Editorial
Te han sitiado corazón
y esperan tu renuncia.
Los únicos vencidos, corazón,
son los que no luchan.
No te entregues, corazón libre.
No te entregues.
Rafael Amor
Según el último Informe anual de la FAO, la organización de la ONU para la agricultura y la alimentación, más de 9 millones de personas han muerto por hambre en 2024, 20.000 cada día, en todo el mundo cuando hay recursos y alimentos más que suficientes para alimentarlas, pero que se retienen en los almacenes de las empresas agro-alimentarias o se tiran a la basura, por el imperativo capitalista de controlar los precios y garantizar el beneficio privado multimillonario de sus ejecutivos y accionistas.
De esta matanza universal, en realidad nada se dice. Sus responsables simulan que no existe, por más que mata a millones de persona cada año. Uno tras otro, década tras década, sin pausa ni tregua posible. Es la masacre que callan, pero que organizan y provocan. Es la enorme sangría generada por la desigualdad, la opresión y la violencia insomnes de unos Estados y un Capitalismo, necesariamente confabulados por su interés privado contra una humanidad, que no acierta a desembarazarse de su atropello sangriento. Pues, ¿qué locura es esta por la que millones de personas han de morir de hambre, callando, y otros, los dueños del mundo y sus cómplices y sicarios, puedan matarlos impunemente y lucrarse con ello?
Señala el Informe de la FAO que el hambre y la inseguridad alimentaria mundiales no sólo no desaparecen, sino que se incrementan en numerosos países de África y Asia Occidental y en las áreas rurales de América. En todos ellos, la situación es catastrófica, pero no en el sentido de accidental, sino en el de ser fríamente calculada, interesadamente provocada y conscientemente ejecutada. Como indica el hecho incontrovertible de que la persistencia del hambre en el mundo continúe celebrándose sin pausa año tras año, bajo la responsabilidad del modelo de gobernanza que rige actualmente el planeta: capitalista en lo económico, jerárquico en lo político, estatal en lo administrativo y militarista en lo estructural.
Más de 700 millones de personas (entre 713 y 757, según el Informe FAO) padecieron hambre en 2024, lo que equivale a más de 8 de cada cien habitantes del planeta, de los cuales han muerto más de nueve millones. Como en tantos otros aspectos, las mujeres y niñas salen especialmente malparadas y su situación fue a peor en 2023 y 2024. El año pasado, tres de cada diez mujeres de entre 15 y 49 años tenía anemia por falta de alimento o de dieta diversa. Y en esa situación se encontraban 64 de cada 100 niños de entre 6 y 23 meses.
Además del hambre, el informe también destaca que 2.330 millones de personas sufrían inseguridad alimentaria (carencia de acceso regular a una alimentación suficiente y vitalmente necesaria) y 900 millones se enfrentaban a una inseguridad alimentaria severa, que afecta gravemente a su salud y sitúa en riesgo cierto y grave de muerte prematura. Más de 2.800 millones de personas no podían permitirse una dieta saludable. Muchos niños menores de cinco años sufren malnutrición.
Sin pudor alguno, el Informe de FAO 2025 señala también que hoy día “se pueden producir alimentos suficientes para dar de comer holgadamente a 11.000 millones de personas” … que, en términos económicos, “se necesitarían menos de 300.000 millones de dólares al año para acabar con la pobreza, la miseria extrema, la desnutrición severa y el hambre en cualquier lugar del mundo”. Sin embargo, durante 2024 (y 2025 sigue los mismos pasos, agravándolo) se gastaron 5,1 millones de dólares por minuto en armamento, lo que significa que, con sólo 5 semanas de ese gasto, sería suficiente para evitar las más de nueve millones de muertes. De hecho, la fabricación militar actual en todo el mundo, exige como condición necesaria y fatal, esta fría estadística de la muerte y el asesinato impune por hambre y desprotección de millones de personas.
Es palmario que en el mundo actual ni faltan alimentos ni se ignoran las técnicas y procedimientos eficientes y limpios para producirlos y distribuirlos en la cantidad necesaria hasta el último rincón del globo. Lo que evidencia la responsabilidad del desgraciado imperio del capitalismo y la geopolítica más infame, como los agentes confabulados que han decidido no consentir -a riesgo de perder su poder y ser arrumbados, como lo fue la esclavitud, a las catacumbas de la historia- que se pare esta ingente destrucción de vidas.
Como viene ocurriendo desde hace decenios, la ONU y sus oficinas -la FAO entre ellas- se limitan a advertir de lo que, con toda probabilidad, ocurrirá si no se adoptan “tales o cuales medidas” … si no se acometen con urgencia “tales o cuales ayudas” a “tal o cual área geográfica” … Pero si, por un lado, llega desde las Oficinas correspondientes la advertencia anualmente repetida del desastre y, a su amparo, la propuesta de medidas -siempre paliativas y filantrópicas, nunca jamás estructurales-, también llega, con la misma puntualidad, su incumplimiento impune. En una suerte de ritual infame, siempre termina por imponerse la realidad catastrófica de las grandes fuerzas del capitalismo y la organización geopolítica mundial, para quienes nada en realidad importa la muerte por hambre y desnutrición de millones de personas o el agónico malvivir en amplias regiones del planeta o el fallecimiento cada día de miles de niños, víctimas de la miseria, la indigencia y el abandono. ¿No les importa? Sí, claro que les importa y les importa mucho, porque sobre esa pobreza universal se construye su riqueza y beneficios privados.
Y así seguirá, hasta que la reclamación insurgente de los oprimidos y la solidaridad universal de los amenazados … hasta que nuestra lucha, desde abajo y contra arriba, ponga punto final a su siniestra mascarada.

