NO SOY UNA PERSONA TRABAJADORA
De un tiempo a esta parte, en los medios confederales se viene usando la expresión “persona trabajadora” para identificar a quien hasta hace bien poco era un trabajador o una trabajadora. Esta expresión, calco de la utilizada por los diversos boletines oficiales, pretende ser una solución a un problema inexistente o, al menos, a un problema discutible: la necesidad de visibilizar a las mujeres trabajadoras cuando el lenguaje las deja, aparentemente, en minusvalía con respecto a los hombres. Como el genérico en castellano es, habitualmente, el masculino, hay que buscar lo que se llaman “soluciones” para este pretendido problema. Estas soluciones han ido cambiando con el tiempo: primero se utilizó la @ como identificador de lo masculino y lo femenino, después se usaron las barras con o/a, se pasó por el despliegue de las formas femeninas y masculinas simultáneamente y, últimamente, se encontró en la anteposición de la palabra “persona” la piedra filosofal del lenguaje inclusivo, el no va más del nuevo código inclusivista.
Un código para entendernos
Así, los trabajadores (y trabajadoras) se convirtieron en las “personas trabajadoras” sin tener en cuenta que, tal como decíamos, el lenguaje es un código creado por una comunidad para entenderse y no un campo de batalla en el que debieran estar solo las ideas y no el medio por el que estas se expresan. En el caso que nos ocupa, a alguien se le ha ocurrido que no tener en cuenta la función que cada categoría gramatical juega en el lenguaje era una buena idea y hemos pasado de utilizar el sustantivo “trabajador” a utilizarlo como adjetivo, modificando radicalmente el sentido y significado de la expresión. Es tan evidente que “trabajador” y, si se quiere “trabajador y trabajadora” no es lo mismo que “persona trabajadora” que explicarlo parecería innecesario, pero allá vamos.
Tres personas trabajadoras cualesquiera
Un trabajador, genéricamente, es una persona que pertenece a la clase obrera o -ahora se usa más- a la clase trabajadora. Sin embargo, una “persona trabajadora” no es otra cosa que una persona laboriosa, pertenezca o no a nuestra clase. Así, podemos decir que Amancio Ortega (de hecho, se dice) es una persona trabajadora, pero no podremos decir nunca que es un trabajador. Esto mismo se ha dicho de Franco, la incansable y vigilante lucecita de El Pardo, o del papa Wojtyla, el infatigable viajero repartidor de visas para el Paraíso. Sin embargo, ninguna de nuestras tres vidas ejemplares puede ser calificada de trabajador, por mucho esfuerzo que hubiesen gastado en sus labores respectivas. Permítasenos a los trabajadores renunciar a mantener en nuestro seno a tan granada selección de hormiguitas laboriosas y déjelas fuera de nuestra humilde clase social. Todos ellos podrán ser personas muy trabajadoras para sus intereses, pero ninguna de ellas pertenece a nuestra misma clase, clase que, afortunadamente, tiene unos intereses muy alejados de los suyos.
Demasiado cómodo para ser un buen trabajador
Para ser un trabajador o trabajadora no hace falta ser un fanático del trabajo. Yo, por ejemplo, siempre intenté cumplir con lo que a mí me tocó en las empresas en las que estuve, pero nunca hice ni una hora de más ni tuve iniciativa alguna para conseguir que la empresa tuviera más beneficios o fuese más eficiente en sus procesos productivos. Lo más que hice fue intentar mejorar mi propio espacio de trabajo para realizarlo de la forma más cómoda y con el menor esfuerzo posible. ¿Soy entonces una persona trabajadora? Creo que no, y a pesar de ello nunca me he considerado un mal trabajador. Aún recuerdo el caso de un compañero de la construcción que, habiéndosele encargado de la recuperación de los clavos de las tablas de la obra, tuvo la ocurrencia de hacerse un pequeño banquito para estar más cómodo mientras desclavava con la uña de un martillo. El resultado: despido fulminante por estar demasiado cómodo a los ojos del latiguero de turno.
Soy un compañero
Cabe también otro ejemplo ilustrativo de que no es lo mismo una persona trabajadora que un trabajador (o trabajadora): en una asamblea sindical, un compañero estaba desesperado porque no se le concedía la palabra, así que otro partícipe de la asamblea se dirigió a la presidencia de este tenor:
-Hace ya rato que esta persona quiere intervenir y no se le concede la palabra.
El marginado, ahora profundamente indignado intervino vehementemente recriminando al mediador: -¡No soy una persona, soy un compañero! A su forma, el exaltado expresaba su mayor consciencia de la diferencia cualitativa entre ser “compañero” y ser solamente “persona” que muchos redactores (y redactoras) de nuestros folletos, panfletos y comunicados.
El Congreso de Zaragoza de 1936
Cuando la CGT (en aquellos momentos CNT) vislumbraba a su alcance la revolución social, definió en nuestro congreso de 1936 en Zaragoza, los principios de la nueva sociedad que había que hacer nacer y los definió de la siguiente manera: “1º Dar a cada ser humano lo que exijan sus necesidades, sin que en la satisfacción de las mismas tenga otras limitaciones que las impuestas por las posibilidades de la economía. 2º Solicitar de cada ser humano la aportación máxima de sus esfuerzos a tenor de las necesidades de la sociedad, teniendo en cuenta las condiciones físicas y morales de cada individuo.” Es decir, los compañeros y compañeras del momento ya tenían en cuenta que no todos los trabajadores eran personas trabajadoras y que la aportación que se les podía reclamar a los individuos no podría ser la misma a todo el mundo, ya que no todos podían responder por igual ante las exigencias del momento. Porque, en definitiva, entre los trabajadores habría personas trabajadoras y otras que no lo serían tanto, aún siendo todos ellos trabajadores o trabajadoras.
Hombres y mujeres
Otro aspecto de esta cuestión es la decisión de aplicar la poción mágica de la palabra “persona” para incluir a las compañeras, es que esta solo se aplica cuando el genérico se refiere a hombres y el vocablo no tiene cargas negativas, pero no hacerlo cuando el plural colectivo identifica a personas aborrecibles. Por ejemplo, podremos decir las personas teleoperadoras (en lugar de los teleoperadores y las teleoperadoras), pero no podremos decir las personas torturadoras o las personas explotadoras, porque la palabra femenina “persona” se mancha por execrables actividades como la explotación o la tortura. En estos casos, a nadie parece preocupar que los genéricos masculinos aparezcan como representantes únicos de estos colectivos sin que, siguiendo el mismo razonamiento inclusivista, aparezcan las mujeres por ningún lado. En este caso, no se puede hablar de contención a la hora de elaborar nuestros escritos, sino de simple discriminación negativa, no sabría decir si consciente o deliberada, pero lo que sí podemos decir es que es una discriminación que, como todas ellas, no debería tener cabida en nuestras publicaciones.
Precisión en el lenguaje
¿Propongo pues que se abandone nuestro lenguaje inclu-sivizador? ¡Claro que no! Seguramente es necesario en algunas, o muchas, ocasiones hacer visibles a nuestras compañeras en nuestros textos, pero lo que sí cabe reclamar, al menos, es que seamos prudentes. Deberíamos ser conscientes de que el lenguaje es un código que nos permite entendernos y que ese código tiene unos marcos que, si nos los saltamos, lo convierte en inservible para los fines para los que lo utilizamos. Permítasenos decir, con un poco de jocosidad, que si confundimos a los “jurídicos” con unas “personas jurídicas”, estaremos mezclando a los dedicados a las leyes con las empresas o con las insituciones; pues igualmente sucede con los trabajadores y las personas trabajadoras: no son lo mismo ni de lejos. Y dentro de esa prudencia exigible está el no romper los marcos del código que estamos utilizando y sí procurar la debida precisión en nuestras expresiones, sin retorcimientos nacidos de la ignorancia o de la ceguera y que a ninguna parte llevan, salvo al empobrecimiento del contenido de nuestros mensajes.

Las palabras son más importantes de lo que crees y tienen más que ver con la parte emocional de nuestro cerebro que con la racional
Por ejemplo, afirmas que el lenguaje es un código creado para entenderse …… Demuéstralo. Nuestros mayores problemas son todas esas mentiras (los asesores de Trump las llamarían verdades intersubjetivas) que hemos heredado de nuestros padres y repetimos sin autoreflexion
El sindicalismo, a mí entender, debía dejar de debatir los problemas del feminismo, ya que sindicalismo y feminismo nunca han casado muy bien (me tiene pinta que es la institución social donde hay menos mujeres en puestos de poder o si te suena mejor, puestos de influencia) y si quieres discutir sobre el término persona, combatir los nuevos términos USA por los que abogan las nuevas tendencias americanas, que ya han considerado las verdades intersubjetivas como verdades plenas, para dar a las empresas categorías y derechos de persona y que ya aboga en la era Trump por ir abriendo camino hacia dar también dicha cualidad a las I A, cuando estas estén plenamente desarrolladas
Creo que sería mucho más interesante, ya que el sindicalismo, todo él, no es capaz de avanzar a buen ritmo en el feminismo, olvidar el tema, y empezar a situar el anarcosindicalismo en que posición teórica en los cambios que nos vienen encima. Morirá la globalización? Si es así, cual es la posición del anarcosindicalismo ante los conflictos de un mundo parcelado en algoritmos e IA excluyentes?
Esto me recuerda a las clases de religión, siempre con los mismos temas, el aborto, el divorcio….. Mientras el mundo fuera seguía evolucionando