LA FAUNA SALVAJE HA DISMINUIDO EN EL MUNDO UN 68% DESDE 1970

Como preámbulo al breve comentario que me dispongo a hacer del Informe 2020 de la mayor organización de conservación de la naturaleza, World Wildflife Fund (WWF), reproduzco algunas reflexiones que escribí hace ya más de diez años, pero que conservan plena vigencia. Alertaba entonces, sobre el hecho de que el discurso ecologista estaba deslizándose hacia un reformismo oportunista cada vez más inoperante.

En la base de esta preocupación mía estaba, por entonces, el hecho de que las organizaciones ecologistas más renombradas en todo el mundo, también en España, publicitan un “mensaje tenuemente ecologista, por más que teñido de un cierto dramatismo retórico”, que ya no responde a la inquietud primera que dio origen al movimiento ecologista. Esto es: la idea central de que no sólo es posible, sino también factible y más necesario que nunca el “equilibrio armonioso” entre la “artificial” sociedad humana y la “naturaleza”, puesto que esta representa tanto “nuestra casa, nuestro hogar sin el que no es posible la existencia plena” como define “nuestra propia condición de seres vivos en relación con otros y el medio ambiente”. Dicho de otro modo, no sólo el hombre vive en la naturaleza, sino que él mismo es parte de la naturaleza, de modo que el “destino” de ambos es compartido y lo que a una le ocurre el otro lo sufre, tanto individual como colectivamente, como especie. “Con cada hectárea de bosque derruido, de cielo contaminado o de agua empuercada aumenta un grado la infelicidad general y la violencia (física y psíquica) de las instituciones que el poder requiere para contener el cada vez mayor y más evidente desasosiego.”

Me hago estas reflexiones al conocer la semana pasada el informe de la ONG medioambiental WWF “Índice Planeta Vivo (IPV) 2020”, que alerta sobre la pérdida de biodiversidad en el mundo: las poblaciones de vertebrados (mamíferos, aves, reptiles, anfibios y peces) en todo el planeta se han desplomado casi un 70% (68%, exactamente) de 1970 a 2016 (último año con datos), una dramática cifra que ya ha crecido un 8% desde el anterior informe. Hace tan sólo dos años.

También recoge el Informe la existencia de grandes diferencias entre regiones, aunque ninguna está más afectada por la pérdida de biodiversidad que América Latina. Los resultados de la investigación marcan cómo la sobreexplotación del planeta tiene a la cabeza al llamado Sur global, las zonas con mayor riqueza natural, pero con más pobreza y desigualdad en el mundo. El porcentaje de pérdida de poblaciones de fauna salvaje en la región del 94% —que engloba tres de los países más biodiversos del mundo: Brasil, Colombia y México, según WWF— contrasta, por ejemplo, con el 33% en Estados Unidos y Canadá, y el 24% de Europa y Rusia.

Hasta aquí los datos del Informe.

Lamentablemente, Jorge Rickards, director de WWF México terminó la lectura de los fríos y científicos datos del Informe, con una equívoca conclusión: “si seguimos así -dijo- estamos abocados al fracaso, aunque si se ponen los medios todavía se está a tiempo de parar esta sangría”.

Surgen inmediatamente las preguntas: ¿Cuáles serían esos medios necesarios para parar la sangría? ¿Quién o quiénes deberían ponerlos a disposición de la sociedad para evitar la destrucción de la naturaleza? ¿Quién o qué entidad, con los medios y recursos necesarios a su disposición, podría llevar a cabo con éxito la reversión de la pérdida de diversidad biológica y animal en el planeta?

Por supuesto, a ninguna de estas preguntas se da respuesta en el Informe, aunque no dejen de sugerirse cifras económicas y se apele a la probidad de los gobiernos nacionales implicados, a la clase política nacional y de entidades supranacionales e internacionales (ONU, UE, etc), al fantasma de una opinión pública internacional bondadosa y ansiosa de salud medioambiental, a la posibilidad de una campaña de “concienciación” orquestada y organizada por las más poderosas agencias y medios del Espectáculo y la Información, a la creación de “santuarios geográficos” a modo de “arcas de Noé” en los que mantener un número de ejemplares suficientes de determinadas especies y evitar su extinción definitiva, etc., etc.

Sin embargo, todo este mensaje es apenas algo más que una falsa esperanza o, mejor dicho, un señuelo, que aleja la conciencia del problema y, sobre todo, de su imposible solución en el marco del régimen político y económico actual, es decir, la alianza simbiótica entre el régimen económico y de organización de la producción propios del capitalismo con el sistema político jerárquico y autoritario propio de los Estados nacionales.

Aún a riesgo de simplificar el mecanismo mental de estos ejecutivos “ecologistas” (optimistas del eterno “aún estamos a tiempo si …”), observamos que todos ellos coinciden en la idea falaz de que el “dinero” es un simple medio que puede utilizarse, ahora para bien, ahora para el mal. Nada más lejos de la realidad. Nada más lejos de aquello que nos enseña la evidencia racional y la experiencia histórica. A saber: que el dinero jamás puede servir para obra buena alguna, pues de intentar llevarla a cabo, ahora y siempre fatalmente la desbarata y malogra. ¿La causa? La estrecha relación de la idea de “dinero” (vale decir el “capital”, que en este aspecto “Capital” y “Dinero” son términos sinónimos) con las instituciones de la propiedad y el derecho de la jerarquía que manda en cada ocasión.

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