VII Época - 47

EL ANARCOSINDICALISMO Y LA MALDICIÓN DEL VOTO

En la CGT la norma general es que los acuerdos deben tomarse por consenso y el que se adopten de una manera distinta, o sea, por imposición de alguna de las posiciones que están en disputa, solo está reservado para aquellas cuestiones que no permitan solución pactada. Este sistema extraordinario de adopción de acuerdos es la utilización del voto de las partes que intervengan.

Sin embargo, el voto ya hace demasiado tiempo que es la forma normal de la toma de acuerdos. Se exponen las distintas posturas y, cuando alguien se cansa de debatir o de ver debatir, voto que te crió. El resultado: una parte de la organización (del ámbito que sea) se impone sobre otra. La primera se arroga la representación de la organización entera mientras que la minoría se queda en un rincón lamiéndose las heridas y a la espera del tropezón de los vencedores.

El voto ponderado

En la CGT se llama ponderado al sistema mediante el cual el voto se ejerce con una cierta corrección numérica. Así, mientras el voto va aumentando de uno en uno, el requisito del número de cotizantes que lo sustenta se va incrementando en tramos cada vez más grandes hasta alcanzar los 100 afiliados. A partir de aquí, todos los tramos son iguales. Este sistema, utilizado inicialmente en los congresos confederales, ha venido siendo replicado en toda la organización con ligeras variantes.

Cuando éramos la CNT primigenia veníamos utilizando el sistema de 1 afiliado, 1 voto. Evidentemente, los compañeros del momento se percataron de la injusticia de este sistema, que mostró inmediatamente sus defectos en cuanto un número reducido de sindicatos imponía sus tesis al conjunto de la organización. Con el criterio de que “todo es para el ganador”, las minorías -incluidas las internas propias de cada sindicato- quedaban absolutamente marginadas, provocando una situación con un nocivo efecto para la Confederación.

En un momento determinado, la CNT -y después la CGT– comenzó a utilizar el llamado voto ponderado, que adoptó formas distintas según el paso del tiempo. Esta decisión -aunque se declaró que todos los sistemas de voto son injustos- alivió algunos de los defectos del voto por afiliado, pero el paso del tiempo ha ido convirtiendo el sistema en un mecanismo casi inoperante. Hay que tener en cuenta que, cuando se aprobó la actual redacción de los Estatutos en este punto los sindicatos eran bastante más pequeños, y que en la actualidad muchos sindicatos han aumentado notablemente su afiliación y esto provoca situaciones que anulan casi totalmente las intenciones de quienes aprobaron dicha redacción.

Podemos poner un ejemplo real: en la tabla de votos provisional para la Conferencia de Palencia aparece un sindicato con 18 votos (1.396 afiliados) y otro con 7 votos (278 afiliados). Tenemos así que el primero tiene 11 votos más que el segundo por sus 1,118 afiliados de más. Esto significa que tiene un voto más por cada 102 afiliados, es decir que el sindicato mayor mantiene casi íntegra su capacidad de voto al verla mermada sólo en 2 afiliados por cada tramo de 100. La consecuencia es que la penalización del efecto “todo para el ganador” mencionado antes es prácticamente inexistente. Cada uno de los tramos tendrá como recompensa un voto más sin ningún tipo de límites y así la penalización solo se produce de forma efectiva en los sindicatos más pequeños hasta alcanzar la barrera de los 300 cotizantes. Como quiera que cada vez hay más sindicatos en estas condiciones, resulta que no hay ningún tipo de corrección real de 300 afiliados en adelante, es decir, que el voto se va convirtiendo más en proporcional que en ponderado.

Esta situación podría paliarse parcialmente corrigiendo la tabla de votos a partir del tramo en que se empieza a recibir el mismo trato -1 voto cada 100 a partir de 300 afiliados en la actualidad- o, por ejemplo, poniendo un tope al número de votos total que pueda tener un sindicato de forma que se impida que pueda haber sindicatos excesivamente grandes que impongan sus puntos de vista a toda la organización. También podría ir aumentándose indefinidamente los tramos sin que en ningún momento sean estos iguales o, incluso, calcular el número de votos mediante una fórmula matemática que corrigiese la evidente perversión del sistema actual. Sea como fuere, buscar una solución es urgente, ya que cada vez será más difícil que los sindicatos grandes, beneficiados en la actualidad, acepten cambios en la cuestión del voto.

Cada uno, un voto

Este sistema se viene utilizando en la CGT de forma habitual. Es corriente hacerlo, por ejemplo, en las reuniones de comités del sindicato, otorgando un voto a cada sección sindical independientemente del número de afiliados que cada una de ellas tenga. Es el método usado en muchas reuniones similares y para resolver algunas cuestiones en algunos comicios territoriales. Por ejemplo, hay territorios o federaciones sectoriales en los que la mesa o las comisiones se eligen de esta manera y se reserva el voto ponderado únicamente para votar los dictámenes.

¿Por qué se utiliza este método y cuáles son sus ventajas? En primer lugar, es sencillo de valorar, no requiere ningún montaje especial e impide que se utilice la fuerza de la afiliación para dirimir cuestiones de orden como la elección de mesa, el nombramiento de secretarios de actas o la constitución de las comisiones de escrutinio y credenciales. Estos son temas eminentemente técnicos que no justifican la prevalencia de unas delegaciones sobre otras ya que las decisiones de las que se trata no han sido tomadas en asamblea y, por lo tanto, no han sido debatidos por la afiliación de la que se quiere utilizar su fuerza numérica. En el caso de las comisiones de ponencias, podría estar justificado si se conociese, en el momento de la elección, la posición de cada sindicato, circunstancia que no se da en los Estatutos actuales en el reglamento de Congresos por ejemplo. El método actual provoca el compadreo, la coincidencia sospechosa de las propuestas para las distintas comisiones de ponencias y, por lo tanto, la distorsión de su posible resultado. Este sistema de “cada uno, un voto” también sirve para el desarrollo de acuerdos ya adoptados, sin que sea necesario que venga el primo de zumosol a poner sobe la mesa los triunfos del número de “sus” afiliados.

¿Por qué no corregimos esto? Está claro que no hay ninguna norma que obligue a utilizar el método del voto ponderado para elegir la mesa y comisiones de un Congreso, por ejemplo. Un día se reúnen cuatro compañeros de un secretariado de un sindicato y deciden que sus 12 votos son para tal o cual sindicato para secretaría de actas o tal o cual sindicato para comisión de ponencias, sin preguntarle nada a nadie. Lo razonable sería que, cuando no se trata de la adopción de acuerdos “in situ”, cada sindicato tuviese un solo voto, ya que en esta situación todos ellos están en absoluta igualdad de condiciones iniciales. Tiempo habrá para utilizar la fuerza de la afiliación en el momento que las comisiones de ponencias hagan su trabajo y presenten sus dictámenes al Pleno del Congreso. Ahí sí las delegaciones podrán utilizar su representación para decidir si los acuerdos de su asamblea son compatibles o no con lo dictaminado. Hacerlo para designar una comisión de escrutinio, por ejemplo, es casi ridículo.

El voto y nosotros

Hay el extendido error de que los libertarios no votamos. Efectivamente, procuramos no convertir el voto en un ritual vacío que suponga la dejación de nuestras responsabilidades futuras, pero también somos conscientes de que en muchas ocasiones tenemos que tomar decisiones que no significan esta dejación, sino que tienen el sentido de mostrar nuestra aceptación de una decisión mayoritaria. Evidentemente, no es lo mismo un voto para cambiar, por ejemplo, el aspecto del local sindical que el voto para elegir un gobernante que hará de nuestra capa su sayo particular durante un determinado -a veces indeterminado- número de años. En el primer caso, se trata de un acto que resuelve entre compañeros la toma de una decisión de carácter práctico y sobre la que seguimos teniendo el control próximo, CCmientras que la segunda es la entrega en manos ajenas de nuestro yo entero sin que ni siquiera tengamos capacidad para recuperarlo en la siguiente ocasión o quizás nunca, aunque así parezca que sucede.

Tal como dicen los Estatutos de la CGT de Galicia, “…una votación no debe ni puede cerrar nunca un debate importante, ya que todo cambia y lo que ayer parecía verdad, hoy a todos se revela como fuente de error, y lo que antes se consideraba descabellado y fuera de razón, hoy es poderosa palanca para transformar la sociedad. En definitiva, lo que ayer era mayoría, hoy puede ser minoría.”

En la CGT, como antes en la CNT, también votamos, pero tenemos que conseguir que el hecho del voto no se convierta en una autorización en blanco para que unas minorías con votos manipulen o manejen la organización, o lo que es lo mismo, a nosotros. Establecer mecanismos de toma de decisiones que impidan esto no es que sea una obligación, es que es favorecedor directo de nuestros intereses. Tener presente que la consecución de consensos amplios es nuestra forma de entender nuestra toma de acuerdos, es imprescindible para que la vida orgánica no se convierta en una lucha constante entre facciones y banderías únicamente aspirantes a sobreponerse a la pandilla temporalmente preeminente. Y el voto, solo cuando sea imprescindible.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *