VII Época - 82

ANSELME BELLEGARRIQUE (1813-1869) / 1

Todo gobierno, en el acto mismo de su constitución, se obliga a sí mismo a traicionar a los súbditos que lo auparon

El incansable luchador social, Anselme Bellegarrique, había nacido en 1813, en algún lugar del país vasco-francés, al pie de los Pirineos, en la zona de Toulouse. Por su identificación del Estado y los gobiernos -independientemente del color político que tuviesen o de la bancada parlamentaria en que se sentasen, a derecha o izquierda- como uno de los principales enemigos de la humanidad y de la posibilidad de una sociedad justa, libre e igualitaria, Bellegarrique llegará a ser considerado como uno de los publicistas y agitadores más lúcidos del antiestatismo revolucionario, anarquista.

Debía ser muy joven cuando emigró a EE.UU ya que en el año 1846 se conoce su estancia anterior como emigrante entre las islas del Caribe y las ciudades norteamericanas de New Orleáns, Boston y New York. En circunstancias que no son bien conocidas, durante ese periodo, el joven francés observó la pujanza de las instituciones vecinales que se levantan en las regiones fronterizas de los Estados Unidos nacientes, en las que va articulando e1 avance blanco, enfrentado a la población indígena, sobre el centro y el sur del continente.

En aquellas comunidades de colonos y pioneros observó cómo se erguían pueblos y ciudades con un “mínimo de gobierno central” y una “floreciente vida comunal, basada en estructuras locales”, poco dadas a ceder su autonomía en aras del centralismo que se reclamaba desde el Este. Sin embargo, esta observación de Bellegarrique no pasaría de ser un lugar común de la fraseología colonial de la nueva América si no fuese por el regreso a su país natal, Francia, en 1847. Muy pronto el pensamiento de Anselme desbordó aquellas primeras impresiones recibidas en América y su antigubernamentalismo se radicalizó.

Por aquél entonces vivía Francia las vísperas de la revolución de febrero de 1848. Bellegarrique participó en las barricadas de París, juntamente con el pueblo insurrecto y revolucionario, dispuesto a poner fin a la corrupta monarquía de Luis Felipe. Sin embargo, nada más, destronado el rey y constituida la República, los nuevos gobernantes, ahora republicanos, no tardaron en traicionar al pueblo que los había aupado al poder, dispuestos a actuar como compinches violentos de banqueros e industriales. El pueblo revolucionario victorioso, una vez más, fue despojado de su victoria por los propios líderes que decían gobernar en su nombre. Así lo comprenderá Bellegarique, desde el primer momento.

Bellegarrique comprendió que uno de los males de Francia era precisamente el gubernamentalismo y el estatismo que florecía tanto en la República como en la Monarquía. Cambiando de gobierno, denunciaba, «no se consigue otra cosa que reforzar las cadenas que mantienen cautivas las energías del pueblo» y “la libertad y la justicia nunca están tan lejos como cuando los pueblos confían en recibirlas de manos de un gobierno e ignoran que deben ser ellos mismos, los que. en los ámbitos reducidos de la comuna, deben levantar las instituciones libertarias

Ya a finales de 1848 publicaba en Toulouse un panfleto titulado: ¡Al hecho. Al hecho! Interpretación de la idea democrática, en el que proponía paralizar el estado y negar su autoridad, tanto sobre las colectividades humanas como sobre los individuos. También desde las columnas del periódico La Civilización (Toulouse, 1849) insistirá en la necesidad de provocar la parálisis del poder político, para lo cual, realiza un llamamiento a la abstención completa -desobediencia e insurgencia- respecto de las instituciones del Estado, lo que se denominará más tarde, como huelga política y que él llama la teoría de la calma, del no hacer, no colaborar, no seguir los dictados de los gobiernos.

No tardarán los trabajadores franceses, los artesanos, obreros y campesinos en comprobar sobre sus espaldas y con enorme sufrimiento, la clarividencia del aviso lanzado por Bellegarrique desde Toulouse. No sólo fue secuestrada la razón de ser de la revuelta popular triunfante de 1848, generándose más autoritarismo y concentración de poder incluso que durante la corrupta monarquía de Luis Felipe, sino que la persecución a los idealistas revolucionarios alcanzará extremos de crueldad abominables.

Pero esto, ya será historia de la siguiente hoja campanera y genofontiana.

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