¡Cállate, mujer, tu día es el 8 de marzo!

Cállate, mujer, tu día es el 8 de marzo. Creo que la primera vez que oí esta frase fue cuando era pequeña. Provenía de uno de mis compañeros de clase. No recuerdo si iba dirigida a alguna niña en concreto ni la situación en la que fue pronunciada. Solo recuerdo que en aquel entorno infantil esta frase no generó conflicto ninguno, más bien se oyó alguna respuesta ingeniosa y alguna que otra risa. Igual que las otras veces en que la volví a escuchar, ya en boca de hombres adultos, nunca fue pronunciada con animadversión, sino más bien con un toque gracioso que supuestamente tenía que relajar la conversación. Ofenderse o mosquearse en este caso era una señal que demostraba claramente la falta de humor de la mujer a quién iba dirigida la frase. Lo que era y sigue siendo evidente es que, por supuesto, nadie con sentido común la pronunciaría en un contexto serio. Ni que ese día en el que se nos permitiría hablar a las mujeres sería un día serio.

En Ucrania, donde crecí y pasé la mayor parte de mi vida, el 8-M es un festivo nacional, heredado de la tradición soviética. En los últimos años, sin embargo, hubo intentos por parte de sectores de ultraderecha y de partidos nacionalistas de despojar a ese día de su festividad. Sus motivos eran claramente ideológicos, pero disfrazados en los bulos ingeniosos donde se nos descubría la historia oculta de cómo dos perras socialistas, Clara Zetkin y Rosa Luxemburgo, lideraron las primeras manifestaciones de prostitutas. Por lo tanto, decían ellos, lo que celebramos ese día es un elogio a la prostitución, así que a las “buenas mujeres” nos debería avergonzar tal hecho historico. Pero estos intentos resultaron inútiles, no tanto por las argumentaciones, sino porque realmente ya no quedaba nada de que despojar a ese día.

Los orígenes de la celebración del 8-M en el antiguo Imperio Ruso se vinculan con la manifestación de las madres y las esposas de los soldados que se pudrían en las trincheras de la Primera Guerra Mundial. Ese día salieron (o más bien fueron conducidas por unas fuerzas políticas) demandando lo básico -pan y paz- y consiguiendo, según una de las interpretaciones históricas, algo más grande: iniciar la primera etapa de la Revolución rusa. Curiosamente, si tomamos en cuenta que en territorio ruso, en aquel momento, se vivía según el calendario Juliano, en realidad el 8 de marzo tuvo lugar el 23 de febrero, fecha que más tarde fue asignada para la celebración del Día del Ejército Rojo. Unos años después, cuando el partido bolchevique se instaló firmemente en el gobierno, y las mujeres trabajadoras tomaron la costumbre de salir a la marcha con diferentes demandas, el 8M pasó a ser fiesta oficial y en 1966 fue decretado como día no laborable.

Sin embargo, poco a poco, el día por la reivindicación de los derechos y las demandas de las mujeres trabajadoras se convirtió, en el contexto soviético, en algo semejante al Primero de mayo; una parodia de sí mismo. Los carteles de propaganda que inducían a las mujeres a estar en la vanguardia de la construcción del socialismo con sus imágenes de tractoristas, maquinistas y operarias fueron sustituidas por las postales mostrando a mujeres guapas y sonrientes, rodeadas de tulipanes y poemas sobre de la primavera, la belleza y la feminidad. Se acabaron las marchas, y los eslóganes como “8M — día de la insurrección de la mujer trabajadora contra la esclavitud en la cocina” fueron sustituidos por “Celebremos a nuestras madres en el día de la mujer” y por frases populares como “Tú ponte guapa y descansa, que hoy los hombres friegan los platos”. Se dice que estos cambios fueron impulsados desde el propio Partido, pero tampoco es sorprendente que la sociedad soviética, por muy comunista que fuera, los abrazara alegre y firmemente.

En ese 8-M me eduqué yo. Recuerdo que en las clases de manualidades del colegio siempre nos hacían preparar postales en forma de la cifra 8 para luego regalárselas a nuestras madres (en aquel entonces no teníamos el “Día de la madre”, que fue introducido poco a poco, junto a otras particularidades del mercado capitalista). Asimismo, los chicos de la clase nos entregaban flores y murmuraban felicitaciones. Todo esto sin entender, ninguno de los dos lados, el motivo de tal celebración. Para mantener cierta paridad, nosotras, a nuestra vez, les regalábamos postales con tanques y coches el Día de los Defensores de la Patria (llamado Día del Ejército Rojo durante la etapa soviética). De esta manera, los chicos tampoco se sentían excluidos, reafirmándose en su futuro destino como carne de cañón del estado. Tras el actual conflicto militar entre Rusia y Ucrania, y la reorientación estatal en clave nacional ucraniana, el modelo siguió siendo el mismo: las chicas deben estar siempre guapas y preparadas para ser madres; los chicos deben protegerlas a ellas y a la patria.

No es de sorprender que con el paso de los años quisiera alejarme de este tipo de celebraciones. La forma más adecuada de celebrarlo, me parecía entonces, era tal como lo hacían en “occidente”: saliendo con las marchas reivindicativas y haciendo huelga. Muchas pensaron como yo. Y efectivamente, en los últimos años la situación ha empezado a cambiar: donde antes solo había tulipanes aparecieron organizaciones con una clara agenda feminista, convocando manifestaciones, aunque poco numerosas, y haciendo propaganda sobre los derechos de las mujeres. El problema es que las voces que se oyen en estas marchas, y en la propaganda, no tienen nada que ver ni conmigo ni con la mayoría de las mujeres que conozco. En Ucrania, igual que en su día abrazamos el capitalismo, ahora estamos copiando, como alumnos ejemplares, todos los patrones occidentales escritos en la pizarra. Unas copian las fórmulas “liberales”, otras las “radicales”, pero nadie se para a reflexionar si son o no adecuadas para la sociedad en la se van a aplicar. Así que ahora, como en el resto del mundo, también en Ucrania tenemos debates acerca de quién es el más neoliberal, qué derechos necesitan las mujeres en primer lugar o quién es el verdadero sujeto del feminismo. Mientras tanto, la mayoría de las mujeres sigue viviendo alienada, pero rodeada de primavera, flores y fiestas de la feminidad.

Puede ser que este 8-M, aquí, en Galicia, en el sindicato, podamos tener un debate acerca de los orígenes del feminismo, de si sirve para algo y de si tiene o no una agenda clara. Y seguramente, ese día, como todos los años, llamaré a mi madre para felicitarla y recordarle, con un toque de humor, que ya llegó el día en el que se le deja hablar.

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