VII Época - Dossier nº 2

A MÍ EL XX CONGRESO CONFEDERAL DE LA CGT ME DA MIEDO

Pronto comenzará en Parla el XX Congreso de Sindicatos de la CGT. Dentro del proceso congresual, se ha recibido ya, electrónicamente, el Libro de ponencias, documento que es la base de todo el debate del comicio. Y decimos que es la base porque es lo que debatiremos en los sindicatos, a pesar de que lo que, en teoría debiéramos debatir, es el Orden del Día. Esta es una de las muchas distorsiones que sufren los actuales congresos de la CGT, desde que se aprobó esta forma de funcionar.

Lo primero que me ha llamado la atención es el lema: “Anarcosindicalismo frente al Turbocapitalismo”. Confieso que he tenido que consultar Internet para enterarme de qué significaba eso de “Turbocapitalismo”, ¡pobre de mí, indigente intelectual!, desconocedor de estos nuevos términos que intentan acuñar los nuevos profetas y que nada aportan al debate y, mucho menos, a la lucha. Os invito a que halléis su significado por vosotros mismos y saquéis vuestras propias conclusiones. La realidad es que, en el contenido de todas las ponencias (y hay unas cuantas), no aparece ni una sola vez el término, lo que me hace llegar a la conclusión de que los encargados de elegir el lema del congreso no han estado muy finos de olfato en cuanto a los intereses de la militancia se refiere.

Bueno, a lo que íbamos. Al echar un primer vistazo al Libro de ponencias me he encontrado con un tocho de más de 400 páginas, circunstancia que hubiera espantado a lo más granado de la militancia cegetista, pero que en mi caso, simplemente me ha escalofriado. 400 páginas en las que los compañeros y compañeras han plasmado sus reflexiones, propuestas y, en ocasiones, ocurrencias, para que los demás nos las metamos entre pecho y espalda sin sufrir un ictus.

¿Es esto razonable? ¿Podemos someter a las asambleas sindicales al sufrimiento de hacerlas digerir tan poco apetitoso plato? Me he leído, sin profundizar, todo el libro, y he tardado como siete horas en hacerme una idea de su contenido. Lo he intentado resumir para así mejor debatir en la asamblea y ha resultado un documento de 40 páginas de propuestas concretas, sin adornos ni filigranas. Aún así, ¿cómo se puede realizar una asamblea para debatir con esta perspectiva sin que colapse alguna militancia? Me temo que lo que decidan las asambleas será por apoyo a compañeros o compañeras de cierto reconocimiento en cada lugar, pero no por lo acordado por todos y todas en un imposible debate sereno y profundo.

Evidentemente, la culpa no es de quienes escriben, sino nuestra, de la organización, por haber aprobado un sistema aparentemente abierto y sin filtros, pero lo que fomenta, más que el debate y la adopción de acuerdos claros y eficaces para el momento que vivimos, es el absentismo asambleario y la adopción de acuerdos frankenstein que nadie cumple, a menudo contradictorios y que solo sirven de adorno y acompañamiento a la elección del Secretario General, su Secretariado y sus medios de comunicación.

Es imprescindible modificar el sistema de presentación de las propuestas para que el debate sirva. Hay muchas formas de hacerlo sin que suponga el detrimento de la participación de la militancia en la elaboración de las propuestas: el establecimiento de órdenes del día concretos y no abiertos (¿cómo se nos ocurre poner un punto con el nombre “Organización”, dónde caben propuestas tan diversas que será imposible integrarlas en un dictamen racional y coherente?); la restricción en la longitud de las propuestas (¿cómo es posible que haya cinco páginas de texto para explicar cada propuesta concreta de unas pocas líneas?); la racionalización de los ponentes (¿cómo es posible que haya ponencias firmadas por treinta miembros del mismo sindicato sin que tuvieran la ocurrencia de hacer una asamblea y asumir como sindicato la propuesta?). En este último caso, la respuesta es fácil: simplemente, no se han reunido para debatir la ponencia, sino que se han limitado a recabar apoyos en una mal entendida confianza en el pope de turno. Mal camino si lo que queremos es una organización sin líderes.

Al repasar el contenido de las propuestas, he podido ver algunas tendencias que, se aprueben o no en este Congreso, nos dicen por dónde van los tiros de las preocupaciones de la militancia o nos indican algunos debates subyacentes en la organización que, si los órdenes del día fuesen racionales, surgirían a la luz y nos permitirían avanzar en la organización. Se trata de temas recurrentes que no se aprueban precisamente por no estar en dichos órdenes del día de manera clara y no poder ser debatidos en profundidad por las asambleas sindicales al no aparecer netamente fijados.

Podemos tomar por ejemplo la cuestión de la “Caja de resistencia”. Hay varias propuestas distintas en puntos distintos: en “Acción sindical”, en “Organización” y en “Estatutos”. Es casi imposible que de esto salga una propuesta coherente aunque cada ponente haya dirigido bien su propuesta al punto apropiado según su entender. No dudo que, en algún momento, la CGT pueda aprobar la creación de una caja de resistencia, pero eso solo será posible cuando este punto aparezca como específico en el Orden del Día de un congreso y todos sepamos, de antemano, qué vamos a debatir en ese comicio y no como ocurrencias dispersas en un libro más o menos voluminoso.

Una de las cuestiones que parece preocupar a parte de la militancia es la necesidad de establecer sistemas informáticos propios. Esto, que puede resultar interesante para muchos, nos preocupa a muchos también: en las ponencias presentadas hay reticencia, cuando no ocultación o simplemente indefinición, sobre quién y cómo controlará estos sistemas, de los que, en algunos casos, se propone el trasvase periódico o directamente la centralización de los datos de la afiliación. Ni que decir tiene que esto es un riesgo evidente y que otorgaría un poder impensado en la CGT a la persona o personas que tuviesen acceso a dicha información y, por lo demás, a su gestión. Por un principio de prudencia fundamental, es mejor decir que no que tener que llorar después de que acontezcan situaciones indeseadas.

Hay después un grupo de propuestas ajenas a toda problemática sindical, ajena o interna. Se trata de ponencias que plantean cuestiones alejadas del día a día y, por supuesto, ajenas a la conflictividad que se vive en la organización. Son propuestas que pueden ser formuladas, pero parecen obra de francotiradores o de personal con su tema particular: por ejemplo, quienes proponen que enviemos familias refugiadas a Ruesta, ese lugar idílico con temperaturas bajo cero en invierno; quienes quieren que la CGT conceda microcréditos o consiga descuentos bancarios para la afiliación; quienes intentan que no llamemos fondos buitres a los fondos buitres; quienes quieren garantizar una cuota de trabajadores mayores de 55 años por convenio ¡y los comparan con los minusválidos!; y así una cuantas propuestas más.

También tenemos aquel grupo de ponencias que surgen porque en el seno de su sindicato o en su entorno próximo hay algún problema e, incapaces de resolverlo a su gusto, pretenden solucionarlo intentando que el Congreso se pronuncie, normalmente a través de una modificación estatutaria o un acuerdo en “Organización”. Así, intentan convertir los Estatutos en una especie de Código Penal Confederal que recoja casos concretos en lugar de hacer definiciones genéricas. Al leer las propuestas las identificareis al instante y podréis, si lo veis conveniente y estáis en uso de razón, rechazarlas de plano.

Hay algunas ponencias que se refieren a las liberaciones y a la duración de las permanencias en los cargos orgánicos. He de decir que me parece un tema que hay que abordar, pero las ponencias presentadas son muy limitadas en cuanto a los casos que plantean y no recogen todas las variables que hay en la cuestión. Por ello, como en el caso de la Caja de Resistencia, defiendo que esta cuestión debe abordarse desde un punto concreto del Orden del Día (si alguna vez hay la valentía de abordarlo), en el que debía figurar algo así como “Estatuto de las liberaciones en CGT”. Ahí podremos definir qué entendemos por tales, mecanismos de nombramiento y control, duración, etc.

Uno de los temas recurrentes, y no solo de este Congreso, es el de la cuota confederal, abordado por varias de las propuestas que figuran en el Libro de ponencias. Personalmente, creo que es imposible modificar la cuota confederal mientras no recoja una distribución equitativa: en una organización federalista y antiautoritaria, los dineros deberían tener ese sentido, es decir, deberían tener más parte de la cuota los entes primarios e ir reduciendo los importes conforme se va escalando en la estructura que nos hemos dado. Ahora mismo, esto no es así y los comités territoriales y el confederal se llevan unas cantidades muy superiores a lo que les corresponde por su importancia orgánica. Con esta situación, ¿cómo vamos a convencer a los sindicatos de un aumento en una cuota que supondrá un incremento efectivo mínimo en la parte que les corresponde a los sindicatos que tienen que aprobarla (30 céntimos de cada euro)? En pura lógica, los sindicatos preferirán la “solución” de establecer cuotas complementarias en su ámbito (aunque les complique la vida administrativa) o la antiestatutaria de cotizar por menos afiliación de la que estarían obligados, cuando no las dos opciones a la vez. Está claro que no habrá modificación estatutaria si no se aumenta considerablemente el porcentaje asignado a los sindicatos y, aún así, ya veremos.

Tenemos otra cuestión que aparece en varias de las ponencias presentadas. Se trata de aprobar cuestiones que intentan ser imperativas para militantes o secretariados: realizar obligatoriamente determinados cursos (eso de obligar en una organización libertaria suena raro), garantizar determinadas presencias en los secretariados, incrementar tareas burocráticas a favor del “buen funcionamiento” administrativo, etc. No parecemos ser conscientes de la carga de trabajo que tienen los secretariados de los sindicatos, especialmente de los más pequeños, siempre incompletos y en la cuerda floja. No podemos dedicar el Congreso a aprobar ponencias solo pensadas para sindicatos grandes, con gran número de afiliados y militantes. Es más, algunas propuestas van en el sentido de incrementar el número de secretarías o, incluso, plantean la imperiosa necesidad de nombrar dos personas por secretaría para ejercer sus competencias como diunvirato. Puestos a pensar así, prefiero el triunvirato, por aquello de desempatar en caso de discrepancia entre los triunviros.

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