¡CIENTOS DE JORNALEROS EN HUELGA FUERON ASESINADOS!
De la asamblea surgió una voz, que respondió: “Si el crimen queda impune, lo volverán a repetir, allí o aquí”
Los asambleístas de la Federación Obrera de la Regional Argentina (FORA) en Buenos Aires no daban crédito a lo que oían. Era el año 1922 y el hombre que hablaba era uno de los pocos que había sobrevivido a la matanza ocurrida unos meses antes.
“El gobierno argentino -decía el hombre-, poniéndose de acuerdo con los empresarios rurales de la Patagonia, envió al ejército contra la huelga que llevábamos a cabo los obreros agrícolas, por mejoras salarios, condiciones de trabajo, atención a los enfermos, accidentados y necesitados”. El hombre, continuó hablando: “El jefe de la fuerza militar, el coronel Varela, decretó fríamente el asesinato de cientos de obreros jornaleros. Encerró entre alambradas al grupo principal de los huelguistas y les obligó a cavar las zanjas sobre las que inmediatamente después serían fusilados y enterrados. A otros muchos los mataron en sus casas, aún otros fueron torturados, mutilados y arrojados sus cadáveres a los caminos.”
Uno de los presentes, Kurt Gustav Wilckens, alzó la voz: “si este alevoso crimen queda impune y el silencio ignorante lo cubre y olvida lo sucedido, lo volverán a repetir, allí o aquí”.
Desde la asamblea, la noticia de lo sucedido en la Patagonia comenzó a difundirse por las sociedades obreras de Buenos Aires y, con ella, la llamada a la acción del joven alemán. Nuevas voces confirmaron las palabras del jornalero ante los dirigentes de la FORA, de modo que la indignación social y de los obreros anarquistas fue enorme. Todavía más, cuando se conoció que el asesino-jefe, el coronel Varela, se paseaba libremente por Buenos Aires, confiado quizá en que pocas personas podrían relacionarle personalmente con el monstruoso crimen cometido en los remotos parajes de la desolada Patagonia rural.
En los ambientes obreros de Buenos Aires, Kurt Gustav era bien conocido. Había emigrado a Estados Unidos desde su Alemania natal a los 24 años de edad. Comenzó a trabajar de minero, participando en las luchas sociales por mejorar la dramática explotación a la que eran sometidos los trabajadores de la mina Se convirtió en un activo militante sindicalista de la IWW (Industrial Workers of the Worl), por lo que fue expulsado del país, dirigiéndose a Argentina, adonde llega en 1920.
En Buenos Aires, entró en contacto con los sindicalistas anarquistas de la FORA y, mientras desempeña diversos oficios. A los dos años de su llegada a la capital argentina, Wilckens era ya extraordinariamente popular entre los obreros porteños, tanto por su labor sindical y organizativa, como por sus ideales anarquistas, pacifistas y antimilitaristas. Todos reconocían en el joven alemán su idealismo solidario, cómo hacía suyos los sufrimientos de los oprimidos, con que tenacidad se rebelaba a toda injusticia sobre los indefensos y, sobre todo, con que energía denunciaba los sangrientos estragos del militarismo y el nacionalismo, durante la Gran Carnicería de la I Guerra Mundial, entre 1914 – 1918.
Tras la reunión de la FORA, Wilckens tomó una decisión. Él mismo mataría al comandante Varela, pues, como había dicho, la vida de las generaciones obreras, la libertad de todos los seres humanos y que llegara el amanecer de un día sin explotación ni sometimiento, dependía de que sucesos como la matanza de los huelguistas rurales no quedasen impunes. Era imperativo, que los verdugos no pudiesen pavonear su crimen como una victoria.
Por supuesto, Wilckens sabía que el comandante Varela no era el único responsable de la matanza cometida. Ni siquiera era el máximo responsable, por más que él tuviese el mando de las tropas, diseñase la “operación”, de su garganta hubiesen salido las órdenes asesinas y hubiese asistido con frialdad a las ejecuciones múltiples y contemplase impertérrito los tiros de gracia a decenas de moribundos. No era el máximo responsable -semejante título correspondía al sistema capitalista y el orden militar, afimaba Karl Gustav- pero sí su más claro exponente, la personificación del crimen, como cada uno de los jornaleros caídos a sus manos en la Patagonia simbolizaba la injusticia y el agravio sufrido por la humanidad entera.
Una mañana de enero de 1923, Wilckens mató en plena calle al comandante Varela, pero ya será otra hojita de nuestra memoria viva, quizá en la próxima semana.
