VII Época - 75

“MONTE VERITÁ”: EL DIFÍCIL COMIENZO / 3

Salud, arte, naturismo y armonía frente a todo Estado y autoridad

Recordábamos en anteriores hojitas genofontianas, como en 1900, seis personas, tres mujeres, las hermanas, Ida y Jenny Hofman y Lotte Hattemer y tres hombres, el joven belga, Henri Oedenkoven y los hermanos austríacos, Karl y Gustav Gräser, decidieron abandonar, física y emocionalmente, el odioso (des)orden económico, político y social que regía en sus países y la dramática violencia que ello comportaba, y como, tras una larga caminata hacia el sur llegaron al lugar que consideraron idóneo para llevar a cabo su ideal. Decididos a su vitalista aventura, tres de ellos, Ida Hofman, Henry Oedenkoven y Karl Gräser, mientras Jenny Hofman, Lotte y Gustav se mantenían indecisos, compraron unas parcelas situadas en una colina cercana a la ciudad de Ascona, en el cantón suizo de Tesino, se dispusieron a llevar a cabo uno de los más conocidos proyectos de vida colectiva, naturista, feminista y nudista, vegano y autárquico, ajeno a toda autoridad, renegando de todo Estado e imposición jerárquica. Figurará en la crónica de los movimientos sociales como “Monte Veritá”.

No tardaron en presentarse las primeras desavenencias entre los fundadores iniciales, precisamente por la decisión de Henri e Ida, conviviendo ya en pareja, de levantar un ‘sanatorio natural’, en el que los visitantes pudiesen resolver los conflictos y el desasosiego propio de las ciudades capitalistas, en un ambiente natural, incontaminado y sano. Lo que no compartía, Karl Gräser, renegando de cualquier proyecto comercial o clientelar dinerario, pugnaba por mantener el lugar como una colonia-comuna.

Henri e Ida, se mantuvieron en su proyecto, mientras Karl Gräser, sin alejarse de la zona, se fue a vivir en otro lugar aislado del monte, donde se le uniría Jenny Hofmann, dispuestos a vivir en pareja, austeramente y en pleno contacto físico y espiritual con la naturaleza, incluso desnudos de todo ropaje y con un utillaje de origen estrictamente vegetal y dieta vegana. Lotte Hattemer, “oscilaba entre ambos grupos … alojándose en una ruina abandonada”, hasta su trágico destino posterior, probablemente suicida. En cuanto a Gustav, retornó a su vida andariega habitual, peregrino, resguardándose en cobijos y grutas que la naturaleza ofrecía, alimentándose de frutos y hierbas que ofrecían los caminos y, si acaso, lo que buenamente se le ofreciese a cambio de sus poemas y fragmentos de sabiduría que siempre llevaba en su pequeño morral.

Sin embargo, contra todo lo previsible, la ruptura del grupo -que nunca llegó a agriarse hasta el punto de negar el afecto y la entrañable amistad que unos y otros se tenían- no afectó a la fama del ‘sanatorio’ naturista, vegetariano y pacifista, levantado por Henri e Ida, por más que tuvieran que recurrir a trabajadores asalariados para erigir los edificios, roturar los campos y organizar la atención a los visitantes y clientes. Al contrario, la fama internacional de “Monte Veritá’ se acrecentó, “pues había muchas personas que desde muy diversos lugares de Europa se sentían atraídas por los radicales ‘naturistas’ que residían en los alrededores del inusual centro de salud y terminaban por realizar una cura en el sanatorio naturista, considerando éste como un aspecto más de aquella filosofía humanista que unía lo físico, lo corporal y lo espiritual, en una simbiosis personal, sanadora y enriquecedora.

El número de curiosos que mostraban interés por el sanatorio y por los diferentes proyectos de vida que se iniciaban en la colina del Tesino, algunos de ellos defendidos como una actualización de los antiguos eremitas y agrupamientos cenobiales de raíz religiosa, no cesaba de crecer. Hasta el punto de dificultar tanto la actividad del sanatorio como la serena tranquilidad y soledad ansiada de los grupos naturistas. Tanto fue así, que el sanatorio se vio en la necesidad de imponer un precio de entrada para limitar el flujo de visitantes, lo que acentuó su carácter mercantil en detrimento del primigenio ideal comunal. Y, los naturistas, se vieron en la necesidad de aislarse de aquella multitud curiosa, definitivamente inoportuna.

Entre los visitantes, hubo muchas personas que ansiaban sinceramente acercarse e incluso compartir el proyecto de Monte Veritá. Entre ellos, algunos intelectuales, escritores, artistas ya famosos, como el escritor Herman Hesse, la bailarina Isidora Duncan o el poeta Rainer María Rilke … y, con ellos, algunos militantes socialistas y anarquistas, como Erich Müsham, quien analizaría desde una perspectiva revolucionaria y libertaria lo que percibió en Monte Verità … pero esto ya será materia de la próxima entrega.

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