Editorial
Te han sitiado corazón
y esperan tu renuncia.
Los únicos vencidos, corazón,
son los que no luchan.
No te entregues, corazón libre.
No te entregues.
Rafael Amor
Los jefes de Estado y Gobierno de los 32 países que integran la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y unos pocos socios amigos de interés (las grandes empresas del complejo militar-industrial privado) están citados a una aparentemente decisiva reunión, que tendrá lugar el 24 y el 25 de junio, en la sede del Foro Mundial de La Haya, en una ciudad ya militarizada.
El objetivo de la ‘cumbre’ (más le conviene el nombre de ‘pozo’, por lo oscuro y, en este caso, el hedor mortífero que exhala) no es otro que intensificar el delirio belicista -esto es, la estupidez de suponer la guerra como garante retórico de cualquier cosa (paz, derechos, valores, etc), excepto de la destrucción y barbarie que inevitablemente conlleva- y allanar el camino para que todos y cada uno de los Estados miembros aumenten sus presupuestos militares y vuelquen ingentes cantidades de dinero (hasta el 5% del PIB de cada uno de ellos) en los ejércitos ‘propios’ y, sobre todo, en las bolsas de las más poderosas empresas armamentísticas, sobre todo norteamericanas. Todo bajo la promesa de que las guerras y las matanzas, representan ya un gran negocio que lucrará, en lo que corresponda a su soldada, a los aliados que inviertan en el proyecto, aún a costa de las necesidades sociales de sus ciudadanos.
El actual presidente de la OTAN, el holandés Mark Rutte, anteriormente (2010 – 2024) primer ministro y líder de un partido del grupo Popular de su país, viene anticipando con la imprecisión habitual el mandato recibido para esta reunión del principal socio de la OTAN: la administración estadounidense.
Esencialmente, se trata de que la OTAN -frente a unos competidores en la geopolítica mundial cada vez más enérgicos y activos, sobre todo China- se reafirme en su condición de brazo armado del capitalismo democrático-occidental. Que sea lo suficientemente fuerte y letal, como para garantizar a las empresas afines el saqueo en provecho propio de las materias primas, recursos y poblaciones mundiales, sin que ningún pueblo, rebelión o pasión libertadora alguna se le pueda oponer, bajo la amenaza cierta y ejecutable de ser destruido, tal y como ahora mismo se aplica, por ejemplo, al pueblo palestino.
Es la reproducción del viejo sueño imperialista y colonial, que pobló de horror y sangre el siglo XX, con sus dos pavorosas guerras mundiales, seguidas de la explotación inmisericorde de cientos de millones de personas, víctimas de la violencia más atroz, hambre y la desatención extrema, salvo para robarles la vida y la salud, pero también protagonistas de su propia liberación. Pues no hay, ni hubo, ni habrá en la historia de la humanidad -tampoco hoy- tiranía, que en su horror, no llegue a provocar la rebelión, la libertad insurgente y la dignidad reparadora que trate de ponerle fin.
Reproducimos algunas de las proclamas y frases pronunciadas como aviso para la reunión por este personaje, Mark Rutte que pese a su vacua retórica desalmada en ningún caso fueron cuestionadas por ninguno de los dirigentes de los países enfangados en la OTAN que, como España, asistirán este fin de mes a La Haya:
“Queremos construir una OTAN mejor… más fuerte, más justa (¿?) y más letal. Para que podamos seguir manteniendo a nuestra gente a salvo y a nuestros adversarios a raya … Ya no habrá Este ni Oeste: sólo existirá la OTAN … para lograrlo cada Estado aportará un 3,5% de su PIB con destino explícito a necesidades militares definidas como básicas y el otro 1,5% (hasta un total del 5%) a inversiones relacionadas con la defensa y la seguridad, incluyendo infraestructura y el desarrollo de la capacidad industrial y tecnológica militar … necesitamos un aumento del 400% en la defensa aérea y antimisiles… Nuestros ejércitos también necesitan miles de vehículos blindados y tanques adicionales … millones de proyectiles de artillería adicionales … debemos duplicar nuestras capacidades de apoyo, como la logística, el suministro, el transporte y el apoyo médico … invertir en más buques de guerra y aeronaves … por ejemplo, adquirir 700 aviones de combate F-35 [de la multinacional de origen estadounidense Lockheed Martin [¡no pudo evitar el descubrirse!] … invertir en más drones y sistemas de misiles de largo alcance … en capacidades espaciales y cibernéticas”.
Tal como venimos expresando en La Campana, todas estas frases, proclamas y exigencias del jefe -Estados Unidos- a los subalternos de la OTAN, relativas a anuncios de gasto militar hasta el 5% del PIB nacional reflejan la locura y el sentido de la lógica estatal que fatalmente se impone a los gobernantes de cualquier signo, por siempre forzados a aparentar que ignoran aquello que la más ingenua de las personas sabe de corrido: “que la carrera de armamentos absorbe ingentes recursos que se necesitan para favorecer el desarrollo de los pueblos y acabar con el hambre y la explotación de millones de seres humanos y que la industria militar provoca guerras y retrasa su final, representando un quiste maligno que mata en la misma medida que crece y que arruina en la misma medida que sus consejos de administración y accionistas se enriquecen”
El sueño de que un régimen de desigualdad económica (impuesta por el capitalismo), política (impuesta por el autoritarismo jerárquico) y social (impuesta por el estatismo y legalismo penal, pudiera resultar capaz de resolver armoniosa o diplomáticamente la competencia entre rivales por la hegemonía económica y geopolítica mediante el pacto y la diplomacia sutil, es eso: un sueño, una ilusión. Por cuanto la posición que cada Estado ocupa en el escalafón jerárquico del orden internacional (lo que le permitirá el acceso a los bienes y recursos dispersos por todo el planeta) depende del poder militar que disponga y de la amenaza cierta de estar en disposición y voluntad de usarlo contra el que se presume será más débil.
Esto es lo que en este fin de mes acordará la OTAN en La Haya y, frente a ello, nuestro radical enfrentamiento. Desde La Campana, renegamos de esa carrera alucinada en la que participa el gobierno español, en el que la competencia es por ocupar el puesto sicario más alto posible del escalafón criminal occidental, en la esperanza de lucrarse unos pocos con la barbarie genocida que se está dispuesto a compartir, financiar y apoyar. No será en nuestro nombre.

