VII Época - 89

FINAL DE LA COP30, O LA FÁBULA DE LA RANA Y EL ESCORPIÓN

La clausura el 21 de noviembre en Belem (Brasil) de la 30 Conferencia anual de la ONU sobre el Cambio Climático (COP30), debe significar también el fin de la VANA ESPERANZA puesta por algunos movimientos sociales en que el poder político de los estados y el poder económico de las grandes corporaciones industriales y financieras, ambos en perfecta simbiosis de la que depende su existencia, lleguen a renunciar por sí mismos a su alianza y mutua condición depredadora y opresiva, extractivista y usurpadora, venenosa y autoritaria, tanto sobre la comunidad humana como sobre el ecosistema terrestre.

Una conocida fábula del esclavo griego Esopo, relata la historia de un escorpión que le pide a una rana que lo ayude a cruzar un río. La rana le dice: «¿Cómo sé que no me picarás?» y el escorpión responde: «Porque eso haría que ambos nos ahogáramos». La rana, confiada, acepta llevar al escorpión sobre su espalda. Cuando se encuentra a mitad del camino, el escorpión la pica. En trance de muerte -la rana, envenenada y el escorpión ahogándose- la rana le pregunta ¿por qué lo hiciste? El escorpión responde: «No pude evitarlo, es mi naturaleza».

Lo sucedido en Belem en este mes de noviembre es de sobra conocido.

Una vez más, como ya había ocurrido en precedentes ediciones de la COP, decenas de miles de personas se hicieron presentes en la ciudad amazónica: jefes de Estado y de gobierno, negociadores, expertos, científicos, representantes del mundo de la empresa, y también de organizaciones no gubernamentales, ecologistas, ambientalistas, indígenistas en defensa de sus territorios …

Unas formando parte de las delegaciones oficiales, que, en representación de sus gobiernos respectivos, deberían acordar las medidas necesarias para resolver la agresión insostenible que está sufriendo el planeta entero, aplicando para ello su fuerza coercitiva y amenazante poder contra las industrias implicadas en la organización del desastre que se avecina. Protegidas por el ejército y la policía que guardaba el perímetro y accesos al lugar de reunión, nada alteró su renovada e imperturbable maquinación en favor de los lobbys político-empresariales que representaban.

Del otro lado, un variopinto conglomerado de organizaciones y colectivos sociales que, de puertas afuera del lugar de reunión -vigilados estrechamente por los militares y agentes encargados de la seguridad impune de la COP30-, jaleaban, exigían, o proclamaban a las delegaciones oficiales para que diesen los pasos necesarios para resolver el desafío del cambio climático y, en cualquier caso, evitasen la agresión permanente al delicado ecosistema terrestre provocada por el ‘irracional e insostenible’ sistema productivo, financiero e industrial actual.

El domingo 16 de noviembre, estos colectivos, autodenominándose “Cumbre de los Pueblos”, presentaron sus demandas ante las delegaciones oficiales, en la correspondiente sesión plenaria de la COP, sin que aquellas se inquietaran lo más mínimo ni, como era previsible sino obligado, les moviese a modificar en lo más mínimo el mandato recibido de sus gobiernos y administraciones estatales respectivas.

La abrumadora mayoría de los movimientos sociales que asistieron a Belem consideran que la COP30, no solo terminó en un rotundo fracaso, sino que, además, agravará los graves problemas planetarios asociados al cambio climático, reducción de la biodiversidad, conta-minación global, etc, etc. El consenso de estos movimientos sociales concluye que lo sucedido en Belem apunta a que “la insuficiencia de las medidas para contener las crisis climática, ecológica y civilizatoria es alarmante … las soluciones (propuestas) son absolutamente ineficaces”, lo que significará “que el aumento de la temperatura del planeta continuará incrementándose”.

Sin embargo, los representantes estatales de algunos países -por ejemplo, España- consideran que se alcanzó “un acuerdo de mínimos” que, por más que ‘insuficiente’ permitirá ‘seguir avanzando’ hacia la próxima Cumbre mundial, en la que, de nuevo, habrán de ponerse las esperanzas plausibles que ya se habían puesto en esta última y, antes, en las anteriores, cosechando otros tantos sonoros ‘fracasos’.

En un grupo y en el otro, no faltan quienes -empecinados en una vana esperanza, que les perpetúa en su triste papel de activistas una y otra vez frustrados, aunque parcamente subvencionados- aseguran que en las sucesivas COP a lo largo de estos últimos 30 años, se vienen produciendo algunos avances que las justifican como instrumentos válidos para impulsar la gobernanza medioambiental internacional en términos de progreso sostenible. Y ello, por más que todos los datos registrados contradicen semejante visión idílica.

Con todo, ante este previsible “fracaso” en el objetivo acordado en la Reunión de París en 1915 de no sobrepasar el límite de los 1,5ºC, los movimientos sociales debieran reflexionar sobre el hecho, a nuestro juicio incuestionable, de que no podrán resolver nunca un problema –el cambio climático, por ejemplo- los mismos que, en cumplimiento de su naturaleza, lo causan, en este caso, el régimen político-económico, capitalista y autoritario, que hegemoniza el poder actualmente en todo el planeta. La solución tendrá que venir de otro lado, con otras herramientas, siguiendo la lucha social otro rumbo.

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