Editorial
Te han sitiado corazón
y esperan tu renuncia.
Los únicos vencidos, corazón,
son los que no luchan.
No te entregues, corazón libre.
No te entregues.
Rafael Amor
El 28 de septiembre, de madrugada, frente a las costas de la isla de El Hierro, el diseño por el Estado español de una política migratoria (selección de cuantas y no tanto cuales personas servirán de mano de obra) basada en el control del flujo migratorio en los términos interesados de la Economía empresarial, continuó impávido cobrándose el peaje necesario: más de 60 muertos en un solo vuelco de una única embarcación, que habrá que sumar a los más de 7.000, a razón de 30 de media diaria, que han perecido ahogados en la Ruta migratoria marítima Africano-Canarias, en los siete primeros meses de 2024.
Esta mortandad que no cesa de crecer, algo la provoca. Y no es el destino, ni la impericia de los patrones, ni la furia del mar, ni la esperanza de los embarcados quien logra fabricar tantas muertes a la vez, en la misma ruta y en la misma forma, bajo unas circunstancias u otras pero que, al final, abocan a la monstruosa estadística, una y otra vez repetida.
LOS HECHOS: Anteayer, 28 de septiembre, pasada la una de la madrugada, una patrullera del Servicio Marítimo español, recibe la orden de acudir en auxilio de un cayuco en dificultades de navegación, con 84 emigrantes a bordo. Habían partido de Nuadibú (Mauritania) y llevaban seis días de navegación, dos de ellos ya sin agua ni comida. A partir de aquí, no hay más que confusión respecto de lo ocurrido.
Al parecer, cuando la patrullera avistó el cayuco, observó que “venía escorado, probablemente porque llevaría agua dentro”. Sin embargo, en algún momento que no se acaba de precisar -fuese antes de iniciarse las operaciones de rescate o una vez comenzadas- los emigrantes provocaron el vuelco de su propia embarcación al ponerse todos en pie súbitamente, concentrándose en el costado más próximo a la nave de auxilio. “Me imagino -declarará el responsable de la patrullera algunas horas más tarde, una vez oídos los testimonios de los supervivientes- que influyeron justo los nervios ante el rescate y la desesperación por la falta de alimentos y de agua y, todo indica, haber tenido que beber agua salada los días previos”.
Tras producirse el naufragio, se activó la salida de puerto de una segunda embarcación de salvamento, la Salvamar Adhara. Se trataba de un barco más pequeño y manejable y con una tripulación de apenas cuatro personas que tardaron apenas media hora en alcanzar la zona. Los cuatro únicos tripulantes de esta pequeña nave fueron los que lograron rescatar en el agua a 27 personas y recoger nueve cadáveres flotando, pero viendo desaparecer a otro medio centenar bajo el agua, a apenas siete kilómetros de la tierra.
Tras este somero y muy deficiente relato de lo sucedido, no resulta lícito dejarnos seducir por la consigna oficial de que estas cincuenta muertes de hoy han sido víctimas de un aciago “suceso ocasional e imprevisible que alterase el orden regular de las cosas’, según la definición de accidente de la Real Academia Española. En cualquier caso, el angustiado esfuerzo de alzar los brazos y empujarse hacia la ansiada luz que se aproxima, fue quizá un elemento más de la tragedia, pero nunca el decisivo. En esta zona y en esta época del año, ni en ninguna otra, no zozobran por decenas los barcos de turismo, ni naufragan los cientos de barcos mercantes o de guerra que navegan a diario por esta ruta. Ni, por supuesto, tampoco las pateras y cayucos dedicadas a la pesca litoral sufren esa fatídica cosecha de naufragios que registra el tráfico clandestino.
Lo cierto es que la guadaña que segó anteayer la vida de 60 víctimas, había comenzado su labor bastante antes de que los destinados a morir o sobrevivir en el intento, iniciasen el camino desde sus aldeas de origen hasta el puerto donde les aguardaba el cayuco.
Hoy, decenas de miles de personas procedentes de África y Asia intentan huir de la miseria, el hambre o la guerra imperantes en sus países y entrar en la Europa que consideran rica. Llegan como migrantes hacia las puertas que creen de libertad, sin saber a ciencia cierta que les espera un foso, un abismo, una alambrada, un muro, una agónica aventura… que, no obstante, su inagotable esperanza transformará en meros tránsitos, peligros a sortear o infortunios para cubrir la inexorable estadística del sufrimiento de los pobres.
Sencillamente ocurre que el hambre, la enfermedad, la miseria, la guerra y la desolación que los poderosos empresarios y gobernantes occidentales están ejerciendo por intereses económicos o geopolíticos en África y Oriente Medio, expulsa a sus desesperados habitantes hacia los lugares en que se hallan acumuladas las riquezas que a ellos les están robando a diario.
Sencillamente ocurre que nuestras autoridades -aquellas que simulan legitimarse en rituales electorales, cada día más mentirosos- pretenden detenerles y esperarles a golpes de guardia civil y decretos de expulsión, deportaciones en caliente o en frio y alambradas en Ceuta y Melilla o pagando corruptelas a países limítrofes para que actúen como sicarios sin escrúpulos contra sus propias gentes y vecinos o, como sucedió en este 28 de septiembre, con la secreta esperanza de que la ola y el naufragio ejecuten el crimen necesario y, en él, naufraguen el entendimiento y comprensión de la ciudadanía sobre lo que en realidad ocurre: la construcción de una sociedad enajenada, en la que el olvido y la desmemoria inducidas sirvan de escudo y hagan soportable la impotencia social, la renuncia mayoritaria a la rebeldía capaz de transformar en justicia, comunidad y solidaridad, lo que hoy no es más que desgracia, enfrentamiento y desastre.

