VII Época - 106

Editorial

Te han sitiado corazón
y esperan tu renuncia.
Los únicos vencidos, corazón,
son los que no luchan.
No te entregues, corazón libre.
No te entregues.

Rafael Amor

Por más que la siniestralidad laboral mortal no sea más que la punta del iceberg de un mal que provoca cada año en miles de trabajadores graves lesiones corporales y psíquicas, mutilaciones, daños irreparables y secuelas perturbadoras que duran años … las cifras de letalidad en accidentes de trabajo registradas en los dos primeros meses de 2026 resultan escalofriantes y, sobre todo, inaceptables e inasumibles sin denuncia y lucha solidaria: 104 personas perdieron la vida en España en accidentes laborales, en enero y febrero de 2026, según los últimos datos del Ministerio de Trabajo. Entre 2 y 3 personas de media cada día laboral fallecieron durante ese periodo, 91 en el tajo y 13 en itinere. En términos relativos, entre enero y febrero, el número de personas que murieron en el trabajo ha repuntado un 6,12% en relación al mismo periodo de 2025.

Hace ya 30 años, que se aprobó la Ley de Prevención de Riesgos Laborales, y desde entonces no ha bajado el número de accidentes de trabajo en España (letales y no letales). Lo que confirman los propios datos del Ministerio de Trabajo, tras haber registrado una media de 1.200.000 accidentes laborales al año, los mismos en 2024 y 2025 (1.163.047, de los cuales 620.386 requirieron la baja del trabajador) que en 1995.

En esta violencia física que se ejecuta sobre la clase trabajadora no hay tregua, ni día sin duelo u hora sin desgracia. Nada más real y cotidiano en todo el territorio español que esta violencia homicida o lesiva -gratuita, por evitable en la abrumadora de los casos- que arrebata cada año la vida a cientos de personas trabajadoras y a miles deja mutilados o incapacitados por largos años, sino por la vida entera.

17 abril – Muere un trabajador de 44 años tras sufrir una descarga eléctrica, cuando estaba realizando labores en una finca del polígono industrial “El Juncal” en Albelda de Iregua, en Logroño.

18 de abril – Un trabajador de 37 años ha muerto en Sevilla tras caerle encima una cuba de hormigón.

19 abril – Muere un trabajador tras caerle encima un vehículo en Tarazona de la Mancha (Albacete) mientras lo estaba reparando en una empresa de estructuras metálicas.

Esta es una breve, pero clarificadora, crónica de la siniestralidad letal en los tres días precedentes a este editorial campanero, que confirman, no solo, la continuidad de los datos registrados en la estadística oficial de muertes en accidente de trabajo durante los meses de enero-febrero, sino que, al mismo tiempo, describe descarnadamente las deficientes condiciones de trabajo a las que está sometida la clase trabajadora en este país.

Ante estos hechos, ¿Qué cabe hacer? ¿Qué cabe exigir en nuestro sindicato?

Frente a tan fatídica estadística o crónica diaria, nuestra preocupación como clase trabajadora no puede ser otra que, en primer lugar, contribuir a detener cuanto antes el atroz goteo de muertes y lesiones y, al mismo tiempo, desenmascarar y combatir al verdadero agente homicida que la está provocando.

Nada sería más engañoso que limitar la denuncia de tan siniestra realidad, a la necesaria discusión técnica sobre las circunstancias concretas de cada uno de los accidentes habidos …. Y con ello, ocultar o pretender ignorar que unas desgracias de esa magnitud (104 muertes en apenas dos meses) y características (en el cumplimiento de la tarea laboral, bajo las condiciones impuestas por la empresa de turno) sólo pueden ser posibles en el marco de una imprevisión calculada por parte de las empresas, al amparo de una clase política -gubernativa y legislativa- fatalmente subordinada al sostén del régimen capitalista. Y esto es verdaderamente lo que ocurre, por más que se esconda en rincones de las páginas de sucesos de periódicos locales.

Como tantas veces hemos dicho en editoriales de La Campana y manifiestos ocasionales de CGT-Pontevedra (atendiendo a lo afirmado en los propios informes oficiales y oficinas especializadas del estado), el 95% de esos dramáticos episodios son evitables. Si accidente es, como dice el diccionario, algo “no esencial, casual, contingente” … Si accidental es “tal que puede faltar de la cosa de que se trata sin que ésta deje de ser lo que es” … Entonces, aquí no hay accidentes. Solo 104 muertes en dos meses, estos si esperados, si esenciales -no casuales-, si inevitables -no contingentes- y fatalmente previstos para mantener bien engrasada la rueda del lucro empresarial.

Pues su masiva producción está relacionada directamente con la precariedad en el trabajo, la alternancia paro-trabajos discontinuos, la subcontratación entre empresas, la reducción de las políticas efectivas de prevención de riesgos laborales, menor inversión por las empresas en formación y materiales de prevención, la negligencia e incumplimiento (a menudo flagrantes y casi siempre impunes) de la normativa de seguridad e higiene, las deficiencias monumentales de una Ley de Prevención de Riesgos laborales plena de carencias … el nulo reconocimiento de la voluntad positiva y autonomía del trabajador ante una situación de riesgo de accidente frente al poder decisorio y represivo de la empresa, con capacidad de proceder al despido (de modo procedente o improcedente, pero siempre barato y efectivo) de la plantilla reacia a jugarse la vida y la salud.

Y en esta cuestión radica nuestra obligación sindical, ética e histórica en defensa de la clase trabajadora: desenmascarar al verdadero agente homicida que está detrás de la sangría (siniestralidad laboral, por su nombre oficial), disponiéndonos colectivamente a sustituir el principio que rige la organización del trabajo bajo el capitalismo -el beneficio privado- por el principio inexcusable del respeto a la vida humana y la salud de los trabajadores.

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