ANARQUISMO SECUESTRADO

Hay quien defiende que el anarquismo atraviesa uno de los mejores momentos de su historia. Eso dicen algunos de los más célebres representantes del anarquismo intelectual que se prodigan por las redes, quizás confundiendo su papel de estrellas libertarias con la incidencia real de sus posiciones.

Yo, al contrario, opino que el anarquismo está atravesando un momento de absoluta pobreza, al menos en su capacidad de incidir en la sociedad de una manera mínima, de conseguir que nuestros postulados e ideas-fuerza impregnen este demencial modo en que la humanidad está organizada.

Uno de los aspectos en los que estamos perdiendo la batalla es el de la memoria. En estos momentos en que la llamada “memoria histórica” ocupa una parte importante de atención del público, nos encontramos con que nos hemos dejado arrebatar nuestra rica experiencia histórica por aquellos que lo único que hacen es enterrarla bajo un escorial de construcciones ideológicas no sólo ocultadoras de lo libertario, sino que en muchas ocasiones son antagónicas de lo que el anarquismo ha sido y es. Así, han venido convirtiendo a los compañeros anarcosindicalistas de la Guerra Civil no sólo en republicanos –sin importar los grandes momentos de represión que la República ejerció contra el movimiento obrero anarquista- sino que incluso –maldita sea su estampa- en demócratas, como si aquella generación se hubiese lanzado contra los cuarteles y los militares para poder votar cada equis tiempo y no para transformar revolucionariamente una sociedad infame y detestable.

Otra de las caras en los que se está maquillando el anarquismo es en el ámbito de cierto feminismo. Huérfanas de próceres y de precursoras, algunas llamadas feministas no dudan en reconvertir a luchadoras libertarias en luchadoras por la mujer: Luisa Michel, Teresa Claramunt, Lucía Sánchez Saornil o Federica Montseny son despojadas de sus componentes anarquistas y se ven transformadas en personas luchadoras por los derechos de la mujer, sin tener en cuenta que ellas abominaban de este planteamiento porque la lucha por la igualdad de la mujer que ellas conocieron no tenía nada que ver con la libertad sino con las libertades burguesas de algunos hombres, a los que las feministas se querían equiparar, libertades que nada servían para las trabajadoras esclavizadas, como tampoco habían servido para los trabajadores.

A esta situación hemos colaborado no pocos –y nuestras organizaciones tampoco son inocentes- siguiendo la estela de esta nueva izquierda, tan nueva que es la de siempre, pervirtiendo nuestro lenguaje, olvidando la libertad para pedir libertades, dejando de lado lo único que da sentido a nuestra lucha –la revolución y la transformación social- para agitar nuestras banderas al ritmo de cualquier autoritario o reformista que toque el bombo.

Debemos liberar el anarquismo de estas nuevas ataduras. El anarquismo no puede ser una referencia estética elitista o una moda sin realidad social y nuestros luchadores del pasado un santoral al que acudir en fechas señaladas, sino un compromiso antiautoritario, anticapitalista y auténticamente libertario, con voz y planteamientos propios, superando estas nuevas izquierdas cuyo único objetivo, se mire como se mire, es la conquista del poder, como siempre.

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