VII Época - 50

Editorial

Te han sitiado corazón
y esperan tu renuncia.
Los únicos vencidos, corazón,
son los que no luchan.
No te entregues, corazón libre.
No te entregues.

Rafael Amor

La trágica pérdida de vidas y la devastación provocadas en la provincia de Valencia son colosales, sumiendo en la desesperación y el duelo a decenas de miles de personas.

Ante la palmaria incompetencia de las autoridades, incapaces de atender en lo más elemental -agua potable, alimentos, medicinas, asistencia básica, comunicaciones, etc- a miles de personas, la tarea más apremiante que hemos de afrontar las organizaciones que, como la CGT, llevan el apoyo mutuo y la solidaridad en su ADN fundacional y estatutario, no es otra que la de atender las necesidades que puedan tener las personas que sufren tan dramática circunstancia.

Del mismo modo, que, en las próximas semanas y, seguramente, meses, hemos de estar vigilantes con ellas, para que reciban los compromisos de reparación y ayuda que están formulando las diferentes administraciones estatales y, con ello, se evite la desgraciada suerte de los habitantes de La Palma, a los que fraudulentamente se prometió el oro y el moro tras la erupción del volcán, y que aguardan todavía la efectiva llegada de los apoyos prometidos.

En cualquier caso, ni la solidaridad ni la justicia no son ni podrán ser nunca -como tampoco lo fueron en el pasado-, monopolio ni ejercicio honesto y sincero del Estado y de la clase política que le sirve y representa. Todo ello, porque en el ejercicio de su autoridad y en cumplimiento de la función económico-política que le corresponde históricamente, esa clase política -el Estado español en su conjunto- es responsable directa de la trágica dimensión alcanzada por el desastre de hoy y que, con absoluta y científica certeza, se reproducirán más pronto que tarde. Pues la mortandad de hoy, tiene su causa genérica y actual, en el desastre planetario causado por el régimen económico-político (capitalista en lo económico y estatal jerárquico en lo político) que hoy rige en el mundo.

Del mismo modo que la sequía no es la causa de la hambruna de millones de seres humanos en el Sahel africano, ni las olas del mar del naufragio y muerte de 7000 personas ante las costas canarias, tampoco la mera fuerza desatada de las fuerzas de la naturaleza, más que raramente, llega a ser nunca el agente determinante en un desastre humanitario de grandes dimensiones, como el ocurrido en la provincia valenciana. Para ello tendría que concurrir, en primer lugar, la radical imprevisibilidad del fenómeno en la zona y, en segundo lugar, la ignorancia pública -generadora de impotencia- de los destrozos que puede llegar a provocar sobre el hábitat y población afectadas. Ninguno de estos factores, concurren en la dana que continúa azotando la provincia valenciana.

Una “dana” o “gota fría” es un fenómeno meteorológico usual en la costa mediterránea española, en la que se producen anualmente unos 50 fenómenos de este tipo. Baste para recordarlo la cita histórica de dos de esos episodios. Entre el 13 y el 14 de octubre de 1957, una gota fría causó 91 víctimas mortales. El 20 octubre de 1982, una nueva ‘gota fría’ descargó hasta 880 litros por metro cuadrado en algunas localidades, provocando, entre otros desastres, la rotura de la presa de Tous, falleciendo 30 personas.

Si bien en el pasado este tipo de fenómenos resultaban de difícil predicción puntual, en la actualidad, la tecnología meteorológica permite anticiparlos con tiempo suficiente, así como calibrar su posible dimensión y potencial destructivo, según la orografía y tipología urbanística de la zona afectada. En este caso, la Agencia Estatal de Meteorología lanzó avisos sobre la amenaza del temporal con cinco días de antelación y tres días después (27 octubre), ya emitió un aviso especial alertando de lluvias torrenciales sobre la zona.

En cuanto a la presunta ignorancia por parte de las autoridades españolas de los posibles efectos trágicos de una lluvia torrencial precipitándose sobre el Levante, sencillamente es una burla. Pues conocen muy bien la responsabilidad en el desastre organizado -vidas humanas incluidas- de la cartografía urbanística, habitacional, industrial y de comunicaciones de la región por ellas diseñada y ejecutada.

No hay informe -oficial, oficioso, de aquí o de allí, de la comunidad científica nacional o internacional- que sobre esta materia no alerte del efecto devastador de las lluvias torrenciales al precipitarse sobre las infraestructuras y edificios habitacionales levantados en zonas cartografiadas como de alta vulnerabilidad. Construcciones que, por lo demás, con extraordinaria frecuencia, han sido construidos a plena luz con el permiso de la autoridad ‘competente’, atendiendo a la ‘influencia’ de interesados constructores. En muchos lugares, como en la provincia de Valencia hoy afectada, se han urbanizado barrancos, arroyos y áreas de desagüe. Multitud de edificios y naves que fueron construidos en estas zonas ‘canalizan” las aguas de arroyada entre calles, inundando sus partes bajas, sótanos y garajes y, en determinadas zonas, provocando el embalsamiento y taponamiento por los materiales arrastrados al topar la riada con algún tipo de estrechez o muro. Alegar “ignorancia” sobre estos hechos, representa un puro acto de cinismo, bajo el que encubrir los verdaderos intereses, siempre espurios, que determinan las decisiones políticas en materia de planificación urbanística y organización del territorio.

Quedará por último valorar la responsabilidad que cabe exigir al régimen político-económico hegemónico en el hecho de que la temperatura de la superficie del mar Mediterráneo se sitúe 2ºC por encima de las dos últimas décadas del siglo XX o que el incremento de la temperatura del aire en 1,5% determine la capacidad del aire para retener vapor de agua y, por tanto, que el agua precipitable esté en máximos históricos y llegue a descargar violentamente, como ha ocurrido en esta ocasión.

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