VII Época - 17

TALARA Y NEGRITOS

Larga marcha de los anarquistas peruanos (1904-1919)

Entre 1904 y 1912 los grupos anarquistas peruanos desarrollaron en Lima y El Callao una actividad incesante animando a los trabajadores a la lucha por la jornada de 8 horas.

Todo comenzó́ en 1904. Aquél año cuatro obreros anarcosindicalistas -los panaderos Caracciolo Lévano, su hijo Delfín Lévano, Fidel García Gacitúa y Urmachea- lograron constituir conforme a sus ideales la Unión de Trabajadores Panaderos y consignaron en la Declaración de Principios como objetivo del sindicato la emancipación de los trabajadores y como reforma inmediata la jornada de ocho horas. Desde ese día, numerosos trabajadores de todos los oficios, a medida que iban organizándose, se fueron haciendo eco de la revolucionaria Declaración.

En los barrios obreros de El Callao se oía a los anarquistas propugnar la organización de los asalariados bajo los modos libertarios. A lo largo de ocho años llamaron a la lucha por la jornada de ocho horas sin que los nacientes sindicatos, todavía desconocedores de su propia fuerza, se decidiesen a la huelga general con tan ambicioso objetivo. “¡Nos deslomamos en jornadas de doce y hasta catorce horas! -decían- ¿cómo vamos a conseguir las ocho horas?”.

Pero el trabajo revolucionario finalmente dio sus frutos: En 1912 un Comité́ de Agitación, integrado mayoritariamente por anarquistas, convocó entre noviembre y diciembre, tres grandes Asambleas Populares. En la última la Unión General de Jornaleros acordó́ comenzar el nuevo año con la declaración de huelga. Enseguida se adhirieron otros muchos gremios, hasta conformar la práctica totalidad de la clase obrera de la gran ciudad. Aquella huelga fue un rotundo éxito. El 10 de enero de 1913, la patronal de El Callao firmaba la jornada de ocho horas.

En las semanas siguientes todo Perú, de punta a punta, fue un enorme rumor que llegó a todos los talleres, minas y tajos. En Lima, la vecina capital, los corrillos de obreros dispuestos a secundar la pelea, comentaban a los compañeros los sucesos de El Callao, pero el gobierno declaró el estado de sitio, cerró los locales sindicales y centros culturales, prohibió́ las concentraciones y manifestaciones e impuso el toque de queda.

Pero, como señala Cano Ruiz (¿Qué es el anarquismo?): “Mas la lucha se había iniciado y no era posible detenerla”.

Los empresarios del norte del país necesitaban mano de obra. Cientos de obreros abandonaron Lima, El Callao y también el campo para dirigirse a los puertos de Talara y Negritos con la esperanza de mejorar su suerte. Sin embargo, allí́, a más de mil kilómetros de su hogar, les esperaba una dura prueba. Los patronos imponían unos salarios irrisorios y unas condiciones de trabajo y alojamiento infames. A los inmigrantes se les negó́ el derecho de asociación y pretendió́ perseguirse a quienes protestaban. Sin embargo, todo fue en vano para los patronos. Los braceros que venían de Lima y El Callao eran enormemente pobres y estaban desesperados, pero además de la pobreza traían con ellos las palabras de rebeldía y solidaridad anarquista que habían aprendido en los mítines y asambleas en pro de la jornada de ocho horas.

Apenas cuatro meses después de implantarse el toque de queda en Lima, en el mes de mayo de ese mismo año, los obreros de Talara y Negritos se declararon en huelga; “fue el grito de protesta -señala Cano Ruiz- contra una empresa que pagaba salarios irrisorios a los trabajadores, no permitiendo además el derecho de asociación. Después de cuatro días de lucha obtenían los obreros un aumento de 20 centavos sobre todos los jornales. Salario integro en accidentes de trabajo, asistencia médica para todos los obreros y familiares y reingreso de los obreros despedidos; asimismo se aprobó́ una cláusula según la cual ningún obrero podía ser despedido del trabajo por el término de seis meses. Así́ terminó con un rotundo triunfo la huelga de Talara y Negritos. Estimulados por el éxito alcanzado siguieron la huelga de Lobitos y Lagunitas, obteniendo los trabajadores las mismas ventajas concedidas a los obreros de Talara y Negritos”.

Continuó de este modo la lucha por otros siete años, hasta que, finalmente, el 15 de enero de 1919, la jornada de ocho horas se generalizó en todo el país, pero esto ya es otro episodio que también habrá que contar.

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