HEINRICH HEINE
(Düsseldorf, 1797 – París, 1856)
A mediados del siglo XIX, la situación de los trabajadores textiles en todo lugar y nación era desesperada, con jornadas de hasta 14 o 16 horas por un salario miserable.
El 4 de junio de 1844, en una calle de Peterswaldau, en Silesia, la policía detuvo a un tejedor que cantaba su dolor ante la casa del capitalista, llevándolo preso. Por la tarde una multitud obrera amotinada atacó algunas de las casas de industriales más conocidos por su afán de rapiña. Al día siguiente 3.000 tejedores se dirigieron al pueblo de Reichenbach continuando la revuelta. El ejército les esperó y comenzó a disparar contra los manifestantes causando 11 muertos. Pese a todo, no pudo contener la furia popular que logró expulsar a los soldados del pueblo valiéndose de piedras y palos. Al día siguiente, el gobierno mandó a 3 compañías de infantería y a una batería de artillería que aplastó la rebelión. Ni se sabe los muertos que hubo, Los sobrevivientes buscaron refugio en las montañas y bosques cercanos, y muchos fueron condenados a largas penas de cárcel. El gran poeta alemán, Henrich Heine, los inmortalizó en el “Canto a los tejedores silesianos”.
HIMNO DE LOS TEJEDORES DE SEDA DE LYÓN
Canción cantada durante la insurrección obrera, 1830
Las canciones populares expresaban su situación y señalaban a los responsables: “Sois la fuente de la miseria / que oprime aquí al pobre / Sois vosotros los que arrancáis El pan seco de su boca (…)
HIMNO DE LOS TEJEDORES DE SEDA DE LYON
Canción popular
Para gobernar es necesario tener
capas y condecoraciones (bis)
Nosotros tejemos para ustedes,
grandes de la tierra,
y a nosotros, pobres tejedores de seda,
sin mortaja se nos entierra.
Somos nosotros, los tejedores de seda
los que estamos desnudos (bis)
Pero cuando llegue el reinado,
cuando el reinado de ustedes termine,
entonces nosotros tendremos
la mortaja del viejo mundo
pues ya se escucha la revuelta que crece,
entonces, nosotros, los tejedores de seda,
estaremos desnudos.
CANTO A LOS TEJEDORES DE SILESIA
Heinrich Heine
Sin lágrima en el ceño duro
están junto al telar y aprietan los dientes:
Alemania, tejemos tu sudario,
y en él la triple maldición.
Tejemos, tejemos.
Maldito el ídolo al que impetramos
en fríos de invierno y angustias de hambre,
en vano creímos y le miramos,
nos ha vendido, nos ha engañado.
Tejemos, tejemos.
Maldito el rey, el rey de los ricos,
que no ablandó nuestra miseria,
que nos arranca lo que sudamos,
que como perros nos manda matar.
Tejemos, tejemos.
Maldita sea la patria falsa,
para nosotros humillación,
siega temprana de toda flor,
festín podrido de los gusanos.
Tejemos, tejemos
Cruje el telar, la lanzadera vuela,
siempre tejemos, de día y de noche,
vieja Alemania, es tu sudario,
y en él la triple maldición.
Tejemos, tejemos.