Croix-Rousse. Acuerdan iniciar desde allí una manifestación hacia el centro de Lyon y exigir a sus patronos, los comerciantes de seda, que acepten el salario mínimo acordado con los regidores del ayuntamiento unos días antes.
Aún no habían salido del barrio propio cuando unos cincuenta soldados de la Guardia Nacional intentan detener su avance, sin lograrlo. Los tejedores, cada vez más numerosos, siguen su avance por la Grand Côte hasta que se topan con los granaderos de la Primera Legión de la Guardia Nacional. En los primeros choques al menos dos obreros caen muertos y un oficial resulta herido. Los guardias se retiran, los manifestantes levantan grandes barricadas y enarbolan sus banderas negras, en las que habían bordado el lema de la insurrección “Vivre en traivallant, mourir en combattant” (Vive trabajando, muere luchando).
Una vez derrotada la policía y la gendarmería, un grupo, los llamados Volontaires du Rhône, trata de hacerse con el control de la revuelta y captar para sí el movimiento insurreccional popular, autonombrándose Estado mayor republicano. Sin embargo, el 24 de noviembre, un jefe de taller acude al ayuntamiento, ya en manos de los insurrectos, para expresar que los mutualistas se niegan a obedecer a dicho Estado mayor. Los Volontaires du Rhône -argumentan los obreros alzados- no habían sido ni los inspiradores del movimiento ni los iniciadores del mismo, por lo que no merecen consideración ni poder político alguno.
Queda entonces el control de la ciudad en manos de los trabajadores por espacio de 10 días, auto-organizándose. En ese momento, el mutualismo espontáneo de los obreros se estaba transformando no ya solamente como una forma de organización, sino como una propuesta realista de organización de la economía y las relaciones sociales en la que el Estado habría de ser eliminado y los trabajadores hacerse responsables del control de la producción.
En el décimo día de la insurrección y de la sustitución de la autoridad del estado por una administración obrera mutualista y solidaria, el ejército y la Guardia Nacional, que habían cercado la ciudad y se mantenían en las afueras solicitando refuerzos, reciben la orden de entrar en Lyon, destruir a cañonazos las barricadas y perseguir a sangre y fuego a los combatientes. La matanza de ese día dejó un saldo de 600 muertos. Los cadáveres de los adultos, hombres y mujeres apenas armados, fueron arrastrados hacia tumbas improvisadas en la colina.
En los días siguientes, los militares organizaron el destierro de más de 10.000 obreros, los más de los cuales ya nunca podrán regresar a su hogar y talleres. El orden se restableció y la miseria continuó, pero desde esa insurrección, por más que derrotada, los obreros nacen como clase trabajadora revolucionaria capaz de rebelarse por propia mano y con capacidad de tomar el poder por sí sola. La bandera negra del pueblo trabajador permanecerá clandestinamente enarbolada durante decenios, hasta que, cincuenta años más tarde, la comunera anarquista, Louise Michel, la alce como símbolo de la revolución social en marcha.
