CAMPO DE CONCENTRACIÓN FRANQUISTA DE CAMPOSANCOS
Cuando la belleza inmensa del mar cercano no pudo, ni podrá, ocultar la crueldad de lo que allí sucedió
A finales de julio de 1936, apenas diez días después del intento de golpe de estado del general Franco que desencadenaría la guerra civil en España y posterior dictadura militar, las tropas de los golpistas entraron en la localidad gallega de A Guarda y en la comarca de Val Miñor, al sur de la provincia de Pontevedra.
En la villa, en el lugar de Camposancos, el antiguo colegio Santiago Apóstol y aledaño seminario de los jesuitas se encontraba en estado de abandono desde que en 1932 el presidente de la II República, Manuel Azaña, lo hubiese nacionalizado, con el objetivo (nunca cumplido) de utilizarlo con fines benéficos y/ o docentes. Las nuevas autoridades militares, nada más hacerse con el poder e iniciar la pavorosa represión que siguió a su triunfo, decidieron destinar las instalaciones como campo de prisioneros para combatientes de las milicias antifranquistas y/o del ejército republicano.
No tardaría la denominada Inspección de Campos de Concentración en dar el ‘visto bueno’ para, en julio de 1937, trasladar a Camposancos los primeros prisioneros, procedentes del Frente del Norte en la cornisa cantábrica, muy mayoritariamente asturianos pero también originarios de otras regiones que se habían sumado a la resistencia anti-franquista en Asturias. Como el obrero hojalatero leonés, afiliado a la CNT, Constantino Abades Revilla, condenado a muerte en Camposancos y ejecutado el 2 de julio de 1938, en el kilómetro 1 de la Avda de Uruguay, en Pontevedra. O como algunos de los sobrevivientes del Batallón de Milicias Gallegas, formado en 1936 con militantes de la anarcosindicalista CNT y las Milicias Antifascistas Gallegas, cuyo primer comandante sería el anarquista José Penido Iglesias.
Los primeros prisioneros fueron trasladados en barco desde Ribadeo (Lugo) hasta el puerto atlántico de Bayona y, una vez desembarcados, llevados en camiones hasta el Campo de Concentración, donde fueron ‘recibidos’ por cuadrillas de la Falange, encargados por los militares de la organización de la prisión. Nada más llegar, los obligaron a desnudarse en el patio y, llegada la tarde y noche, a permanecer y dormir “hacinados en el suelo de los barracones entre golpes, patadas, palizas, amenazas y paseos nocturnos …”, antes de encontrarse frente a los fusiles y ametralladoras de los pelotones de ejecución franquistas. “Siete u ocho de los prisioneros morían cada semana de hambre y los malos tratos, víctimas de la falta de higiene y la suciedad, castigados de sarna, piojos y garrapatas”.
Ante el continuo aumento de prisioneros –ya eran más de 3000 hombres, 300 mujeres, muchas de ellas con sus hijos de corta edad- en mayo de 1938, el Tribunal franquista nº 1 de Gijón se trasladó a Camposancos para llevar a cabo Consejos Sumarísimos, la parodia de justicia con la que las nuevas autoridades franquistas pretendían legitimar su criminal voluntad represora. Cada Consejo de guerra duraba apenas media hora, por más que con frecuencia en el ‘banquillo’ esperasen sentencia hasta veinte prisioneros. De estos Consejos apenas salían otras sentencias que no fuesen penas de muerte y cadenas perpetuas. Sólo en dos días de 1938, el 2 y el 20 de julio, fueron ejecutados en las proximidades del campo de concentración alrededor de trescientos presos.
Según el testimonio de J.A. Cabezas para el colectivo ‘Verdad, Justicia, Reparación’, “Eran temidos los paseos nocturnos hasta la cruz de la Sangriña, al lado del cementerio, donde los guardias civiles cumplían las condenas a muerte con sus ametralladoras … Y de ahí, los trasladaban en una furgoneta con serrín a una fosa común fuera del cementerio. Una fosa común donde además de zarzas y maleza siempre había flores que dejaban los vecinos y vecinas que se arriesgaban para honrar a los fusilados”.
Para los más afortunados, los sobrevivientes, el calvario sufrido en aquel lugar a manos del fascismo y el nacional-catolicismo franquista, durará hasta finales de 1939, hasta el momento en que las instalaciones se convirtieron en cárcel para reclusos mayoritariamente vascos y catalanes. Un calvario, apenas mitigado por la solidaridad mostrada con ellos por gran parte de la vecindad de A Guarda, que se negó a considerarlos sus enemigos y, por el contrario, les ayudó a resistir y sobrevivir en la medida que les era posible, expuestos a la venganza de fascistas, chivatos y militares.
