Editorial

Esos son los modos y personalidades de quienes malgobiernan el planeta y delegan en los parlamentos y gobiernos nacionales la gestión y defensa de sus particulares intereses.

El 23 de septiembre de 2021, después de un lamentable proceso preparatorio de casi dos años, tuvo lugar en Nueva York la Cumbre de la ONU sobre los Sistemas Alimentarios. La propaganda oficial justificaba el magno y costoso evento como un “benefactor” intento de “sensibilizar y establecer compromisos públicos y privados y medidas mundiales que transformen los sistemas alimentarios, con el objetivo de erradicar el hambre, reducir las enfermedades relacionadas con la alimentación y proteger el planeta”.  De la primera frase, “benefactor intento” a las últimas, “erradicar el hambre” y “proteger el planeta”, todo es tan falso, como falsos y vendidos son sus promotores de la ONU, al poner en manos de los grandes consorcios multinacionales de la agroindustria, la organización del evento.

Al pan, pan y al vino, vino. La realización de esta Cumbre es un ejemplo ilustrativo de cómo las plataformas impulsadas por las empresas, en estrecha cooperación con gobiernos afines y funcionarios de la ONU de alto nivel, son quienes en verdad gobiernan el mundo, imponen su ideología mercantil y toman las decisiones que afectan a cientos de millones de personas, sin otro miramiento ni principios que aquellos que les dicta el bolsillo.

El mecanismo utilizado para lograr este perverso objetivo de gobernanza mundial por y para los magnates capitalistas, fue tan cínico como eficaz. Pues fue la propia Secretaría general de la ONU, la responsable de “ceder” los preparativos y organización final de la Cumbre a lobbys industriales y financieros internacionales, principalmente al Foro Económico Mundial y otros engendros corporativos de la misma siniestra catadura.

Este Foro Económico Mundial, también llamado Foro de Davos, es una organización internacional privada con sede en Ginebra que reúne anualmente en aquella localidad suiza a propietarios y ejecutivos de los principales grupos empresariales del mundo, líderes políticos internacionales, así como periodistas e intelectuales de postín de las grandes Agencias y empresas del sector de la Información, la Comunicación y el espectáculo audiovisual. El Foro representa y se financia con las contribuciones de unas 1000 empresas miembro, cada una de las cuales presenta una facturación mínima de cinco mil millones de dólares. Es decir, este Foro Económico Mundial, al que la ONU encarga la preparación, agenda, organización y redacción final de la Cumbre, concentra la élite mundial del capitalismo más rancio, de la clase política más deshonesta que quepa imaginar y de la amoral industria mediática.

Cada vez son más las voces que advierten sobre la ostensible influencia, cada vez más audaz y corrupta, del sector privado en este tipo de cumbres, en las que se acuerdan líneas generales que luego inciden en las políticas públicas de los países. De hecho, en la Cumbre de Nueva York, los acaudalados capitalistas del sector utilizaron las competencias y recursos que la ONU puso a su disposición para, en primera instancia, apoyar y legitimar una transformación de los sistemas alimentarios favorable a los dueños y planificadores de los mercados alimentarios, agrícolas y de capitales y, al mismo tiempo, apoyar e instituir nuevas formas de gobernanza mundial al objeto de consolidar aún más la influencia corporativa en las instituciones públicas a nivel nacional, internacional y de la propia ONU.

Con estos mimbres, el resultado de la Cumbre no pudo ser otro que el fue, poniéndose de manifiesto la falsedad a la que aludíamos en la cabecera de este editorial.

En primer lugar, el intento de la Cumbre, tal como fue diseñado, no podía tener como objetivo real beneficiar a quienes debiera atender (las poblaciones víctimas de la hambruna y la miseria) pero sí el de premiar a sus verdugos (las compañías responsables de la destrucción de la vida rural y el daño permanente a la biosfera). Como señalan las organizaciones sociales, firmantes de un manifiesto común contra el proceder de los jerarcas de la ONU: “A pesar del creciente reconocimiento de que los sistemas alimentarios industriales están fallando en muchos frentes, las empresas agroindustriales y alimentarias tratan de mantener el control. Están desplegando la digitalización, la inteligencia artificial y otras tecnologías de la información y la comunicación para promover una nueva ola de acaparamiento de recursos, extracción de riqueza y explotación laboral y reestructurar los sistemas alimentarios hacia una mayor concentración de poder y cadenas de valor aún más globalizadas”.

En segundo lugar, el resultado práctico de la convención no sólo no erradicará el hambre del mundo ni atenuará las enfermedades asociadas a la desnutrición, sino que las acentuará, tal y como se ha venido haciendo desde hace más de cinco años. Baste señalar lo que las estadísticas oficiales reconocen: 811 millones de personas padecieron hambre durante 2020, 161 millones más que en 2019.

En tercer lugar, lejos de “proteger el planeta”, lo cierto es que el modelo de transformación de los sistemas alimentarios en la dirección elegida -promoción de los alimentos ultra procesados, deforestación generalizada, producción ganadera industrial, uso intensivo de pesticidas y biocidas y extensión de los monocultivos- provocará el deterioro del suelo agrícola y forestal, la mayor contaminación de ríos y océanos y pérdida de biodiversidad y agresión permanente a la salud de las personas, causando daños al planeta seguramente irreparables.

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