HACIA “MONTE VERITÁ” (Monte de la Verdad)
Salud, arte, naturismo y armonía frente a todo Estado y autoridad
Pronto hará 125 años, en octubre de 1900, en una casa de Munich, cinco personas, tres mujeres y dos hombres, permanecían reunidas debatiendo acaloradamente un proyecto colectivo, que se disponían a emprender. Todos ellas se sentían animadas por el mismo afán de abandonar, física y psíquicamente, el odioso (des)orden económico, político y social que regía en sus países y de lograr, en algún lugar todavía desconocido, una vida propia, sin ataduras ni servidumbres dolientes a la catástrofe del industrialismo burgués, en libertad y coherencia feliz con la naturaleza.
Los cinco procedían de familias de clase media, pero todos ellos se sentían completamente ajenos, cuando no abiertamente enfrentados a los planteamientos ideológicos de la burguesía centro europea, pero también, a los ideales revolucionarios que animaban a gran parte del movimiento obrero, cada vez más fuerte. Por otra parte, eran personas ilustradas, conocedores y afines al anarquismo no-violento de León Tolstoy y a las propuestas naturistas contenidas en el opúsculo y artículos de Henry David Thoreau, “Walden o la vida en los bosques”.
Ida Hofmann y su hermana Jenny, en cuya casa se celebraba la reunión, eran alemanas, naturales de Friburgo, en Sajonia, hijas de un ingeniero de minas.
Al joven vegetariano, Henri Oedenkoven, una dura enfermedad le había llevado al borde de la tumba, pero a la que recientemente había sobrevivido. Su sensibilidad física y moral frente a la insania de las ciudades y regiones industriales, iban parejas. Naturista radical y vegetariano estricto, su plan de fundar en algún lugar idílico una colonia-sanatorio naturista, estuvo desde el primer momento en la discusión entablada en la casa de Munich, apoyado por la entusiasta Ida Hofman, aunque con las reticencias de otros de los presentes, como Jenny Hofmann o Karl Gräser,
Lotte Hattemer, era hija de un alcalde de Berlín. Todavía muy joven, había abandonado a su familia “debido a diferencias irreconciliables”, respecto del modo de vida y normas morales y éticas que le pretendían imponer.
Karl Gräser natural de la Transilvanía austríaca, había abandonado el ejército en el que ostentaba el grado de teniente, para formar el club significativamente llamado “Sin ataduras”. Su absoluto rechazo al ejército y al militarismo se extendía a la propiedad privada capitalista, hasta el punto de regalar su parte de la herencia a su hermano, y, una vez hallase el lugar al que aspiraba, renunciaría a cualquier contacto con el dinero. Lo que efectivamente llevó a cabo.
El hermano de Karl, Gustav Gräser, no estaba en la reunión inicial de la casa de Munich, pero pronto se adscribiría al grupo fundador de Monte Veritá. Gustav Gräser, conocido amistosamente por el apelativo de Gusto, con 22 años, “era una presencia llamativa y una persona extraordinaria, comprometida con una pacífica radicalidad y una vida errante sin aspiraciones” que, salvo en muy cortas etapas, practicará durante toda su vida. “Vestido con una larga túnica sobre unos pantalones a la altura de la rodilla … el pelo largo … alejado de su rostro por una diadema de cuero … con un cayado en la mano … vaga descalzo o con sandalias … portando atado a la cintura un pequeño bolso con creaciones poéticas”, que repartirá entre aquellas personas que se encuentre y las acepten.
A ese primer encuentro en Munich, siguieron otros, hasta el día en que todos juntos decidieron crear en forma de cooperativa un sanatorio en un paisaje sureño, en el norte de Italia o en el sur de Suiza, aunque los hermanos Gräser no aceptaron involucrarse en la organización del sanatorio, al menos en lo que éste tenía de institución empresarial y clientelar, ni, por supuesto, con la definición meramente sanitaria de los males que aquejaban a las gentes que, como ellos, ansiaban vivir libres, en contacto con la naturaleza, felices sin causar daño a nadie.
Antes de emprender el viaje hacia Italia y Suiza para hallar el lugar conveniente a su proyecto, ya tenían definido algunos de los principios y conductas que debieran regir la colonia, aunque cada uno de ellos -y los que llegasen y adscribiesen- pensaran plenamente en el modo de simbolizarlos y materializarlos. Ausencia de violencia y gobierno fueron desde el principio un asunto central, al igual que el vegetarianismo o el trabajo agrícola y artesano, siempre en búsqueda de la mayor auto-suficiencia, en equilibrio con la naturaleza. La “vida natural” les exigiría -y así lo llevarán a efecto- nuevos ropajes, descartando todo lo que constreñía, los corsés, trajes y zapatos. Se andaba descalzo o con sandalias artesanalmente fabricadas por el usuario mismo. Se llevarán “vestidos amplios o mantones y cintas en la frente para atar los largos cabellos”. Con frecuencia, podían situarse “al aire libre, trabajando en el huerto completamente desnudos” y, en no pocos caso, renunciando a otro techo y albergue, que el que pudieran ofrecerle las cuevas de la montaña …
De este modo, los cinco, renunciando a la civilización burguesa, se pusieron en marcha hacia el Sur … pero esto ya será narración de una próxima entrega genofontiana.
