VII Época - 73

EL AGENTE DE LA FELICIDAD

Título original: Agent of Happiness

Año: 2024

Duración: 94 min.

País: Bután

Dirección: Arun Bhattarai, Dorottya Zurbó

Reparto: Documental, Intervenciones de: Amber Kumar Gurung, Guna Raj Kuikel

Música: Adam Balazs

Fotografía: Arun Bhattarai, Dorottya Zurbó

En El agente de la felicidad, un documental tan tranquilo y melancólico como un templo budista en las montañas, pero con un sutil sabor a ironía, el dúo de directores formado por Arun Bhattarai (Bután) y Dorottya Zurbo (Hungría) nos lleva de viaje a través de Bután, un país donde la felicidad nacional bruta se prioriza sobre el producto interior bruto. Es en parte experimento social, en parte reflexión filosófica, y una de esas películas que nos dejan con la sensación, después de verla, de «¿Qué acabo de ver, y por qué de repente me estoy replanteando mi vida?».

La película sigue el trabajo de dos «agentes de la felicidad» encargados de recorrer el país y rellenar cuestionarios para medir la felicidad de los ciudadanos de Bután. Armados con un portapapeles y 148 preguntas, recorren impresionantes aldeas rurales que se envuelven en la bruma de las montañas. Las preguntas van de lo profundo («¿Cuándo fue la última vez que lloró?») a lo absurdo («¿Tiene usted un tractor?»), y las respuestas son de todo menos predecibles. A medida que pasan los minutos, nos adentramos en las preguntas fundamentales, y queda claro que la encuesta no trata tanto de cifras como de personas, de sus historias, luchas y sueños. Nos adentramos en una sutil y poderosa exploración de lo que significa ser feliz.

Sobre el papel, El agente de la felicidad trata de trabajadores del gobierno que recopilan datos. En realidad, es una meditación sobre la condición humana. Conocemos fugazmente a una serie de personajes pintorescos, desde un pomposo granjero con tres esposas que ocultan en vano sus lágrimas, hasta las desgarradoras confesiones de una adolescente que lucha contra el alcoholismo de su madre. La honestidad de cada tema es tan cruda y humana que uno siente que se asoma a vidas que suelen estar ocultas a los ojos del público.

En el centro de todo está el propio «agente» Amber. Con su porte apacible y su humor autocrítico, es un hombre que busca la felicidad, no solo para sus conciudadanos, sino también para sí mismo. Su vida no rebosa precisamente de alegría. No está casado, sigue viviendo con su madre y, debido a su origen nepalí, está atrapado en la incertidumbre burocrática sobre su ciudadanía. Mientras escala montañas y vadea ríos para calcular sus puntuaciones de felicidad, uno no puede evitar animarle a encontrar la suya.

Puede que la estructura de la película siga un camino lineal, pero las decisiones de montaje merecen un aplauso. Los directores dejan que los momentos respiren y permiten que el silencio hable. Es sutil, pero magistral. El paisaje butanés es casi de otro mundo: montañas envueltas en niebla, aldeas tranquilas enmarcadas por colinas, aquí y allá una vaca entra en el encuadre camino del pasto. El ritmo pausado invita a sumergirse en las historias.

El concepto de Felicidad Nacional Bruta tiene multitud de implicaciones filosóficas, pero la película no las explora en profundidad. Se puede criticar que el programa de «felicidad» de Bután es también una forma de pasar por alto las violaciones de los derechos humanos. Amber y su historia también tocan este tema, pero la película evita entrar en él a fondo.

Esta película no grita, susurra, y estaremos encantados de escuchar sus sutilezas. Es una oportunidad para asomarse a la vida de personas que están a medio mundo de distancia, pero que nos resultan dolorosamente familiares en su búsqueda de la alegría. Aunque no es un documental innovador, es un recordatorio conmovedor de que la felicidad, como la vida, es desordenada, impredecible y a menudo se encuentra en los lugares más inesperados.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *