¡NO MÁS PALABRAS! ACTUEMOS CONTRA LA GUERRA

[En Solidaridad Obrera, nº 1088, 11 octubre 1935]

¡Basta! ¡Basta!… Imposible tomar un periódico en las manos —proletario o burgués, igual éste que aquél— sin que la palabra de odio, de condenación a la guerra no brinque ante nuestros ojos vibrante y encendida como metralla escapada de la guerra misma. Todos, en esta hora de angustia, de espanto, creen combatir la guerra haciéndonos relatos pavorosos de la íntima visión que de la guerra tienen. Y en todos los relatos hay como una delectación morbosa, inconsciente. Se describen escenas terribles; se dan detalles espeluznantes; se pintan con colores sombríos el fuego, la sangre, el horror…

Los periódicos arden; arden y queman las manos que los tocan. La idea de paz; el deseo de paz abandona su dulzura y se hace huracán violento. Se condena la guerra con frase más roja y encendida que la guerra misma: «¡Guerra a la guerra!». Y contra la locura de los belicosos, se levanta la belicosidad de los antiguerreros.

Todos los diarios, los proletarios como los burgueses, revientan en coléricas diatribas contra los Zaharoff, los Krupp, los Schneider; contra los tiranos, los incubadores y los propulsores de la guerra. Todos los diarios se retuercen de horror: los nuestros, los de enfrente, todos; y todos quisieran exterminar al culpable.

Y yo, leyéndolos, he sentido estallar mi corazón y mi cerebro, y un grito de indignación y de ira me ha subido a los labios.

¡Basta, basta de literatura! ¿A quién señaláis? ¿Quién es el culpable? ¿Quién? Todos; todos somos culpables; todos, oídlo bien. ¡La humanidad entera! Todos tenemos la culpa. Pudimos evitarlo, y no lo hicimos; antes, como ahora, nos conformamos con gritos histéricos, y abandonamos toda acción eficaz. ¡Palabras, palabras! ¡Literatura, nada más que literatura!

No más guerras, dijo la burguesía, y subterráneamente alimentaba los odios, encendía las competencias. No más guerras, y montaba fábricas de armas e inventaba medios de exterminio.

Pero, y nosotros, trabajadores, ¿qué hicimos nosotros? Nos acercamos a las bocas hirvientes de los hornos; templamos el acero; elaboramos la metralla; auxiliamos al sabio maldito en su laboratorio.

Y ahora, todos gritamos: impetramos piedad. ¿A quién? ¿De quién? ¡Si somos las víctimas de nuestra propia obra! Nos pasamos la vida preparando la guerra, organizando la guerra, y cuando la guerra llega nos erizamos de espanto y sollozamos de angustia. La guerra es nuestra obra, la que hemos preparado con nuestras propias manos, y en ella está nuestro castigo. También a nosotros, trabajadores, nos cabe culpa, porque no hemos sabido ser heroicos; porque no nos ha importado comer el pan que se fraguaba con sangre y lágrimas futuras; porque no quisimos o no supimos dirigir una acción común, segura y eficaz contra la fabricación de armas; porque nos conformamos con asistir a los congresos antimilitaristas y aplaudir a los oradores, sin cuidarnos después, ni por asomo, de cumplir los acuerdos, porque nosotros, antes y ahora, igual que los capitalistas, sólo hemos hecho literatura, charlatanería sensiblera, estupideces.

¡Antes, antes debimos negar nuestro concurso a los Zaharoff, Putílov y cofrades! ¡Boicot a los obreros que intervinieran en la fabricación de armamentos! ¡Denegación del derecho a formar parte de organizaciones obreras! El obrero que fraguaba la muerte, no podía ser hermano del que ara los campos; del que baja a las minas; del que elabora el pan; del que, hora tras hora, crea la vida con sus manos. Estas manos debieron rechazarle; estos corazones repudiarle, porque era un traidor a la causa del trabajo, que es la del progreso, la del impulso, la de la ascensión hacia mejores fines, siempre.

¡Boicot, boicot a la fabricación de armas! Y no se me diga que estas armas pueden purificarse sirviendo a la revolución. No; la revolución no necesita armas, porque si las armas sirven para hacer la revolución, también sirven para sofocarla, para hacerla imposible. Si los pueblos se negaran a la fabricación de armas, las revoluciones serían más fáciles, porque las leyes coercitivas serían papel mojado; porque la ley no se mantiene por sí; porque la ley no tiene fuerza, ni garantía, ni es otra cosa que el arma que está detrás de ella.

Esta debió ser nuestra labor, y esta fue la labor que abandonamos, la única eficaz, la única que hubiera podido impedir la guerra, acabar con la guerra.

¿Y creemos que, ahora, cuando hemos dejado que el miedo paralice los cerebros; que los hombres se conviertan en guiñapos, en autómatas; que la psicosis anule las voluntades, unos discursos más o menos encendidos, unos trozos de literatura pueden ponerlos en pie y empujarlos contra los tiranos? No. Esto es una ingenuidad manifiesta.

La guerra está encendida; sólo algunas docenas, tal vez algunos centenares de verdaderos hombres le negarán sus brazos. Pero nos queda un camino: volver atrás; recoger la táctica que abandonamos; negarnos a fabricar armamentos; hacernos dignos de ese mundo que soñamos, prefiriendo la muerte por hambre, a convertirnos en comedores de cadáveres.

Que no ocurra lo que en 1914. De las naciones neutrales se desplazaban caravanas de hombres, y, lo que es más horrible, a ellos se incorporaban nutridos grupos de mujeres, para buscar su pan en las fábricas de armamentos. ¡No; no!

Pensemos que la guerra, para su sostenimiento, necesita una incalculable producción de armas diarias. ¡Hombres, mujeres, aún estamos a tiempo!

 

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