PROSTITUCIÓN / 3 (continuará)
La CGT, a través de la Secretaría de la Mujer, bajo el título “CGT ante la votación de la Propuesta de Ley Orgánica (PLO) sobre la prostitución”, ha publicado en su página web, un comunicado, “[suscrito] junto con otras organizaciones sindicales, políticas y sociales” [que no se nombran ni relacionan] y dirigido “a todos los grupos parlamentarios”, a los que se solicita que adopten distintas medidas político-legislativas, dirigidas al reconocimiento de la prostitución como un “trabajo sexual”, sometido a regulación por el Estado, de modo que este, utilizando sus procedimientos habituales, garantice a las “trabajadoras/es sexuales” la protección de sus derechos laborales y sociales en un entorno seguro. De este modo, la relación contractual entre la prostituta/o y su cliente (en el caso de la prostituta autónoma) o con su empleador (en el caso de las prostitutas por cuenta ajena), obtendrán el reconocimiento legal y amparo de la autoridad estatal, sin que quepa a la ciudadanía y vecinos manifestar reproche, estigma o discriminación alguna, si no, antes bien, consideración y aprecio hacia todas aquellas personas que intervengan en el nuevo nicho empresarial y laboral: prostitutas/os, usuarios de prostitución, empresas, promotores … independientemente de las razones o, en su caso, decisiones que las hayan llevado a la práctica e incorporación de las plantillas respectivas.
Con todo, no faltan entre los que apoyan este planteamiento personas y colectivos que, sin embargo, no hacen extensivo su reconocimiento a los usuarios de la prostitución (y, es de suponer, a los empresarios de la prostitución asalariada). Opinan que la prostituta es y será siempre una ‘víctima’ absoluta, que no cabe considerar como un sujeto con voluntad o albedrío, sino, en todo caso, como un ser condenado impotente a la prostitución por fuerzas que ni en su origen ni después puede afrontar. Sin embargo, el cliente no deja de ser un ‘putero’, voluntarioso y consciente del acto de violencia que ejerce ‘sobre su víctima” y, por tanto, merecedor del castigo y sanción que tenga a bien adjudicarle el Estado.
Como militante que soy de la CGT, manifiesto mi más profundo desacuerdo con este comunicado, tanto por su contenido y propuestas explícitas, como, sobre todo, por la ideología que las sustenta.
Como titulé en el primer artículo [“Prostitución / 1 – La Campana VII Época, nº 33 de 22.04.2024], a mi juicio, “bajo el imperio del dinero y la autoridad del estado ‘abolicionismo’ y ‘regulación’ son dos caras de la misma moneda falsa”, pues “los términos en que se está produciendo actualmente este debate en torno al abolicionismo / regularización de la prostitución por el aparato del Estado, mientras se mantiene vigente el régimen de organización económica y de producción capitalista, son inaceptables de raíz” … “Mientras ese régimen exista y su dominación se mantenga, toda ‘solución’ a la prostitución será siempre una falsa y ominosa solución”
Dado que el equipo redactor de La Campana me impuso que esta tercera entrega sobre “prostitución” no ocupase más que una página (pudiendo realizar otras entregas en números sucesivos), me ocuparé hoy de establecer un primer punto de desacuerdo.
Los vocablos “trabajo”, “trabajador” disponen de múltiples definiciones, cada una de las cuales revela la ideología y, con frecuencia, los intereses privados de sus autores. Sobre el particular hay una bibliografía ingente, por lo que me limitaré a una primera aproximación a esos conceptos, que está en la base de nuestra filosofía sindical emancipadora.
Hay doctrinas filosófico-políticas que consideran al ‘trabajo’ como una actividad meramente instrumental, carente de otro valor que aquél que se le otorgue a su producto, por lo que el ‘trabajador” no dispone de otra consideración personal, ni para el mismo ni para los que se lucran o disfrutan de su producción, que la del coste que supone extraer su fuerza de trabajo.
Según estas doctrinas -por supuesto, muy alejadas de aquellas otras filosofías y praxis sociales que fundamentan el anarcosindicalismo por más que muy próximas al comunicado que comentamos- toda actividad productiva, material o espiritual, es siempre un ‘trabajo’ y toda persona implicada económicamente en ella un ‘trabajador’. Así, una persona que ejerce la prostitución es un ‘trabajador’ y su actividad un ‘trabajo’, sin que ello implique ningún tipo de consideración ética, moral o social de ambos sujetos (persona y producto / institución). También, según estas doctrinas, tan ‘trabajador’ resulta ser el obrero de una fábrica como el sicario de un grupo mafioso o paramilitar, tanto la persona prostituida como el capataz que controle su producción. Del mismo modo que tanto merecerá la condición de ‘trabajo’, el esfuerzo del capo de un campo de concentración como la luminosa sembradura del trigo por el campesino …