VII Época - 101

Editorial

Te han sitiado corazón
y esperan tu renuncia.
Los únicos vencidos, corazón,
son los que no luchan.
No te entregues, corazón libre.
No te entregues.

Rafael Amor

La convulsión creada en la gobernanza mundial por la actual presidencia de EE UU está siendo fraudulentamente interpretada como la consecuencia de una agresión inesperada, llevada a cabo por un malvado enloquecido por más que democráticamente electo, dirigida contra un añorado, aunque perfectible, “orden internacional basado en principios y reglas consagradas en el derecho internacional”, considerado a su vez como “la realización fáctica de un proyecto multinacional de cooperación pacífica, progreso y libertad”, iniciado el 24 de octubre de 1945 (creación de la ONU, tras el fin formal de la II Guerra Mundial), formalmente vigente hasta hoy.

Sin embargo, ¿Qué ‘orden’ fue este -simbolizado, garantizado y enfatizado retóricamente por la ONU- que ahora debemos echar de menos y, con ello, renegar de las veces que lo hemos combatido, aún a costa de enorme sufrimiento? … ¿Qué principios, hemos de renombrar ahora con las mismas divinas palabras -civilización, progreso, paz, derecho, violencia humanitaria, democracia, etc- que sirvieron de coartada para asesinar impunemente en estos años a millones de personas … de Palestina al cono sur latinoamericano … del continente africano a las repúblicas centroamericanas  y caribeñas … de Vietnam o Timor a Bangladesh o Yugoslavia … de Haití a Oriente Medio o el Cáucaso  …? ¿Acaso no pugnábamos por otro ‘mundo posible’, en nuestro caso, en pos del comunismo libertario y de una sociedad en la que no cupiesen explotación, desigualdad u opresión alguna?

¿Qué arquitectura jurídica fue esta -la articulada en la Carta fundacional de la ONU, diseñada y aprobada al alimón por los vencedores de la II Guerra Mundial- que, según sus promotores, debería someter las relaciones entre estados a ‘normas racionales y justas, basadas en el respeto a los derechos humanos’? pero cuyos frutos más notorios en el ejercicio de esa gobernanza vicaria vienen siendo la barbarie homicida y ecocida que se viene sufriendo, sin pausa ni tregua, desde decenios atrás.

¿Cómo fue posible tal distancia, entre los principios retóricos proclamados por la naciente ONU -evitar las guerras y canalizar los conflictos entre estados a través del derecho internacional- y la brutal realidad que siguió, precisamente en aplicación de su modelo organizativo y procedimientos de decisión?

Donald Trump, tanto él como el individuo fantoche y canallesco que es, pero sobre todo, el régimen político-económico que lo aupó y sostiene en el poder político de EE UU, son actores responsables de la feroz y sangrienta mascarada presente que hemos de combatir con toda energía. Pero si Donald Trump es una relativa novedad (ya había ‘disfrutado’ de una primera presidencia de EE UU, en la que fue sustituido por Biden, organizador con Netanyahu de la no-guerra genocida en Gaza), no lo es el régimen político-económico, que está en el origen y es causa del desastre en que el mundo está inmerso.

Antes de Trump -y con él en la presidencia de EE UU se reproducirá la misma barbarie, al tiempo que nuestra oposición y lucha por desbaratarlo-, ya en 2024, el Orden mundial vigente garantizó el asesinato impune por hambre de más de 9 millones de personas, 20.000 cada día, y que más de 900 millones fueran víctimas letales de la desnutrición, miseria, abandono a edad prematura. Estas cifras de 2024, son el simple reflejo de la enorme sangría generada anualmente por la desigualdad, la opresión y la violencia insomnes de unos Estados y un Capitalismo, necesariamente confabulados por su interés privado, imponiendo su Ley (orden, principios, normas, reglas, organización y fuerza) a una humanidad que no acertó hasta ahora a desembarazarse de su atropello sangriento.

Antes de Trump -y con él en la presidencia de EE UU se reproducirá lo mismo, no faltando nuestra insurgencia contra lo que él y los suyos representan– llevaba el pueblo palestino 75 años de sufrimiento, despojo, matanzas, crímenes de guerra, política de exterminio y apartheid y genocidio … todo ello con la garantía de impunidad en favor del sionista Israel, en cuya elaboración cumple un papel crucial la propia ONU con sus procedimientos de decisión. En el origen del exterminio decretado del pueblo palestino a manos del sionismo israelí, está la decisión de la ONU en 1948, tres años después de su constitución, de partir la Palestina histórica en dos territorios enfrentados.

Antes de Trump -y con él en la presidencia de EE se repetirá lo mismo, no evitándolo la movilización social internacional, libre y solidaria que habremos de librar contra todo aquello de lo que él y los suyos son sicarios– ya existían las rutas migratorias, hijas de la desesperación y las homicidas fronteras, cruzando todos los océanos, mares y lindes entre un territorio mísero y usurpado y otro enriquecido, expoliador de vidas y recursos. Y, con ellas, el desprecio racista, la xenofobia, el naufragio de pateras o el delito real de ser pobre y clandestino forzado en el país soñado

Basten estos ejemplos, para recordarnos la mentira de un melancólico “mundo basado en reglas” que nunca existió en favor de los agraviados, hambreados, expoliados o, sencillamente, de mil formas asesinados, pero si en favor de los enriquecidos y poderosos a costa del sufrimiento ajeno. Contra estos y contra el sistema económico-político que los ampara … la lucha y la acción colectiva por un mundo y una sociedad mejores habrán de continuar.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *