FERNANDO PESSOA
(1888 – 1935, Lisboa)
Del mismo modo que cada uno de nosotros dice sus palabras al viento en el que nace, así el extraordinario poeta portugués, Fernando Pessoa, entrega sus versos hacia la humanidad entera, pues ese es su destino, y quien sabe quién los escuchará. ¡Que la palabra dicha no sea vana, ni el verso pronunciado hueco!.
XLVIII
Desde la ventana más alta de mi casa,
con un pañuelo blanco digo adiós
a mis versos, que viajan hacia la humanidad.
Y no estoy alegre ni triste.
Ése es el destino de los versos.
Los escribí y debo enseñárselos a todos
porque no puedo hacer lo contrario,
como la flor no puede esconder el color,
ni el río ocultar que corre,
ni el árbol ocultar que da frutos.
He aquí que ya van lejos, como si fuesen en la diligencia,
y yo siento pena sin querer,
igual que un dolor en el cuerpo.
¿Quién sabe quién los leerá?
¿Quién sabe a qué manos irán?
Flor, me cogió el destino para los ojos.
Árbol, me arrancaron los frutos para las bocas.
Río, el destino de mi agua era no quedarse en mí.
Me resigno y me siento casi alegre,
casi tan alegre como quien se cansa de estar triste.
¡Idos, idos de mí!
Pasa el árbol y se queda disperso por la Naturaleza.
Se marchita la flor y su polvo dura siempre.
Corre el río y entra en el mar y su agua es siempre la
que fue suya.
Paso y me quedo, como el Universo
Encontramos este poema de Fernando Pessoa, publicado bajo el heterónimo de Alberto Caeiro, en el volúmen “Fernando Pessoa: un corazón de nadie (antología poética, 1913 – 1935)”, edición bilingüe de Ángel Campos Pámpanoi (Galaxia Gutenberg, 2001).