VII Época - 56

OTTO RENÉ CASTILLO

(1936 – 1967, Quezaltenango, Guatemala)

Con 18 años, Otto René, se enfrentó al golpe de estado impuesto por la CIA estadounidense, para derrocar al presidente Jacobo Arbenz, por lo que hubo de exiliarse, primero al Salvador. Su poesía habla del sufrimiento del pueblo, pero también de su lucha infatigable por la libertad y la justicia. A su Guatemala natal, se incorpora a la acción clandestina y a la guerrilla. En 1967 fue herido en combate y detenido. Tras ser torturado y mutilado brutalmente, cortándole partes de la piel con una hoja de afeitar atada a una caña, mientras se burlaban de él leyéndole trozos del poema “Vámonos patria a caminar”, finalmente fue quemado vivo. Sólo contaba 31 años de edad. Este crimen hasta el día de hoy sigue impune.

LOS FUSILADOS

Los llevaron lejos de la ciudad
y no volvieron a llorar sus ojos
sobre las grises calles de mi país;
ni volvió más la brisa a disolver
su frente contra los carceleros
ni el luto dobló más su cintura
en las pupilas claras del sol;
ni el andamio biológico del puño
se trepó de sombra.

Las calles, las casas, los sueños
los vieron pasar hacia la muerte
con la ternura flotando alegre
sobre sus sienes de floresta,
pero de cada rostro nacían pájaros
que buscaban el regazo de la aurora
llenándola de un no sé qué de amor
caído desde lo alto de una lágrima…

De pie marchaban, silvestres y humanos.
Amarrados, como el cabello de las mujeres
populares, salían al encuentro de la muerte
con una canción universal en la garganta
poblada de milpales soberbios. ¡Otra vez
la muerte amenazando, subiendo otra vez
las gotas del martirio hasta el aliento…!

Custodiándolos, los verdugos reían. Y bebían
la silenciosa integridad de sus jilgueros
con el mismo rostro de raíces castigadas,
con la misma estatura corta de la brisa,
con el mismo color de río sin afluentes
pero con diferente emoción y pensamiento
sobre el puño oloroso de los jardines…

Salieron de la ciudad a las doce
de la noche. Atrás, las luces decían
adiós con sus pupilas espigadas.
Atrás, la ciudad, sin alas, se quedaba
con los enamorados, su lecho y su sonrisa…
No volvieron más hacia las cárceles
porque hundieron sus raíces biológicas
en el mismísimo corazón del pueblo.

“¡Han matado! ¡Han matado
muchos obreros esta mañana!
-lo dice el pueblo llorando por boca
de sus paredes—.
“Fuera de la ciudad capital
esbirros del gobierno han matado
prisioneros políticos y apolíticos:
albañiles de una primavera que comienza.”
“¡Han matado! ¡Han matado hombres
que solían amar la salida del sol,
besar la semilla de la brisa,
acunar la caída del crepúsculo,
besar la frente de los hijos,
morir por la vida de una rosa,
pelear con la hoz por el pueblo,
levantar el martillo por la vida,
amar al pobre sobre todas las cosas
y pelear por su futuro con los dientes.”

Los llevaron lejos de la ciudad
y dejaron sus sienes floreciendo
orgullosos maizales, eternizados
estarán ahora debajo de la tierra
soportando con sus hombros inmensos
todo el futuro del mundo…

Encontramos este poema de Otto René Castillo en el volumen “Poesía”, editado por Casa de las Américas, en 1989

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *