ANARQUISTAS DE YIDDISHLAND EN CANADÁ
Rose Pesotta y la lucha de las costureras en Montreal (1937)
Aunque las ideas libertarias, en particular las de Proudhon, estaban presentes en Canadá y en el Quebec francófono ya a mediados del siglo XIX, los primeros testimonios significativos del anarquismo sindical se dejarán sentir en el primer tercio del siglo XX, en los círculos de la clase obrera y artesanal judía. Ya en 1903, por iniciativa de un grupo de inmigrantes anarquistas y socialistas, se abrió la primera biblioteca judía de Montreal, en casa del sastre Hirsh Hershman, un conocido militante anarquista natural de Rumanía.
Rose Pesotta, nacida en Ucrania en el seno de una familia judía, logró embarcarse en 1913, con 17 años, hacia EE UU. Como miles de otros inmigrantes judíos de origen europeo encontrará trabajo como costurera en la industria de la confección textil. Anarquista desde muy joven, encontró en Nueva York un ambiente propicio a sus ideas, cuando en esa ciudad conozca a Emma Goldman, también judía y de origen ruso-lituano, que se convertiría en su amiga y fuente de inspiración. En Nueva York, conforme a sus ideales, se implicó en el llamamiento a la organización sindical revolucionaria y la promoción de la Huelga general como una táctica organizativa, afiliándose a la Unión Internacional obrera.
En 1937 se dirigió a Montreal para participar en la campaña de organización de 10.000 trabajadoras de la confección, promovida por el Sindicato Internacional de Trabajadoras de la Confección. En aquella época, las condiciones de vida de las costureras (las midinettes, como se las conocía) eran lamentables. A pesar de las largas semanas de trabajo, la mayoría de ellas ni siquiera ganaban el salario mínimo garantizado por ley a las mujeres, siempre insuficiente que las mantenía encadenadas por vida a la miseria más extrema.
Nada más llegar a Montreal Pesotta lanzó una audaz campaña de propaganda y difusión de los ideales y modelos de organización que hoy conocemos como anarcosindicalismo. Produjo un programa de radio bilingüe, preparó folletos, publicó un periódico, organizó campañas puerta a puerta, convirtió el local del sindicato en un salón de té y organizó clases nocturnas.
Sus esfuerzos empezaron a dar fruto. Varias trabajadoras se afilian y participan en la campaña en el lugar de trabajo. Sin embargo, la Iglesia católica reacciona casi de inmediato contra la cada vez mayor implantación en el país de la Unión Internacional, dirigida por “peligrosos agitadores extranjeros”, para los que reclama su deportación. El complot clerical tuvo un primer efecto: el despido de varios delegados del sindicato, poco después de la inauguración oficial de sus locales. Sin embargo, no contaban con la reacción de la naciente organización obrera. Con Rose Pesotta a la cabeza, los sindicalistas se movilizaron en solidaridad con los despedidos y amenazados de deportación, logrando su primera victoria: despidos y expulsiones quedaron anuladas.
El 14 de abril de 1937, tras varios meses de ardua labor organizativa, el sindicato convoca la huelga general indefinida, en los términos defendidos por la joven mujer judía. Más de 100 fábricas se vieron afectadas: 5.000 trabajadores, en su mayor número mujeres judías y francocanadienses, participaron en el movimiento.
Ante la magnitud de la movilización obrera, el arzobispo de Montreal y los sindicatos católicos ‘amarillos’ (color de la bandera del Vaticano) exigieron a las autoridades que deportaran a Rose Pesotta y a otro organizador, Bernard Shane, dictándose órdenes de detención contra ambos. A pesar de ello, los huelguistas se mantuvieron firmes, hasta lograr sus revindicaciones. Consiguieron un aumento salarial del 10%, una drástica reducción de la jornada de trabajo, que queda en un máximo semanal de 44 horas, horas extraordinarias pagadas a 1,5 veces la tarifa normal, descanso semanal de sábado y domingo, etc.
Tras un mes de huelga, el 21 de junio, 5.000 costureras se reunieron en un estadio del centro de la ciudad para celebrar su victoria. Estaban llenas de orgullo. Como escribirá Pesotta en su autobiografía: «los miles de chicas y mujeres presentes, liberadas últimamente de una larga explotación, se dieron cuenta de que ahora formaban parte del gran ejército del trabajo organizado, y ya no estaban indefensas».
Ante el empuje de las costureras, ellas no serán las únicas que se rebelen. Pero esto ya será motivo de próximos memoriales campaneros y genofontianos.
