MIGUEL ÁNGEL CUÑA
(Vigo, 1946)
En 2022, el grupo teatral “Degaro” estrenó el retablo poético “La Serpiente Blanca”, canto de aventura y resistencia, de mar, inmigración y frontera, al pie de un muro homicida. … Llegan a este lugar el herrero y su joven compañero, que es él mismo en duro batallar con su experiencia y memoria.
Bañada por el Zambeze se extiende la gran meseta tropical de la antigua Rodesia. La fertilidad de los campos y la riqueza minera del territorio atrajeron la codicia de los colonos británicos. Fue entonces el “apartheid”, que no logró apagar la rebeldía negra. Ocho años duró el levantamiento, pero el Sol de la Independencia enseguida se ensució bajo una costra de corrupción, poder y delirio de sus líderes. Pese a la traición, el joven no se resigna.
CANCIÓN DEL EMIGRANTE, HERRERO EN SU PAÍS
Vinieron las gentes blancas del norte,
ávidas de propiedad y tierra, codiciosos de cobre y oro,
tiñendo de rojo la luna de la vieja ciudad de Harare.
Temblando en nuestra mísera desnudez,
nos dispusimos a romper los nudos de la miseria.
La mitad de nosotros
llevaba la palabra oscura del trueno en la tormenta.
La otra mitad, la palabra alunada del rayo en la tempestad.
Y así empezó la rebelión.
Nos ahogaron y se ahogaron en sangre.
Cercaron los ríos con diademas de acero y estampidos,
se repartieron los campos y nos dieron el hambre,
convertidos en jornaleros en nuestra tierra antigua.
No te lamentes, hermano,
que aún es tiempo de esponsales y siembra
y es miserable el llanto del esclavo que acepta su condición.
Todos con sangre roja sangramos, el esclavo y el amo.
El esclavo, desde su vena verde, glorioso, la derrama.
El amo, desde su vena negra, sin corazón, la retiene.
No medirá tu vida el nacer y la muerte,
sino la lluvia feraz que entregues a cada paso.
La lluvia no basta …
Los árboles de mi pequeña patria se encogieron de frío
y cuando fuimos a calentarlos con nuestra sangre,
ésta ya no valía nada.
Nuestros jefes la habían vendido,
mucho antes que generosamente la vertiéramos.
No implores, ¡clama!, nuestro es el lecho de arena y selva.
¡Que fermente la libertad y mate la muerte!
Teme al charco cuya agua no tiembla,
en la que abreva el mosquito.
Teme al pueblo que sucumbe a la derrota,
como fragua que forja la cadena.
Sobre la llanura roja flota el cielo,
es tiempo de que la alta llama de tu ira incendie la sabana,
como bello rostro del alba presentida.
¡Deja que huyan los débiles!
Ocho años duró la guerra,
antes de que nuestros jefes firmaran la paz.
Breve fue el resplandor del Sol de la independencia.
Vimos como cien héroes nuestros enfangaban su gloria,
disponiéndose a acumular el grano
en el almacén antiguo de las grandes ratas.
Era paja lo que en ellos ardía.
El aullido de la tierra y el pueblo,
de nuevo hambriento, de nuevo minero y pobre,
se derrumbó en el gris de la ceniza.
Fue entonces el sol, garra insomne
y el destierro, noche sin gozo.
La lanza suspendida en el aire
buscaba a tientas quien habría de redimirla.
Llegaron a mí voces a la orilla del gran río:
¡Ven con nosotros, al norte,
hasta que de nuevo llegue el tambor de la selva.
El cazador se agazapa cuando el león ruge.
Encontramos este poema en el libreto teatral de Miguel Ángel Cuña, editado con motivo de la representación del retablo poético: “El mar, la inmigración, la frontera. “La Serpiente blanca” (Pontevedra 2022)