HUELGAS EN EL CARIBE COLOMBIANO 1910 1917
Cuando la lucha obrera enmienda su primer error y logra vencer
Concluida la primera década del siglo XX, en 1910, el pueblo trabajador colombiano seguía sufriendo penurias sin cuento, bajo regímenes estatales, cada uno tan brutal e indigno como el anterior. Decenas de miles de personas, sufrían jornadas de diez a catorce horas diarias, realizadas en condiciones penosas y por las que se percibía un salario misérrimo.
Nadie recordaba realmente cuando había comenzado tan cruel esclavitud. Para unos era la herencia secular de los tiempos del imperio español, del que se habían independizado cien años atrás. Para otros el signo de tiempos más recientes. Del capitalismo, simbolizado en el ferrocarril o en la espantosa sangría de la construcción del Canal de Panamá́ -por entonces, territorio de la actual Colombia- bajo cuyas esclusas yacen 22.000 obreros, víctimas del trabajo extenuante o las epidemias provocadas por las condiciones insalubres del área y las habitaciones.
Frente a esa urdida desmemoria, a la par que el siglo XX, en los barcos llegaban a los puertos de la República colombiana palabras mágicas y unos hombres anónimos que sabían decirlas: asociación, socialismo, huelga, anarquismo, solidaridad, acción directa.
Ya en enero de 1910 era perceptible el rumor que ascendía de los muelles, alcanzaba los barrios de Barranquilla y penetraba hacia el interior del país siguiendo el ferrocarril. Las reuniones de los braceros del puerto, obreros del ferrocarril, la construcción y del transporte por el rio Magdalena, se sucedieron durante semanas, hasta tomar la cabal decisión: presentar un pliego de reivindicaciones a los patrones y, caso de no ser escuchados, decretar la huelga.
El paro duró seis días, del 16 al 21 de febrero, hasta que las empresas acordaron conceder un ligero aumento salarial. Los obreros, todavía desconfiados de sus propias fuerzas, anclados muchos de ellos en las viejas servidumbres, habían aceptado delegar la defensa de sus intereses en un conocido periodista liberal, quien demasiado pronto firmó el acatamiento a tan magra victoria.
Volvieron los obreros al trabajo, con regusto amargo y grave desánimo. El pequeño aumento salarial se volatilizó en menos de nada y durante ocho largo años, los braceros siguieron deslomándose bajo los fardos, mientras el campesinado agonizaba en los cafetales ajenos.
Sin embargo, las palabras de solidaridad, hermandad y lucha traídas por los emigrantes europeos se habían quedado clandestinamente prendidas en los barracones obreros de Colombia, continuando su labor de agitación, constituyendo anónimas células de sindicalistas.
En diciembre de 1917 los portuarios de Barranquilla celebraron una asamblea, para poner fin a la dureza de la vida que soportaban, con míseros salarios, sometidos a condiciones de trabajo inhumanas, víctimas de jornadas interminables, siempre en agónico cansancio, brutalmente desatendidos los enfermos y accidentados, definitivamente arrojados a la miseria más atroz.
Cuando concluyeron los debates, la gran asamblea decidió́, como en 1910, declarar la huelga indefinida, hasta tanto no se lograsen las reivindicaciones aprobadas. Escarmentados con lo sucedido en 1910, decidieron que, ahora, la representación obrera la encabezarían los trabajadores mismos, sin delegar en nadie que no fuese hijo del trabajo, por amigo que aparentase. Tampoco el paro se limitaría a bajar los brazos. Había que bloquear las vías públicas, impedir la contratación de esquiroles, formar piquetes para el previsible caso de intervención de la fuerza pública y el ejército, levantar los rieles del tren …
Bajo estas premisas, empezó́ la huelga el 2 de enero. Tras varios días de agitación, los patrones accedieron a entrevistarse con la comisión obrera. Otra vez los delegados parecían estar dispuestos a firmar a cambio de un pequeño aumento salarial. Pero ya nada era igual al pasado claudicante. Cuando la comisión quiso informar a los trabajadores de que iban a firmar, innumerables voces anarquistas y rebeldes se alzaron contra ella. Había que continuar la huelga, aunque ya el ejército y los Guardia Civiles hubiesen tomado la ciudad.
Dos días después, una nueva delegación obrera, alcanza el definitivo acuerdo que todos aceptan. El ejemplo cundirá. Al día siguiente, los trabajadores portuarios y carreteros de la vecina ciudad de Cartagena iniciarán su propio movimiento huelguístico, presidido su ánimo por el mismo principio de sus compañeros de Barranquilla: la representación obrera será la de los obreros mismos, mandatados por la asamblea.
