INSACIABILIDAD DESTRUCTIVA DEL CAPITALISMO
La Unión Europea, en voz de la presidenta de la Comisión, reitera su apuesta por el militarismo, neocolonialismo, barbarie … y ahora, más Energía nuclear
Hace una semana, el 7 de marzo, la presidenta de la Comisión Europea, Úrsula Von der Leyen “ha reclamado que todos los países europeos incrementen su gasto militar”, en beneficio de las grandes empresas del sector armamentístico y los intereses geopolíticos del capitalismo más abyecto [Editorial de La Campana, nº 100 del 09.03.2026]
Apenas tres días más tarde, el 10 de marzo, el mismo personaje ha defendido la decisión del gobierno europeo que ella preside de revertir de modo drástico el presunto “error estratégico para Europa” de renunciar a la energía nuclear, considerada por la Comisión (sin otro argumento que la fidelidad y la complicidad clientelar de la clase política con los grandes consorcios industriales y financieros del sector) como “confiable”, “asequible”, “baja en emisiones contaminantes” y en todo “equiparable a las fuentes de energía renovables’.
Desde los años 90 del pasado siglo [en el que un fortísimo movimiento social antinuclear en gran parte de Europa había logrado la paralización de nuevas centrales y el desmantelamiento progresivo de las existentes] a hoy [en que ese movimiento parece estar en declive, en parte por la incorporación y/o colaboración de los Partidos verdes y ecologistas con la institucionalidad gubernamental y parlamentaria], la producción de electricidad en Europa proveniente de la energía nuclear se ha reducido prácticamente a la mitad, pasando de un tercio del total a menos de un 15%. Ahora, de tapadillo, la coalición gobernante en la UE de la Social democracia y socialismo europeo con el Partido Popular Europeo y los liberales, ha decidido invertir ese proceso y emprender el “resurgimiento de la energía nuclear”. Con ese objetivo, la Comisión ha aprobado un Plan, presentado públicamente en esta misma semana, para acelerar el despliegue masivo, lo antes posible y a lo más tardar en 2030, de pequeños reactores atómicos, de producción entre 80 y 320 megavatios de potencia.
Sin embargo, todos ellos saben perfectamente que nos están mintiendo, pues la energía nuclear ni es segura, ni limpia, ni inocua, ni económicamente rentable, salvo, claro está, para los consorcios industriales y financieros que las gestionan y poseen o para la casta política a la que integran y/o sobornan.
Los accidentes de esta industria son tan graves y sus consecuencias tan pavorosas que por si solos justificarían la necesidad de renunciar a la instalación de plantas de energía nuclear. Fukushima, Chernóbil, Sellafield, o Three Mile Islands, son nombres que no pueden ser obviados y pretendidamente ignorados sin más.
Por otro lado, optar por la industria nuclear implica la perpetuación de un determinado modelo de control social que escapa inevitablemente de las manos de los ciudadanos, como ahora mismo demuestra la decisión de la Comisión europea de impulsarlas a hurtadillas de un debate político y sobre todo social que se niega. Ese control social se impone, autoritaria y coactivamente, en nombre de la seguridad y la tranquilidad públicas, bajo las formas simbólicas y físicas de una alambrada (la que rodea la Central), un muro (el que aísla los Reactores), normas (prohibiciones de acceso), un sarcófago (el que ha de encerrar los residuos radioactivos y la consciencia de su peligro) y desinformación deliberada (secretismo oficial que rodea el deficiente control de la energía liberada en los reactores o en la basura producida).
Por otro lado, los «usos pacíficos del átomo» encubren la industria nuclear de guerra. Así, de las centrales nucleares de producción de electricidad se obtiene el plutonio necesario para la fabricación de las bombas nucleares, y cuyo contrabando es una de las piezas fundamentales del comercio mundial de armamento y el control de las relaciones de poder en las grandes regiones del mundo.
En segundo lugar, la industria nuclear representa una corta cadena al cuello de la humanidad, cuya garantía de ‘estabilidad’ solo puede pretenderse, siquiera sea ilusoriamente, por la vía militar y policial y el control tecnológico. Si esa estabilidad falla por la razón que sea, el desastre puede ser monstruoso, como demuestra, entre otros, el momento actual de Chernóbil, siempre al borde del desastre en el mismo frente de batalla, entre Ucrania y Rusia.
A todo ello, hay que añadir la bomba de relojería que entregamos a las generaciones venideras. La industria nuclear genera unos residuos radiactivos, que mantienen su nocividad y peligrosidad durante miles de años. El plutonio-239, por ejemplo, permanecerá radiactivo durante unos 250.000 años. Así́ pues, la producción de una central nuclear con una vida media de 40 años, que produce energía para un corto número de individuos de una generación, obligará a que 10.000 generaciones tengan que estar vigilando y manteniendo bajo control sus residuos.
Solo la movilización sindical y social, organizada y lúcida frente al enemigo que tenemos delante -la institucionalidad estatal consorciada con el capitalismo más obsceno y codicioso, dispuesto obtener beneficios a costa de arruinar la salud y la vida humana y desgraciar el hábitat planetario- logrará frenarlo y, a la postre, vencerlo.